Hay muchas cosas que no entiendo en este mundo, reconozco hoy en un alarde de encantadora modestia que tanto los que me quieren, como sobre todo los que no (oooooooooolé), sabrán apreciar en lo que vale, pero una de las que menos es la manía de los informativos (incluso esos tan serios de la cadena que dio las campanadas en diferido para hacer rentable una catástrofe, hacía mucho que no recordaba lo grandes profesionales que son y hoy me apetece) de enviar a un pobre humano a pelarse de frío en cuanto nos atraviesa una ola. ¿No son suficientes las imágenes de la nieve, los atascos, los accidentes de chapa y las vueltas de campana? ¿Tiene sentido preguntar a un señor de la montaña palentina qué piensa de la nevada cuando está harto de quedarse aislado todos los inviernos? ¿Piensan acaso que si no vemos sus narices rojas y goteantes no nos creeremos las temperaturas? ¿Los envían para hacerse con las primeras declaraciones de un copo el día en que los copos de nieve aprendan a hablar? ¿Es una estrategia para elevar el nivel de satisfacción de la población que ve al pobre reportero (futuro muñeco de nieve) desde la comodidad de su casa, tan calentita? ¿No saben que somos tan espabilados para lo obvio que a los delegados recontadores de manifestantes los vamos a declarar humoristas del año (anda que hablar de ladrones aunque sea en frase hecha… ), después de descartar hacerles repetir Barrio Sésamo, porque si a la primera no, no cabe mucha esperanza? A fin de cuentas se supone que son informativos, no cámaras ocultas en cualquier ascensor lleno de los que frecuentamos a diario. Que cuando las cosas pasan de cercanas a corrientes (aunque conserven sus gotitas de extravagancia), enseguida se plantea uno si merece la pena tomarlas en cuenta.