públicoExiste un mecanismo mediante el cual somos capaces de distinguir, en las megafonías infernales de las estaciones y de los aeropuertos, el momento en el que anuncian nuestro destino o la llegada que estamos esperando, mientras permanecemos indiferentes al resto de balbuceos carrasposos que suenan antes, durante y después, que ya es curioso que hayamos sido capaces de ir a la Luna (es que yo sí me lo creo), que se pueda localizar un pequeño objeto a través de un satélite, y que sin embargo el hombre continúe siendo incapaz de inventar algo para escuchar un aviso decentemente en cualquiera de esos sitios. Volviendo al mecanismo (cuya existencia deduzco, pero que en realidad desconozco) puede que hace también que cada vez que yo estoy cerca de una tele y están emitiendo un programa con público, los títeres del regidor sean de Valladolid. A veces no sólo de aquí, también de Palencia y de algunos otros sitios, pero siempre hay algún hogar del jubilado, alguna asociación de vecinos, de amas de casa o de lo que sea, que aplaude desaforadamente cuando el presentador (o la presentadora) mueve sus destelleantes dientes y dice «el público que nos acompaña hoy es de Valladolid» y dado que mi ciudad no despierta entusiasmo alguno entre nadie que no haya nacido aquí, y a veces ni eso, deduzco que son convecinos en traje de domingo, con sus brillitos, sus escotes, sus pechugas rebosantes y su peluquería del día anterior.
Claro que el misterioso mecanismo no es más que una de las posibles explicaciones, otra puede ser que como carecemos de tele autonómica, en nuestro afán de seguir siendo el granero de Expaña (© Yambra) ahora surtamos a la patria (con perdón) de espectadores en lugar de hacerlo de cereales, mientras que los que habitan en los sitios históricos (si fuese un audiopost incluiría aquí unas risas sardónicas, que son las menos adorables de mis risas) van a sus históricas y modélicas teles, que para eso las pagan de sus impuestos (los que no tenemos tele histórica no sé aún en qué lo gastamos, aunque puede que en atar los perros con longanizas).
Yo hasta hoy estaba feliz con mis dos alternativas para explicarme la abrumadora (y vergonzante, lo reconozco) presencia de mi ciudad en los medios, pero sin querer los comentaristas del post anterior (Binche, Lostie, Buch y Wolffo) me han sugerido, sensu contrario, otra: aquí no vemos famosos. Bueno, alguno sí, porque a Delibes se le veía mucho antes, a Umbral cuando yo era pequeña, a los de los Celtas Cortos, a Concha Velasco, a Lola Herrera, y poco más. En general septiembre es el mes donde uno ve famosos, porque en las ferias hay temporada teatral y siempre alguno se deja caer por las casetas para comer. Pero son pocos para los alrededor de 350.000 habitantes que somos y de «baja intensidad». Tan pocos, que el encuentro más memorable que yo recuerdo fue con Florinda Chico, y no fui más que espectadora de cómo la llamaba entre alaridos una compañera de colegio y lo cariñosa que estuvo la mujer con ella. Porque yo, lo voy a confesar, jamás me he dirigido a un famoso, ni a Epi, del cual colgaban pósters en mi habitación (sólo y en compañía del equipo de la medalla de plata olímpica), ni para pedirle un autógrafo ni para nada: me da muchísima vergüenza.
Digo yo que será esta carencia la que impulsa a algunos convecinos míos a ir una y otra vez de espectadores a los programas; que conste que tienen que repetir porque no damos para tanto ni aunque tomemos en cuenta a toda la provincia, y más si consideramos que yo no he ido nunca y alguien que yo conozca, tampoco.
No, no quiero que nadie me explique que se vuelve vulgar al bajarse de cada escenario.