Entradas archivadas en Febrero dEurope/Berlin 2006

Lunes, 13 de Febrero de 2006

amantesY dejando de lado lo amargo de la vida, que es mucho, sólo quien se haya negado a mirar periódicos, suplementos de fin de semana y televisión puede ignorar que estamos en medio de la avalancha de corazoncitos rojos, de páginas rosas (aunque yo prefiero las cosas verdes), de «hoy más que ayer pero menos que mañana» y demás detalles de gusto exquisito que se venden como churros (y, como ellos, repiten en el estómago) para que tal día como mañana digamos a nuestras parejas (pareja cubre todas las posibilidades ¿no?) cosas que tendríamos que decirles, o mejor aún, demostrarles, cada día.
Sí, da un poco de reparo dejarse arrastrar por lo comercial, el pastelón y todas esas cosas, pero yo disfruto con las celebraciones tanto que tengo varios aniversarios, un solo cumpleaños (faltaría más) y varias onomásticas, por lo cual no voy a dejar pasar San Valentín, sea cual sea su origen, y ya puesta, celebraré la víspera, que nunca se puede saber lo que va a ocurrir mañana, salvo que al fin de semana sigue un lunes otra vez

Jueves, 9 de Febrero de 2006

Dios en caricaturaEvidentemente, el dicho data de cuando no distinguíamos en España entre moros, islámicos, saharianos, subsaharianos, árabes, etc. Con la historia de lo políticamente correcto las frases hechas tienen que ser mucho más elaboradas, así que aún no ha dado tiempo a que se popularice una lo suficientemente correcta como para expresar lo mismo y yo no estoy por la labor, ni podría aunque lo estuviese, porque el papel de fumar lo toco sólo cuando fumo un cigarrillo.
A mí, que por mi educación católica me ofenden ciertas cosas, jamás se me ha ocurrido quemar nada, ni una bandera ni la horrible cara de alguno (que quizá con la atenuante de embriaguez hubiera ardido bien), por hacer mofa de símbolos que yo respeto. Pero, además, aunque a mí o a otros como yo se nos hubiera ocurrido, los tribunales actuarían contra nosotros. Y estoy por poner la mano en el fuego, que es una cosa tradicional en asuntos de fe y religión, a que el Presidente del Gobierno de mi país no consideraría necesario escribir una cartita explicando (aunque condenando claro) desde la equidistancia que al haberme sentido ofendida cometiera actos de pillaje, asesinato, o terrorismo, porque mi sensibilidad no es un bien que haya que proteger al no pertenecer a ningún grupo étnico o religioso digno. Tampoco he visto nunca que ningún lector de «El Jueves» (revista que no va a ganar la medalla al valor, no) pensase que podía haber gente ofendida con ciertas viñetas y series (en flash) publicadas y que comprendiesen que quizá no todo el mundo está imbuido de la tolerancia y respeto a las ideas ajenas que suponemos.
En lo que a mí respecta, con el art. 525 del Código Penal voy servida, y particularmente creo que servida en exceso, opinión que hasta ahora parecía generalizada, pero me doy cuenta de que es sólo cuando se trata de «nosotros», los de la Inquisición (sí, ya renuncio a insistir en cómo era la justicia civil entonces, ni a contar que en otros países también la hubo ¿o nadie recuerda el origen de los puritanos? o que nació en Francia; es lo que tienen las leyendas negras, se imponen a la Historia, no hay quien las limpie ni con lejía, y el único contraataque del Imperio lo hicieron «Los Nikis» aclaración para los del papel de fumar: no defiendo ahora la Inquisición ni niego su existencia ni quiero reconquistar los Países Bajos amedrentándoles con fotos de la Duquesa de Alba ni nada de eso).
O sea, que de todo este berenjenal entiendo que la libertad de expresión es sagrada y que no es que esté limitada por las leyes, cosa que hasta ahora pensaba, sino que el límite lo pone que alguien se moleste y el grupo al que pertenezca el que se sienta ofendido: cuanta más fuerza y armas (stricto sensu) tenga, más respeto obtiene. Así, desde el Secretario General de la ONU al Presidente de Francia amonestarán como padrecitos buenos a los díscolos caricatos. Pero mientras, muere gente a manos de los que dicen actuar en defensa de un Dios misericordioso o de su profeta, aunque muchos de ellos, habitantes de paraísos de libertades, jamás han visto las caricaturas.
libertad de expresión

Martes, 7 de Febrero de 2006

públicoExiste un mecanismo mediante el cual somos capaces de distinguir, en las megafonías infernales de las estaciones y de los aeropuertos, el momento en el que anuncian nuestro destino o la llegada que estamos esperando, mientras permanecemos indiferentes al resto de balbuceos carrasposos que suenan antes, durante y después, que ya es curioso que hayamos sido capaces de ir a la Luna (es que yo sí me lo creo), que se pueda localizar un pequeño objeto a través de un satélite, y que sin embargo el hombre continúe siendo incapaz de inventar algo para escuchar un aviso decentemente en cualquiera de esos sitios. Volviendo al mecanismo (cuya existencia deduzco, pero que en realidad desconozco) puede que hace también que cada vez que yo estoy cerca de una tele y están emitiendo un programa con público, los títeres del regidor sean de Valladolid. A veces no sólo de aquí, también de Palencia y de algunos otros sitios, pero siempre hay algún hogar del jubilado, alguna asociación de vecinos, de amas de casa o de lo que sea, que aplaude desaforadamente cuando el presentador (o la presentadora) mueve sus destelleantes dientes y dice «el público que nos acompaña hoy es de Valladolid» y dado que mi ciudad no despierta entusiasmo alguno entre nadie que no haya nacido aquí, y a veces ni eso, deduzco que son convecinos en traje de domingo, con sus brillitos, sus escotes, sus pechugas rebosantes y su peluquería del día anterior.
Claro que el misterioso mecanismo no es más que una de las posibles explicaciones, otra puede ser que como carecemos de tele autonómica, en nuestro afán de seguir siendo el granero de Expaña (© Yambra) ahora surtamos a la patria (con perdón) de espectadores en lugar de hacerlo de cereales, mientras que los que habitan en los sitios históricos (si fuese un audiopost incluiría aquí unas risas sardónicas, que son las menos adorables de mis risas) van a sus históricas y modélicas teles, que para eso las pagan de sus impuestos (los que no tenemos tele histórica no sé aún en qué lo gastamos, aunque puede que en atar los perros con longanizas).
Yo hasta hoy estaba feliz con mis dos alternativas para explicarme la abrumadora (y vergonzante, lo reconozco) presencia de mi ciudad en los medios, pero sin querer los comentaristas del post anterior (Binche, Lostie, Buch y Wolffo) me han sugerido, sensu contrario, otra: aquí no vemos famosos. Bueno, alguno sí, porque a Delibes se le veía mucho antes, a Umbral cuando yo era pequeña, a los de los Celtas Cortos, a Concha Velasco, a Lola Herrera, y poco más. En general septiembre es el mes donde uno ve famosos, porque en las ferias hay temporada teatral y siempre alguno se deja caer por las casetas para comer. Pero son pocos para los alrededor de 350.000 habitantes que somos y de «baja intensidad». Tan pocos, que el encuentro más memorable que yo recuerdo fue con Florinda Chico, y no fui más que espectadora de cómo la llamaba entre alaridos una compañera de colegio y lo cariñosa que estuvo la mujer con ella. Porque yo, lo voy a confesar, jamás me he dirigido a un famoso, ni a Epi, del cual colgaban pósters en mi habitación (sólo y en compañía del equipo de la medalla de plata olímpica), ni para pedirle un autógrafo ni para nada: me da muchísima vergüenza.
Digo yo que será esta carencia la que impulsa a algunos convecinos míos a ir una y otra vez de espectadores a los programas; que conste que tienen que repetir porque no damos para tanto ni aunque tomemos en cuenta a toda la provincia, y más si consideramos que yo no he ido nunca y alguien que yo conozca, tampoco.
No, no quiero que nadie me explique que se vuelve vulgar al bajarse de cada escenario.

Lunes, 6 de Febrero de 2006

Recuerdo, con esa nitidez que se recuerdan algunas cosas sin mucha importancia, que uno de los ejercicios que más me costó realizar en lenguaje (antes se llamaba así la asignatura, supongo que ahora será lengua española en los sitios donde aún se imparta) fue redactar un telegrama: siempre que acudía al pupitre de la profesora con mi solución, invariablemente recibía como respuesta que sobraban palabras. A mí entonces, como ahora, me parecía una mutilación horrorosa decir con menos lo que se puede decir con las justas, y no me gustó nada la redacción de indio de película con la que por fin se dio por satisfecha la señorita. Ni siquiera la explicación económica me parecía suficiente. Luego, en mi vida, jamás he redactado un telegrama, y nunca he recibido uno, ya había sido sustituido por el teléfono que en mi casa ha sido el encargado de anunciar noticias alegres y tristes muchísimo antes que el ordenador, aunque ahora sean éste y la malvada Internet quienes se señalen como culpables de su enterramiento.
Siempre he pensado que las palabras que se recibían a través de un telegrama tenían que quedar impresas para siempre en la mente del destinatario, que la excepcionalidad, la urgencia y el dinero que costaban (por eso había que racanear con las frases) las atribuían un valor nuevo y las hacían perdurables, justo lo contrario que todas las demás: las de cada día, las que se susurran en momentos de pasión, las que se gritan con cólera, las que se escriben en un blog, las promesas de algunos amantes… todas esas, duran mientras se transmiten por primera vez y después se las lleva el viento para que las entierre el olvido.

Jueves, 2 de Febrero de 2006

Supongo que los creadores de los virus buscan palabras atractivas para propagarlos, algo que invite a abrir los mensajes que se reciben y aprovechar los agujeros de seguridad que cada uno tenga en su ordenador. Tampoco es que tengan que ser unos visionarios, porque yo creo que a cualquiera le alcanza para saber que lo más buscado en Internet es sexo en todas sus variantes (aunque desde que me he cambiado de alojamiento recibo más búsquedas «blancas» que antes) y descartado que todo el mundo sea un onanista (en el sentido de la RAE, aunque lo de Onán fuese otra cosa) imagino que muchas de las búsquedas se harán para mejorar o enriquecer la vida de la pareja, aspiración ésta que no sé si será muy antigua pero desde luego es anterior a mi nacimiento, porque ya en mi casa estaba el famoso libro de López Ibor, «Vida sexual sana». Aunque debo reconocer que no sé si era bueno, malo o regular, porque cuando tuve edad no llegué a leerlo (eran otros tiempos) y jamás se me ocurriría preguntarles a mis padres que qué tal, porque en eso soy muy tradicional y los padres son esos seres asexuados sin vida anterior a la tuya. Vale, sé que no es cierto pero prefiero no pensar mucho en ello; recuerdo perfectamente que uno de mis primeros desengaños fue descubrir que la niña que aparecía en las fotos de boda con ellos en el altar, entre el chaqué y el vestido blanco con cola, no sólo no era yo sino que yo no existía entonces. Mundo cruel.
Ahora ningún creador de virus pondría el libro del psiquiatra como asunto del mensaje, porque más que sana pretendemos que sea satisfactoria, incluso acrobática como apuntaba Nicolás en un comentario de la entrada anterior, por lo cual es lógico que el asunto sea el Kamasutra, y preveo que en poco tiempo llegará uno que sea «sexo tántrico» y prometa un coito de tres días sin orgasmo hasta llegar a una explosión cósmica o algo así. Al final los virus se propagan como libros de autoayuda. Si esta especie de aviso llega tarde, recomiendo acudir a este post escrito por Jubilado, que se centra más en los aspectos útiles y puede resultar de alguna ayuda.
Porque yo no lo puedo remediar: cada vez que leo lo de la «amenaza del Kamasutra» no puedo evitar imaginar un panorama de varones (sí, lo siento, varones, porque desde mi experiencia ellos son menos flexibles; desde el estudio no puedo hablar porque no me dedico a nada de eso) con esguinces y tirones en los más variados lugares de sus cuerpos (bueno, tampoco tan variados, tampoco hay tantos sitios), sufriendo en silencio como futbolistas, maldiciendo lo de la revolución sexual, la igualdad femenina y la sofisticación de oriente, y recordando agradecidos a los misioneros en general después de haber pasado tanto tiempo de sus revolucionarias vidas denostándolos.

amenaza


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