Entradas archivadas en Abril dEurope/Berlin 2006

Miércoles, 26 de Abril de 2006

Ya sé que tengo otros «deberes», unos autoimpuestos, que me están haciendo sentir Pérez Reverte (o sea, con ganas de terminar), y otros fruto de la amable coacción interracial de Ararat, pero a veces se cruzan otras cosas en el camino.
Nunca he sido muy cinéfila, ni siquiera sé poner nombre a muchas cosas si se me saca de la noche americana y asuntos igual de conocidos, pero en cambio fui una niña impresionable, y hay un par de películas y un documental de televisión que me marcaron profundamente. El documental era sobre Vlad el Empalador, y creo que determinó mi aversión a ver, leer o escuchar nada sobre ningún tipo de tortura, en guerra o en paz.
De una de las dos películas, vista innumerables veces, ni siquiera recordaba el estremecimiento que me supuso el desenlace hasta que, años después, lo vi reproducido en mi hermano pequeño. Y con la otra me ocurre justo al contrario: recuerdo haberla visto una sola vez, y jamás sus secuelas ni versiones, pero aún siento la angustia de descubrir la estatua de la libertad semienterrada en una playa de lo que, hasta ese momento, parecía otro planeta. Creo que entonces nació mi conciencia ecologista. Nada importa que no se haya desarrollado después, y en todo caso la culpa es bien de los guionistas, porque una no puede sentir empatía con el bicho viendo «tiburón», ni siquiera «tiburón en 3D», bien de la edad, que Willy me encontró ya crecidita.
beso interespecialPero creo poder afirmar, incluso categóricamente, que nadie que haya visto «El Planeta de los Simios» puede estar en contra de la propuesta de reconocer derechos a monos, macacos, orangutanes y demás. Yo en cuanto vi ayer la foto del diputado en los «bajan» de «El Mundo», me dije: «he aquí un colega espectador». Lo único que me parece un poco mal es lo de llamar «derechos humanos» a los de los monos, pero en este mundo de matrimonios sin la más remota posibilidad de contar con una madre entre sus miembros tampoco nos vamos a poner exquisitos con las palabras, y además no sé siquiera si es verdad que vayan a llamarlos así, «derechos humanos de los simios», porque el asunto lo conozco a través de la prensa nada más y precisamente los periodistas son esos seres a los que el rigor no les estropea una buena noticia; y si es rigor mortis, igual se la sazona.
Estoy convencida de que quienes se oponen dejarán de hacerlo si vuelven a ver la película. Lo único malo es que como la vea cualquiera de la izquierda más rancia igual deja de apoyar la causa por culpa de Charlton Heston, que durante un tiempo fue una especie de coco particular aquí por lo de la Asociación Nacional del Rifle y porque pensarán que para aguantar republicanos tontos ya tenemos a los nuestros.

Lunes, 24 de Abril de 2006

Para mi sorpresa, en cuanto aterrizó el avión una amable azafata nos informó de que teníamos que taparnos púdicamente la cabeza, con lo cual lo que iba a ser un homenaje voluntario por mi parte se convirtió en un acto debido y multitudinario, así que no se me notaba en nada mi buena voluntad porque de repente todas allí éramos iguales, incluso es posible que en el vuelo fuese alguna simpatizante o militante de la derecha más rancia a la que no se le iba a notar porque se iba a tapar como todas. Bueno, me dije, tienes que dejar de ser tan puñetera, si es lo que quieres hacer ¿qué importancia tiene que te obliguen? No me convencí del todo, porque a fin de cuentas no era una militante de mí misma como para aceptar ese amago de razonamiento que era más bien consuelo, pero no iba a pelearme yo sola con las autoridades de noséquéistán, así que saqué del bolso de mano la cajita de tolerancia que llevaba junto a la hidratante, y me apliqué un poco. Si hubiesen podido ver la sonrisa bobalicona que dibujaron mis labios, los demás hubieran notado la ayudita, pero como ya me había tapado entera no había peligro. Como efecto secundario de la ayudita tengo un poco confusa la parte del aeropuerto, pero no se puede tener todo en la vida. Eso sí, aunque no sé cómo llegué a la cama del hotel, dormí como una bendita.
A la mañana siguiente descarté desayunar en la cama porque jamás he tenido habilidad para ello, y luego queda en la habitación el olor al café, a la mermelada y a todo. Sería peor si me gustasen los churros, supongo, pero ni es el caso ni sé si allí los habría, que el churro ha conocido una expansión muchísimo menor que el croissant; me vestí como de homenaje a la España profunda de hace décadas, con trapito negro en la cabeza y sayones a juego, un poco reconfortada porque yo había leído a Lostie que en NY el negro está de moda, y bajé al comedor.
croissantLo de una mujer desayunando sola no lo tenían muy asumido por aquel sitio (bueno, ni lo de nada sola), y antes de preguntarme si café o té me interrogaron sobre si esperábamos a mi marido; hacía algunos años, en un viaje que hice con una amiga a uno de esos destinos llenos de parejas en luna de miel con el dinero recaudado en la boda que se pasan el vuelo (sobre todo el de ida, claro, que la vuelta es a los diez días mínimo) haciendo chuick, chuick*, decidí, tras explicar cada mañana a los camareros que me preguntaban por mi marido y que tras descubrir que no tenía se veían obligados a indagar, suponiendo que me halagaban, porqué, que cuando viajase sola la mejor forma de cortar esa conversación de raíz era decir con cara apenada que era viuda, así que con la soltura que da tener la mentira interiorizada (des)compuse el gesto y lo dije. Me miraron mal. Peor que mal. Ahí estaba yo, en lugar de apenada y llorándole, a punto de disfrutar de un desayuno continental (y de más cosas quizá) en un país exótico.
* Esto es una onomatopeya de beso baboso, no una forma que yo tenga de denominar al coito, al que no suelo referirme, pero si lo hago normalmente empleo el verbo follar que resulta bastante exacto. Por otro lado, como íbamos en un vuelo charter completamente lleno, si alguna de las parejas hubiera querido entrar a formar parte del club de los nosécuantosmil, hubiese tenido que convencer a todas las de alrededor y montar una orgía, con lo cual hubieran podido de paso entrar en el Guinness, aunque no sé yo si en ese libro, entre las idioteces inimaginables, incluyen también cosas verdes.

Viernes, 21 de Abril de 2006

maletaEl día elegido para el viaje estaba en el aeropuerto con mis maletitas evolucionadas, símbolo orgulloso del desarrollo de un país en el que las maletas ya no constituían un bien singular y familiar (la maleta) que acompañaba al único miembro viajero, normalmente a su pesar, que partía buscando la riqueza aunque se conformaban con la subsistencia. Descartadas ya la versiones piel, ruedas acoplables, y flexible, tenía ante mí la rígida con ruedas incorporadas y lacito de color chillón (pero nunca rojo, porque los lacitos rojos abundan) en el asa para distinguirla rápidamente si, por un golpe de azar, pasaba delante de mí en la cinta de los equipajes y no se había perdido en algún sofisticado sistema de distribución diseñado por ingenieros que pueden estar en todo menos en el insignificante detalle de devolver a cada uno la suya.
El país de destino era uno de esos terminados en istán que nunca termino de localizar porque ya he explicado cientos de veces que en el trivial nunca elijo geografía. Pero eso no importaba nada porque a fin de cuentas yo no iba a pilotar el avión ni a ir dándole indicaciones al comandante. Navegando por Internet (hacía mucho que ninguna enciclopedia en papel lograba estar al día en geografía política, aunque guardando te encuentras con que el atlas de cuando estudiaba la abuela tiene Europa casi actualizada… ) aprendí que noséquéistán no tenía ningún problema con los derechos humanos, o igual sí, pero ninguna concienciada profesional tipo Cristina del Valle lo había denunciado todavía, con lo cual era como si no lo tuviera, ni estaba siendo atacado por nadie, así que no podía ir de escudo humano ni nada por el estilo. Eso no me iba a dar puntos para seguir con mi conversión ideológica y acreditar ante algún posible camaradainquisidor mi pedigrí de gauche divine si exceptuamos el factor genético (por lo de gauche, lo de divine en mí salta a la vista aunque no tanto como en otras), y tras largas cavilaciones durante por lo menos diez minutos pensé que lo que sí podía hacer era vestirme allí como las nativas. Influyó en mi determinación tanto el recordar las palabras de mi abuela («todo lo que tapa ayuda») como las recientes imágenes de María Teresa Fernández de la Vega en tour africano y su impecable trayectoria, en la que sólo recordaba un fallo de protocolo en la vestimenta, pero sin importancia, porque fue en el Vaticano, país que como todos sabemos perfectamente resulta raro y alejado de nuestro entorno social, cultural e histórico.
maletaEn mi bolsa de mano llevaba la crema hidratante para irme embadurnando periódicamente durante el vuelo. Aunque no se me iban a ver más que los ojillos y con dificultad, yo seguía teniendo arraigadas algunas costumbres occidentales como la de ducharte aunque un día no estés sucia (y sin cargo de conciencia, que en mi ciudad no le debemos el agua a Aragón) y depilarte aunque no tengas plan. O sea, que me iba a hidratar la cara por mi propia satisfacción y por el bienestar de mi piel, sin limitarme sólo a la zona visible: cejas y contorno de ojos. Porque tampoco hay que imitar en todo a la vicepresidenta, digo yo.
El vuelo transcurrió sin incidencias, nadie se empeñó en hacerse el simpático en un espacio pequeño ni se durmió y babeó mi hombro, ni nadie comentó cuáles eran los sitios que no se destrozaban en caso de estrellarnos… lo que se dice un vuelo idílico.
(sí, hay más)

Miércoles, 19 de Abril de 2006

LibertadQuienes vivían a mi alrededor no lo habían notado todavía por mi natural modesto y discreto, pero como yo era una persona con inquietudes llevaba un tiempo esforzándome por pasar de P.P.* y no había escatimado ningún esfuerzo en el camino: escuchaba a Angels Barceló cual si fuese una nueva Rosa de Luxemburgo, con arrobo veía moverse los labios de Rubalcaba (bueno, los adivinaba bajo la barba y el bigote de su estética moderna del 78 ), segura de que no importaba tanto lo que decía como escucharlo con la convicción de asistir a la revelación de La Verdad, porque el responsable de estrategia electoral del PSOE en las elecciones de marzo de 2004 no puede ser una persona equivocada, leía con devoción El País y, puesta a tener una guía para todo, había decidido apuntarme a las lecciones del país estilo, tentaciones y demás suplementos que ahora tendrían que sustituir al Cosmopolitan de mis dieciséis años (hubo un periodo intermedio, pero lo pasé sin nada que me orientase, hasta que vi el reportaje del Vogue en el que se demostraba _o pedía, es que me lío_ lo de la igualdad entre ministros y ministras, y me di cuenta otra vez de la importancia de determinadas imágenes), porque el Cosmo (tenemos confianza) seguía siendo más o menos lo mismo y yo había evolucionado. llamada libertadYa no me interesaba nada saber lo que hacía Julia, triunfadora de treintaitantos años representada en foto por modelo de veintipocos, cuando llegaba a casa y tenía que estar arreglada en hora y media para que la recogiese Él (ellas tenían nombre, ellos eran siempre Él), que era el hombre perfecto: tierno, sensible, triunfador, con nivel económico más que desahogado, incapaz de ponerse calcetines cortos ni aunque hubiesen quemado todos los demás, con el gusto para las corbatas justamente al contrario que Pedro Jota, deportista, sano, detallista, acróbata y preocupado por la cantidad, calidad e intensidad de los orgasmos femeninos. Recuerdo perfectamente el reportaje, incluso que el cuarto de hora de baño relajante en sales carísimas servía para realzar el rizo natural del pelo de su cabeza, porque al leerlo pensé: mira, como la tía de Vargas Llosa; ahora hubiera pensado: mira, como la hija de Jesulín. Porque todo degenera. Incluso hay padres irresponsables que ponen a sus hijos e hijas (esto me tiene que dar puntos también) nombres literarios, o bíblicos como Héctor (esto lo dijo Felipe González pero como por lo visto no es tan evidente ha cundido mucho menos que lo de SaraMago, y ya habrá quien esté corriendo para atribuírselo a Esperanza Aguirre, o incluso a mí), u operísticos, y luego cuando los conoces (a sus adorables engendritos), aunque sea de lejos, ya te estropean para siempre a Verdi, a Bellini o a quien sea, porque en lugar de recordar una heroína algunos nombres ahora dibujan una arpía ordinaria y/o medio mema.
Sea como fuere, estaba dispuesta a que el que viajase fuese mi nuevo yo, o mi yo renovado, que esto me planteaba un problema filosófico y no tenía ni la más mínima intención de resolverlo.
* Primero de Progre, ninguna alusión al nombre en clave de mi pareja ni a ningún partido político ni cosas igual de jugosas
(y también continuará, si no he llegado al avión todavía… )

Domingo, 16 de Abril de 2006

Había algunas inexactitudes en el motivo de mi silencio momentáneo, y yo sabía quien era el responsable. No es que tuviesen mucha importancia, seguro, pero habría tenido que dejar de lado mi naturaleza puntillosa para consentir que siguieran una andanza que, sin remedio, las llevaría a engordar cada vez más. Y esto, lo de engordar, no podía tolerarlo porque una no vive impunemente en un país, Estado, nación de naciones o lo que sea esto, agotadas las teorías políticas a golpe de cogorza de cava protegido, cuyo gobierno y cargos (altos, medios, bajos y subterráneos) están tan preocupados por la salud de sus sierv ciudadanos como el nuestro. Es verdad que de momento sus acciones van más por lo del tabaco, pero por unidad de espíritu (que haya unidad en algo) yo lo había extendido ya a lo de las líneas y las gorduras, y cada vez que veía a alguien pasado de kilos se me representaba la muerte en forma de colesterol y grasaza colapsando arterias, y sólo lamentaba no ser un despierto guarda cerr civil interpretando (o apreciando a título individual, que dicen ellos), con ese derroche de formación que tienen los patrulleros, cualquier código o ley o reglamento. O sea, que lo de engordar algo no lo quería ni en sentido figurado.
la vida es una tómbolaSé que se dijo por entonces que el viaje lo había ganado en una tómbola, pero la verdad es que las tómbolas a mí siempre me han dado peor resultado que a Marisol, aunque seguramente algo mejor que a Pepa Flores. Aún así, hacía tiempo que no jugaba en ninguna, concretamente desde que el abuelo nos llevaba y nos regalaba las papeletas. Lo mío era más bien las casetas de tiro, porque siempre acertaba a dar en algo, aunque no fuese exactamente donde yo creía estar apuntando, lo cual hacía que mi vida no fuese una tómbola sino una sucesión de blancos derribados sin intención, pero con eficacia.
Por eso, aquella noche en la que el cielo no se veía por la orgía de bombillas de colores chillones que me rodeaba, arropada por el lamentable sonido de los autos de choque llenos de patibularios emparejados y enajenados al ritmo de dale morena o cualquier ordinariez por el estilo, tras haber apuntado cuidadosamente al peluche gigante que pensaba regalar al primero que llegase en la avalancha anunciada de sobrinos segundos, era inevitable que, teniendo en cuenta que tiraba con una escopeta de feria, acertase al tentador viaje exótico para una persona que anunciaba la diana de al lado, y que me entregó el amable norteafricano que regentaba el chiringuito con una sonrisa enorme aunque no sé ahora si maliciosa.
Bueno, pensé, un viaje exótico para una persona no es algo que puedas regalar a un bebé enganchado todavía a la teta de la madre, y si se lo cedes al padre que acaba de descubrir el apasionante mundo de los llantos nocturnos y las cacas a todas horas corres el riesgo de que no vuelva y tus familiares te retiren la palabra por haber provocado una situación semejante, así que la única alternativa era preparar mi equipaje e iniciar la aventura.
tiro al blanco
En solitario, porque ahí descubrí que los hombres que te aman, incluso los que te desean, son más bien abstractos y, aunque en general están dispuestos a ir al fin del mundo por ti, no ven la utilidad de moverse para menos. Claro, una es sencilla, y nunca les pide lo del fin del mundo.
(continuará)


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