Dios en caricaturaEvidentemente, el dicho data de cuando no distinguíamos en España entre moros, islámicos, saharianos, subsaharianos, árabes, etc. Con la historia de lo políticamente correcto las frases hechas tienen que ser mucho más elaboradas, así que aún no ha dado tiempo a que se popularice una lo suficientemente correcta como para expresar lo mismo y yo no estoy por la labor, ni podría aunque lo estuviese, porque el papel de fumar lo toco sólo cuando fumo un cigarrillo.
A mí, que por mi educación católica me ofenden ciertas cosas, jamás se me ha ocurrido quemar nada, ni una bandera ni la horrible cara de alguno (que quizá con la atenuante de embriaguez hubiera ardido bien), por hacer mofa de símbolos que yo respeto. Pero, además, aunque a mí o a otros como yo se nos hubiera ocurrido, los tribunales actuarían contra nosotros. Y estoy por poner la mano en el fuego, que es una cosa tradicional en asuntos de fe y religión, a que el Presidente del Gobierno de mi país no consideraría necesario escribir una cartita explicando (aunque condenando claro) desde la equidistancia que al haberme sentido ofendida cometiera actos de pillaje, asesinato, o terrorismo, porque mi sensibilidad no es un bien que haya que proteger al no pertenecer a ningún grupo étnico o religioso digno. Tampoco he visto nunca que ningún lector de «El Jueves» (revista que no va a ganar la medalla al valor, no) pensase que podía haber gente ofendida con ciertas viñetas y series (en flash) publicadas y que comprendiesen que quizá no todo el mundo está imbuido de la tolerancia y respeto a las ideas ajenas que suponemos.
En lo que a mí respecta, con el art. 525 del Código Penal voy servida, y particularmente creo que servida en exceso, opinión que hasta ahora parecía generalizada, pero me doy cuenta de que es sólo cuando se trata de «nosotros», los de la Inquisición (sí, ya renuncio a insistir en cómo era la justicia civil entonces, ni a contar que en otros países también la hubo ¿o nadie recuerda el origen de los puritanos? o que nació en Francia; es lo que tienen las leyendas negras, se imponen a la Historia, no hay quien las limpie ni con lejía, y el único contraataque del Imperio lo hicieron «Los Nikis» aclaración para los del papel de fumar: no defiendo ahora la Inquisición ni niego su existencia ni quiero reconquistar los Países Bajos amedrentándoles con fotos de la Duquesa de Alba ni nada de eso).
O sea, que de todo este berenjenal entiendo que la libertad de expresión es sagrada y que no es que esté limitada por las leyes, cosa que hasta ahora pensaba, sino que el límite lo pone que alguien se moleste y el grupo al que pertenezca el que se sienta ofendido: cuanta más fuerza y armas (stricto sensu) tenga, más respeto obtiene. Así, desde el Secretario General de la ONU al Presidente de Francia amonestarán como padrecitos buenos a los díscolos caricatos. Pero mientras, muere gente a manos de los que dicen actuar en defensa de un Dios misericordioso o de su profeta, aunque muchos de ellos, habitantes de paraísos de libertades, jamás han visto las caricaturas.
libertad de expresión