No sé si lo serán todos, pero el nuestro desde luego es un país de polémicas donde, además, enseguida hay que tomar partido por uno de los bandos, que parecemos la reserva espiritual del maniqueísmo, el caso es serlo de algo. Dejando de lado las cosas serias, las malencaradas y las directamente insultantes, por aquello de mantenerme poseída al menos hasta que termine la semana por la bondad festiva que me trajo la Navidad, (y esta semana no ha sido difícil, entre las pocas ganas y que los ratos de blog he estado más bien reparando el pequeño estropicio que el servidor nos hizo el miércoles, aunque con resultados similares a los de Penélope tejiendo por lo que vi el jueves, me he plantado en el viernes sin sentirlo y sin traicionar demasiado el espíritu postnavideño, al menos en el blog, que si las operadoras de Movistar supieran quien soy y hablasen, contarían otra película titulada posiblemente «el basilisco», pero esa es otra historia) una de las últimas controversias que por lo visto dividen a Expaña (©Yambra) es la que enfrenta a la legítima de un futbolista inglés con una starlette de medio pelo que aspiraba a ser su (de él) amante. La verdad es que hasta a mí, que siempre estoy dispuesta a creerme cualquier perversión en un inglés, que para eso (o por eso) me gusta Jeremy Irons, me resulta difícil imaginar al efebillo (ya no tanto, pero sigue pareciéndolo) Beckham tras las cirugías de la preabuela Obregón, o igual el hombre lo único que quiere es viajar hacia delante en el tiempo y ver qué sentirá él cuando la suya siga usando Versaces (que alguien las desengañe, Versace no es elegante, ni siquiera sexi, tira más a excitapaletos) pasados los cincuenta; aunque también es verdad que ellas dos parece que van vestidas del difunto modisto se pongan lo que se pongan, habilidades de sus esqueletos. Difícil, pero no imposible, aunque más probable me parece que la cuentista nacional haya ido tras él. En cualquier caso, me da igual: ni me gusta él (mucho más varonil Figo, donde va a parar) ni me gustan ellas (si se me apura, menos la nacional, porque la criatura se cree algo así como la vengadora de la Historia y para demostrar que ha estudiado ha dicho lo de Trafalgar), a mí el que me divierte más es el guardaespaldas cubano (nada que ver con Kevin Costner) que parece sacado de una serie de espías (dicen que trabajaba para Castro como agente secreto, claro que también lo han dicho de Dinio, vaya usted a saber como resiste el Régimen tanta «ayuda») de pasta blanda. Es que por lo visto el mundo real del espionaje y los agentes secretos no es elegante, ni siquiera cursi; y si no tiene caspa es porque la alopecia androgénica hace estragos a la edad en la que dan la cara. Listo es (el cubano éste), porque aunque se haya cerrado todas las puertas para ejercer su oficio con personas mínimamente normales, en España tiene un mundo entero de Tamaras y Marujitas Díaz para ganar dinerito. Que se lo pregunte a Dinio.