Recuerdo, con esa nitidez que se recuerdan algunas cosas sin mucha importancia, que uno de los ejercicios que más me costó realizar en lenguaje (antes se llamaba así la asignatura, supongo que ahora será lengua española en los sitios donde aún se imparta) fue redactar un telegrama: siempre que acudía al pupitre de la profesora con mi solución, invariablemente recibía como respuesta que sobraban palabras. A mí entonces, como ahora, me parecía una mutilación horrorosa decir con menos lo que se puede decir con las justas, y no me gustó nada la redacción de indio de película con la que por fin se dio por satisfecha la señorita. Ni siquiera la explicación económica me parecía suficiente. Luego, en mi vida, jamás he redactado un telegrama, y nunca he recibido uno, ya había sido sustituido por el teléfono que en mi casa ha sido el encargado de anunciar noticias alegres y tristes muchísimo antes que el ordenador, aunque ahora sean éste y la malvada Internet quienes se señalen como culpables de su enterramiento.
Siempre he pensado que las palabras que se recibían a través de un telegrama tenían que quedar impresas para siempre en la mente del destinatario, que la excepcionalidad, la urgencia y el dinero que costaban (por eso había que racanear con las frases) las atribuían un valor nuevo y las hacían perdurables, justo lo contrario que todas las demás: las de cada día, las que se susurran en momentos de pasión, las que se gritan con cólera, las que se escriben en un blog, las promesas de algunos amantes… todas esas, duran mientras se transmiten por primera vez y después se las lleva el viento para que las entierre el olvido.