Seguramente es una aspiración general lo de «personalizar» nuestras cosas: el coche, el escritorio, el ordenador, los programas cuando se puede… Yo no debería criticar nada de eso sabiendo que siempre hay pingüinos en mi fondo de pantalla, que el entorno de todos los programas que uso es verde cuando dan esa posibilidad, que en cuanto tengo teléfono nuevo, pasada la fiebre de las carcasas, pongo mis monigotes preferidos para determinados contactos y salvapantallas, y que uso las melodías que asocio con las personas importantes de mi vida. Sin embargo para el trabajo he utilizado siempre un discreto ring-ring, lo más sencillo que existe, que al menos me garantiza cuando lo escucho saber que es mi teléfono el que suena, cosa que no me ocurriría si usase el nokiatune (versión sobria), el jarlpecadorl (versión sin complejos anticuada) o el quepasanén (versión sin complejos pasada por el tripartito).
Sabía, por otro lado, que la imaginación humana para solventar carencias propias no conoce límites, y había visto anuncios del tipo «envía poema al…», «envía piropo al…» e incluso me aseguraron una vez que existía algo igual pero con eructos y pedos, si bien esta guarrería no he llegado a comprobarla, y renuncio a pensar qué clase de enfermo o qué tipo de humor inteligente necesita de semejante ordinariez. Tenía noticia así mismo del servicio que ofrecen algunas operadoras de telefonía móvil (que Dios me perdone por poner en la misma frase servicio y operadora de telefonía, y que el demonio las confunda a todas, por cierto, ahora que parece que jamás recuperaré mi antiguo número; si Dante viviera en esta época las reservaba un círculo enterito) para «hacer entretenida la espera del que llama», y suponía que el asunto se limitaba a machacarte los nervios con melodías de moda o clásicas. Pero no. Porque la falta de límites no es exclusiva de la imaginación, alcanza también al gusto sea bueno o malo, y entonces tú puedes llamar a un sujeto para solucionar un asunto de trabajo y que, en lo que el sujeto presunto humano descuelga, te endilgue una especie de jota pero con letra más ordinaria. Sí, es difícil, teniendo en cuenta que las jotas nunca han destacado por sus textos sutiles, y yo lo sé bien porque en los tiempos de concienciación preautonómica iba a bailes regionales a pegar saltitos con los bracitos para arriba envuelta en esos manteos que tan buen tipo y tan femenina hacen, con esas medias caladas y esos mandiles, a los sones de «la tía Melitona ya no amasa el pan…» o «por el puente de Aranda se tiró se tiró…», pero me ha tocado escuchar una jota que hablaba de callos, y por el contexto no era gastronomía ni nada de eso.
También es posible que el sujeto no sepa que suena «eso» mientras alguien espera que conteste, porque no se ha muerto de vergüenza al ver que era yo, y yo en su lugar, lo hubiera hecho.
partitura