bolas de nieveTambién aquí hemos tenido nieve durante el fin de semana. Poca, porque nevó el sábado sólo entre la hora de salir a cenar y la de las primeras copas, más o menos, pero suficiente para no dejarme con la frustración de ser el único sitio sin nevada, pasando el frío que pasamos. La nieve cuando no estamos acostumbrados a ella (y aquí no lo estamos, no suele nevar) altera un poco los planes, así que en lugar de ir al restaurante previsto para la cena nos conformamos con unas raciones en el de la esquina, por aquello de no ir patinando, pero lo que no cambia nunca es acostarte con la esperanza de que durante la noche nieve tanto, tanto, que amanezcas incomunicado. Claro que el deseo era más fuerte cuando iba al colegio y nunca se cumplió tampoco.
Otra cosa que no cambia es que rellenen todos los telediarios con «el temporal» y justamente anoche, viendo uno de ellos, una de las secuencias para ilustrar lo del clima era un niño pequeño, de unos cuatro años quizá, convenientemente equipado para la nieve fuera de una estación de esquí, que miraba confiado y quietecito a la cámara cuando, de repente, plaf, un bolón de nieve aterrizaba en el lado derecho de su cara; tras el pasmo inicial, rompía a llorar desconcertado. El cafre que lanzaba, seguramente familiar, no salía en pantalla en ningún momento, ni aparecía nadie para consolar a la criatura en el tiempo que seguía allí colocado.
Yo creo que este tipo de actitudes con los niños es un efecto pernicioso de la superioridad tecnológica y adquisitiva de los japoneses, y seguramente habrá alguna tesis explicándolo mejor, pero esquemáticamente contaré como he llegado yo a esta conclusión, sencilla y poco comprometida, lo reconozco, al no implicar ninguna «nacionalidad histórica». Los japoneses fueron de los primeros en poseer en masa cámaras de vídeo domésticas. Como cualquier ser humano filmaban a sus familiares, y de entre estos, como es lógico, a sus hijos. Claro, para sacar a los hijos en vídeo es mejor que sean niños que adolescentes, que cuando son adolescentes ya se ponen más huraños y hacen idioteces como poner la mano delante de la cámara porque nunca están presentables y son conscientes de ello; los niños son más desinhibidos aunque generalmente tienen la cabeza grande, y los niños japoneses yo creo que más (o el cuerpo más pequeño, no sé, como menos proporcionado todo, siempre que no pensemos en el Fary o en Óscar Ladoire), lo cual llevó a que los primeros vídeos domésticos que vimos en España fuesen niños japoneses en diversas actividades que terminaban siempre igual: cayéndose vencidos por esas cabezas privilegiadas, justo al contrario que los balancitos, mientras sonaban risas enlatadas. Luego ya hubo una verdadera invasión de vídeos de esos protagonizados por bebés occidentales, a los que sus desaprensivos padres ponían justo al borde del equilibrio, o muertos de sueño delante de la papilla, o incordiando a la mascota hasta que la mascota se revolvía. En pocas ocasiones recuerdo yo haber notado que temblase la mano del cámara aficionado, presuntamente familiar de la criatura, cuando la reacción normal al ver a tu hijo (y no sólo tu hijo, cualquier niño, que para eso tienen esa pinta blandita y cabezona, para producir ternura y ganas de protegerlos) a punto de darse una galleta es soltar el aparato y coger a la criatura. Claro que haciendo eso el niño no saldría en la tele. Seguro que una vez pasado el berrinche, al niño del bolazo de ayer también le compensa, cuando sus padres le enseñen la cinta donde hayan grabado el trozo de telediario y le expliquen que ese día nació un estrellado.