Entradas archivadas en Enero dEurope/Berlin 2006

Martes, 10 de Enero de 2006

Existen funciones fisiológicas, completamente naturales, de esas que se supone que nuestro sabio cuerpo realiza cuando lo necesita; pero claro, igual que no todos somos buenos, no todos los cuerpos son sabios ni seguramente lo habrán sido nunca, y aunque yo a veces también caigo en la tentación de lo del «buen salvaje» y los tiempos pasados, cuando lo pienso dos veces llego a la conclusión de que unas gotas de civilización, contención y perfume hacen la vida mucho más agradable para todo el mundo, y supongo que será la contención de generaciones (y no sólo de recios y sobrios castellanos) la que habrá hecho que yo llore tan mal, tanto por el momento como por las consecuencias.
berrinchePor el momento porque cuando una sólo llora por desbordamiento, como es mi caso, una vez que se empieza es difícil parar. Es mucho más sencillo cuando se puede llorar a voluntad. Aunque en realidad sí puedo llorar a voluntad, pero tengo que hacerlo recreando un sentimiento desgarrador y ponerme en situación. Lo fastidiado del asunto es salir luego de la situación, así que no compensa gran cosa, tanto esfuerzo para que luego ni se conmuevan los destinatarios (lo de conmover con lagrimitas o con estupideces es un arte que muchos dominan pero que a mí se me escapa por completo, se me da fatal hacerme la víctima, y ni cuando es de verdad lo parezco, me faltan mechas y faltas) y quedarme hecha polvo no es un buen negocio.
Por las consecuencias, porque hay cuerpos que reaccionan bien y otros mal, y el mío es de los que mal: lloro y mis ojos y mi nariz se pasan el día entero proclamándolo por los rincones, circunstancia que ya preocupaba a la precoz coqueta que fui y que seguramente habrá influido también en lo de tragarme las lágrimas hasta que me duele la cabeza.
Así que aprendí muy pronto que no podía (o no me convenía) llorar por tener que volver al colegio dejando los juguetes casi sin usar, apenas dos días después de la visita de los Reyes Magos, y sigo sin hacerlo; pero me sigue fastidiando mucho (muchísimo) que se terminen las fiestas.

Lunes, 2 de Enero de 2006

Bacall y Bogart cuando no parecían delincuentesÚltimamente, siguiendo la moda que aunque a muchos les pese viene de Estados Unidos, cada vez que encendía un cigarro en cualquier sitio permitido (jamás lo he encendido donde no se pudiera), aparecía con cierta frecuencia algún maleducado de esos que, no contentos con arreglar su vida, intentaban arreglar la mía amenazándome con las penas del infierno en versión OMS adaptada a fumadores. Generalmente a su impertinencia seguía una contestación borde mía, puesto que entonces el espacio era compartido y yo no podía hacer nada por echar de allí al maniático del aire puro (urbanita generalmente, el muy absurdo). Claro que yo sé que fumar puede matar, y conducir como tú conduces (¿para qué tanta potencia en tu coche, futuro asesino de familias inocentes en autovías? ¿no es excesivo que YO tenga que fiarme también de tus infalibles, según tú, reflejos?), y beber como tú bebes, alcohólico de fin de semana (o de más días) y oler como tú hueles, cochino, (por lo menos mata de asco) y tantas y tantas cosas… porque el problema es que seguimos siendo mortales, pero damos la lata más tiempo por aquí. Convertidos desde hace tiempo en los malos de la película, literalmente porque hace años que no hay una película donde un bueno fume, en cuanto uno enciende el pitillo ya se sabe que es el malo, ahora ya tendremos espacios (guetos) para nosotros, los apestados, gracias a la ley ésta del tabaco con la que el gobierno español pone trabas a su consumo mientras con la mano derecha (que es la mala, y la del dinero) sigue produciendo ese veneno. Era lógico que una ley como ésta se promulgase pronto, porque pocas cosas hay más pesadas que un exfumador amargado; es que por más que lo pienso, sólo se me ocurre que pueda ganarles un padre primerizo, una pareja en vísperas de boda y alguna abuela.
Una ley a la medida de los pequeños nazis irredentos que pululan por todos los sitios, en este caso mayormente exfumadores amargados que declaran sentirse a gustísimo habiendo dejado de fumar y que para celebrarlo intentan jorobar (pondría joder, pero joder exige una alegría de vivir que han perdido ellos; yo siempre dudo que estén tan contentos como dicen cuando veo a una de sus activistas, Mercedes Milá, a quien por cierto escuché el otro día decir que antes ella era fumadora gilipollas, y pensé que al menos el tabaco es un vicio y sí se puede dejar) cada calada que da uno, en cualquier sitio; estúpidos que pensarán que todo lo contaminado que les llega procede de cuando yo enciendo un cigarrillo en cualquier sitio permitido (insisto dada mi condición de presunta infractora o delincuente) mientras pasean ellos con sus bebés a la altura de todos los tubos de escape que hay en el mundo, gentuza cuya única preocupación ante la entrada en vigor de la ley es dónde tienen que llamar para delatar, presuponiendo el incumplimiento de nosotros, los apestados. Pero en este nivel general de tolerancia cero, como pille yo a alguno con algún boli o lápiz mío en la boca sustituyendo al innombrable, se lo voy a meter hasta el esófago al marrano, para que calibre si le hace más daño el pitillo o el bic cristal. Sin embargo, aunque la ley sea a su medida, yo estoy encantada con que estos tristes se reúnan en espacios acotados para ellos, porque cada vez que vengan con su impertinencia y falta de educación a intentar amargarme mi cigarro (que estaré fumando en un sitio donde esté permitido, y no en otro lugar), mi cigarro les quemará la parte de su cuerpo que me pille más a mano. Como seguro que mucho más altos que yo con tacones no son, serán unos tuertos moderadamente bajitos y muy saludables.
Y tú me puedes seguir trayendo el cigarro a la cama.


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