LibertadQuienes vivían a mi alrededor no lo habían notado todavía por mi natural modesto y discreto, pero como yo era una persona con inquietudes llevaba un tiempo esforzándome por pasar de P.P.* y no había escatimado ningún esfuerzo en el camino: escuchaba a Angels Barceló cual si fuese una nueva Rosa de Luxemburgo, con arrobo veía moverse los labios de Rubalcaba (bueno, los adivinaba bajo la barba y el bigote de su estética moderna del 78 ), segura de que no importaba tanto lo que decía como escucharlo con la convicción de asistir a la revelación de La Verdad, porque el responsable de estrategia electoral del PSOE en las elecciones de marzo de 2004 no puede ser una persona equivocada, leía con devoción El País y, puesta a tener una guía para todo, había decidido apuntarme a las lecciones del país estilo, tentaciones y demás suplementos que ahora tendrían que sustituir al Cosmopolitan de mis dieciséis años (hubo un periodo intermedio, pero lo pasé sin nada que me orientase, hasta que vi el reportaje del Vogue en el que se demostraba _o pedía, es que me lío_ lo de la igualdad entre ministros y ministras, y me di cuenta otra vez de la importancia de determinadas imágenes), porque el Cosmo (tenemos confianza) seguía siendo más o menos lo mismo y yo había evolucionado. llamada libertadYa no me interesaba nada saber lo que hacía Julia, triunfadora de treintaitantos años representada en foto por modelo de veintipocos, cuando llegaba a casa y tenía que estar arreglada en hora y media para que la recogiese Él (ellas tenían nombre, ellos eran siempre Él), que era el hombre perfecto: tierno, sensible, triunfador, con nivel económico más que desahogado, incapaz de ponerse calcetines cortos ni aunque hubiesen quemado todos los demás, con el gusto para las corbatas justamente al contrario que Pedro Jota, deportista, sano, detallista, acróbata y preocupado por la cantidad, calidad e intensidad de los orgasmos femeninos. Recuerdo perfectamente el reportaje, incluso que el cuarto de hora de baño relajante en sales carísimas servía para realzar el rizo natural del pelo de su cabeza, porque al leerlo pensé: mira, como la tía de Vargas Llosa; ahora hubiera pensado: mira, como la hija de Jesulín. Porque todo degenera. Incluso hay padres irresponsables que ponen a sus hijos e hijas (esto me tiene que dar puntos también) nombres literarios, o bíblicos como Héctor (esto lo dijo Felipe González pero como por lo visto no es tan evidente ha cundido mucho menos que lo de SaraMago, y ya habrá quien esté corriendo para atribuírselo a Esperanza Aguirre, o incluso a mí), u operísticos, y luego cuando los conoces (a sus adorables engendritos), aunque sea de lejos, ya te estropean para siempre a Verdi, a Bellini o a quien sea, porque en lugar de recordar una heroína algunos nombres ahora dibujan una arpía ordinaria y/o medio mema.
Sea como fuere, estaba dispuesta a que el que viajase fuese mi nuevo yo, o mi yo renovado, que esto me planteaba un problema filosófico y no tenía ni la más mínima intención de resolverlo.
* Primero de Progre, ninguna alusión al nombre en clave de mi pareja ni a ningún partido político ni cosas igual de jugosas
(y también continuará, si no he llegado al avión todavía… )