Intermedio
Ya sé que tengo otros «deberes», unos autoimpuestos, que me están haciendo sentir Pérez Reverte (o sea, con ganas de terminar), y otros fruto de la amable coacción interracial de Ararat, pero a veces se cruzan otras cosas en el camino.
Nunca he sido muy cinéfila, ni siquiera sé poner nombre a muchas cosas si se me saca de la noche americana y asuntos igual de conocidos, pero en cambio fui una niña impresionable, y hay un par de pelÃculas y un documental de televisión que me marcaron profundamente. El documental era sobre Vlad el Empalador, y creo que determinó mi aversión a ver, leer o escuchar nada sobre ningún tipo de tortura, en guerra o en paz.
De una de las dos pelÃculas, vista innumerables veces, ni siquiera recordaba el estremecimiento que me supuso el desenlace hasta que, años después, lo vi reproducido en mi hermano pequeño. Y con la otra me ocurre justo al contrario: recuerdo haberla visto una sola vez, y jamás sus secuelas ni versiones, pero aún siento la angustia de descubrir la estatua de la libertad semienterrada en una playa de lo que, hasta ese momento, parecÃa otro planeta. Creo que entonces nació mi conciencia ecologista. Nada importa que no se haya desarrollado después, y en todo caso la culpa es bien de los guionistas, porque una no puede sentir empatÃa con el bicho viendo «tiburón», ni siquiera «tiburón en 3D», bien de la edad, que Willy me encontró ya crecidita.
Pero creo poder afirmar, incluso categóricamente, que nadie que haya visto «El Planeta de los Simios» puede estar en contra de la propuesta de reconocer derechos a monos, macacos, orangutanes y demás. Yo en cuanto vi ayer la foto del diputado en los «bajan» de «El Mundo», me dije: «he aquà un colega espectador». Lo único que me parece un poco mal es lo de llamar «derechos humanos» a los de los monos, pero en este mundo de matrimonios sin la más remota posibilidad de contar con una madre entre sus miembros tampoco nos vamos a poner exquisitos con las palabras, y además no sé siquiera si es verdad que vayan a llamarlos asÃ, «derechos humanos de los simios», porque el asunto lo conozco a través de la prensa nada más y precisamente los periodistas son esos seres a los que el rigor no les estropea una buena noticia; y si es rigor mortis, igual se la sazona.
Estoy convencida de que quienes se oponen dejarán de hacerlo si vuelven a ver la pelÃcula. Lo único malo es que como la vea cualquiera de la izquierda más rancia igual deja de apoyar la causa por culpa de Charlton Heston, que durante un tiempo fue una especie de coco particular aquà por lo de la Asociación Nacional del Rifle y porque pensarán que para aguantar republicanos tontos ya tenemos a los nuestros.


Lo de una mujer desayunando sola no lo tenÃan muy asumido por aquel sitio (bueno, ni lo de nada sola), y antes de preguntarme si café o té me interrogaron sobre si esperábamos a mi marido; hacÃa algunos años, en un viaje que hice con una amiga a uno de esos destinos llenos de parejas en luna de miel con el dinero recaudado en la boda que se pasan el vuelo (sobre todo el de ida, claro, que la vuelta es a los diez dÃas mÃnimo) haciendo chuick, chuick*, decidÃ, tras explicar cada mañana a los camareros que me preguntaban por mi marido y que tras descubrir que no tenÃa se veÃan obligados a indagar, suponiendo que me halagaban, porqué, que cuando viajase sola la mejor forma de cortar esa conversación de raÃz era decir con cara apenada que era viuda, asà que con la soltura que da tener la mentira interiorizada (des)compuse el gesto y lo dije. Me miraron mal. Peor que mal. Ahà estaba yo, en lugar de apenada y llorándole, a punto de disfrutar de un desayuno continental (y de más cosas quizá) en un paÃs exótico.
El dÃa elegido para el viaje estaba en el aeropuerto con mis maletitas evolucionadas, sÃmbolo orgulloso del desarrollo de un paÃs en el que las maletas ya no constituÃan un bien singular y familiar (la maleta) que acompañaba al único miembro viajero, normalmente a su pesar, que partÃa buscando la riqueza aunque se conformaban con la subsistencia. Descartadas ya la versiones piel, ruedas acoplables, y flexible, tenÃa ante mà la rÃgida con ruedas incorporadas y lacito de color chillón (pero nunca rojo, porque los lacitos rojos abundan) en el asa para distinguirla rápidamente si, por un golpe de azar, pasaba delante de mà en la cinta de los equipajes y no se habÃa perdido en algún sofisticado sistema de distribución diseñado por ingenieros que pueden estar en todo menos en el insignificante detalle de devolver a cada uno la suya.
En mi bolsa de mano llevaba la crema hidratante para irme embadurnando periódicamente durante el vuelo. Aunque no se me iban a ver más que los ojillos y con dificultad, yo seguÃa teniendo arraigadas algunas costumbres occidentales como la de ducharte aunque un dÃa no estés sucia (y sin cargo de conciencia, que en mi ciudad no le debemos el agua a Aragón) y depilarte aunque no tengas plan. O sea, que me iba a hidratar la cara por mi propia satisfacción y por el bienestar de mi piel, sin limitarme sólo a la zona visible: cejas y contorno de ojos. Porque tampoco hay que imitar en todo a la
Quienes vivÃan a mi alrededor no lo habÃan notado todavÃa por mi natural modesto y discreto, pero como yo era una persona con inquietudes llevaba un tiempo esforzándome por pasar de P.P.* y no habÃa escatimado ningún esfuerzo en el camino: escuchaba a
Ya no me interesaba nada saber lo que hacÃa Julia, triunfadora de treintaitantos años representada en foto por modelo de veintipocos, cuando llegaba a casa y tenÃa que estar arreglada en hora y media para que la recogiese Él (ellas tenÃan nombre, ellos eran siempre Él), que era el hombre perfecto: tierno, sensible, triunfador, con nivel económico más que desahogado, incapaz de ponerse calcetines cortos ni aunque hubiesen quemado todos los demás, con el gusto para las corbatas justamente al contrario que Pedro Jota, deportista, sano, detallista, acróbata y preocupado por la cantidad, calidad e intensidad de los orgasmos femeninos. Recuerdo perfectamente el reportaje, incluso que el cuarto de hora de baño relajante en sales carÃsimas servÃa para realzar el rizo natural del pelo de su cabeza, porque al leerlo pensé: mira, como
Sé que se dijo por entonces que el viaje lo habÃa ganado en una tómbola, pero la verdad es que las tómbolas a mà siempre me han dado peor resultado que a 







