El tiro por la culata
Existe una clase de personas a la que, le cuentes lo que le cuentes, siempre le ha ocurrido lo mismo o algo peor. Generalmente no importa padecerlas, aunque sean nuestras normalmente no son grandes tragedias, y se convierte el diálogo en una cosa casi terapéutica que es muy propia de las consultas, cuando uno está esperando que le atienda el médico, o al menos eso me ha parecido a mà cuando he asistido, muda y bordeando la insociabilidad, a uno de esos intercambios en plan «pues yo vengo porque me duele el bazo», «pues a mà además el espinazo», maridaje entre el mal de muchos y el paÃs de los ciegos que algún tipo de consuelo aportará a quienes se enganchan en ello.
Pero a veces, quien compara su mal con el del que le está contando una devastación absoluta sólo puede ofender (además de a la inteligencia, siguiendo su costumbre) a su interlocutor (dentro de una sospechosa campaña para convertirlo en vÃctima de segunda, las de primera son otras madres) banalizando, abaratando el sufrimiento propio y reciente en la comparación con el que ni siquiera se ha padecido en carne propia, tan sólo se ha alimentado con el resentimiento heredado (nada menos que 21 años entre la muerte del uno y el nacimiento del otro, por fijar una fecha y no enredar con el uso de razón, que no acabarÃamos nunca) y la necesidad de ser alguien, cualquier cosa menos RodrÃguez, aunque para eso se ponga al abuelo (RodrÃguez renegado también) en el punto de mira de quienes no tenemos porqué sentir cariño por él, y empecemos a vislumbrar que tras el mártir dibujado habÃa tanta sangre y saña que el retrato puede terminar siendo el de un carnicero en grado de aprendiz o de maestro.
Errando tiros, aunque tengan el blanco bien presente.









