de la festa, la vespra
Existen funciones fisiológicas, completamente naturales, de esas que se supone que nuestro sabio cuerpo realiza cuando lo necesita; pero claro, igual que no todos somos buenos, no todos los cuerpos son sabios ni seguramente lo habrán sido nunca, y aunque yo a veces también caigo en la tentación de lo del «buen salvaje» y los tiempos pasados, cuando lo pienso dos veces llego a la conclusión de que unas gotas de civilización, contención y perfume hacen la vida mucho más agradable para todo el mundo, y supongo que será la contención de generaciones (y no sólo de recios y sobrios castellanos) la que habrá hecho que yo llore tan mal, tanto por el momento como por las consecuencias.
Por el momento porque cuando una sólo llora por desbordamiento, como es mi caso, una vez que se empieza es difÃcil parar. Es mucho más sencillo cuando se puede llorar a voluntad. Aunque en realidad sà puedo llorar a voluntad, pero tengo que hacerlo recreando un sentimiento desgarrador y ponerme en situación. Lo fastidiado del asunto es salir luego de la situación, asà que no compensa gran cosa, tanto esfuerzo para que luego ni se conmuevan los destinatarios (lo de conmover con lagrimitas o con estupideces es un arte que muchos dominan pero que a mà se me escapa por completo, se me da fatal hacerme la vÃctima, y ni cuando es de verdad lo parezco, me faltan mechas y faltas) y quedarme hecha polvo no es un buen negocio.
Por las consecuencias, porque hay cuerpos que reaccionan bien y otros mal, y el mÃo es de los que mal: lloro y mis ojos y mi nariz se pasan el dÃa entero proclamándolo por los rincones, circunstancia que ya preocupaba a la precoz coqueta que fui y que seguramente habrá influido también en lo de tragarme las lágrimas hasta que me duele la cabeza.
Asà que aprendà muy pronto que no podÃa (o no me convenÃa) llorar por tener que volver al colegio dejando los juguetes casi sin usar, apenas dos dÃas después de la visita de los Reyes Magos, y sigo sin hacerlo; pero me sigue fastidiando mucho (muchÃsimo) que se terminen las fiestas.


Últimamente, siguiendo la moda que aunque a muchos les pese viene de Estados Unidos, cada vez que encendÃa un cigarro en cualquier sitio permitido (jamás lo he encendido donde no se pudiera), aparecÃa con cierta frecuencia algún maleducado de esos que, no contentos con arreglar su vida, intentaban arreglar la mÃa amenazándome con las penas del infierno en versión OMS adaptada a fumadores. Generalmente a su impertinencia seguÃa una contestación borde mÃa, puesto que entonces el espacio era compartido y yo no podÃa hacer nada por echar de allà al maniático del aire puro (urbanita generalmente, el muy absurdo). Claro que yo sé que fumar puede matar, y conducir como tú conduces (¿para qué tanta potencia en tu coche, futuro asesino de familias inocentes en autovÃas? ¿no es excesivo que YO tenga que fiarme también de tus infalibles, según tú, reflejos?), y beber como tú bebes, alcohólico de fin de semana (o de más dÃas) y oler como tú hueles, cochino, (por lo menos mata de asco) y tantas y tantas cosas… porque el problema es que seguimos siendo mortales, pero damos la lata más tiempo por aquÃ. Convertidos desde hace tiempo en los malos de la pelÃcula, literalmente porque hace años que no hay una pelÃcula donde un bueno fume, en cuanto uno enciende el pitillo ya se sabe que es el malo, ahora ya tendremos espacios (guetos) para nosotros, los apestados, gracias a la ley ésta del tabaco con la que el gobierno español pone trabas a su consumo mientras con la mano derecha (que es la mala, y la del dinero) sigue produciendo ese veneno. Era lógico que una ley como ésta se promulgase pronto, porque pocas cosas hay más pesadas que un exfumador amargado; es que por más que lo pienso, sólo se me ocurre que pueda ganarles un padre primerizo, una pareja en vÃsperas de boda y alguna abuela.






