resignación
De entre todas las virtudes que no me adornan, pocas habrá más contrarias a mi naturaleza que la resignación, porque para tenerla es necesario poseer también, entre otras cosas, paciencia, y a mí no me repartieron de eso al nacer ni he sido capaz luego de hacerme con un capitalito para tiempos peores. Quizá alguna vez pueda parecer resignada a un observador poco atento, pero lo que me habrá ocurrido es que he perdido todo interés en el asunto y no hay, o no suele haber, forma humana de recuperarlo; pero si no lo he perdido, seguiré rebelándome (en plan poético, que siendo realista es más dando cabezazos contra el muro) aunque el resto del mundo vea que no hay esperanza. Si fuese cierto que existe un infierno personal, pensado a la medida de cada uno para penar hasta el fin de los tiempos, el mío estaría pintado de gris, eternamente resignada, aburrida, conformada, viendo pasar el mundo fuera.
Me ocurre todo lo contrario que a los españoles como pueblo. Seguramente habrá quien lo atribuya a nuestra herencia cristiana, pero yo creo más bien que responde a que en la era de la Tolerancia (que fue la anterior a la de la Cacerolada y a la del Talante), la practicaron tanto que ahora la aplican en cualquier circunstancia. Porque aunque resignarse sea aburrido, es también menos cansado que luchar.
Así que no te alegres cuando no me importe lo que hagas, es que ya no me importarás tú.

La resignación es un suicidio cotidiano. Balzac