III. Traveler woman
El dÃa elegido para el viaje estaba en el aeropuerto con mis maletitas evolucionadas, sÃmbolo orgulloso del desarrollo de un paÃs en el que las maletas ya no constituÃan un bien singular y familiar (la maleta) que acompañaba al único miembro viajero, normalmente a su pesar, que partÃa buscando la riqueza aunque se conformaban con la subsistencia. Descartadas ya la versiones piel, ruedas acoplables, y flexible, tenÃa ante mà la rÃgida con ruedas incorporadas y lacito de color chillón (pero nunca rojo, porque los lacitos rojos abundan) en el asa para distinguirla rápidamente si, por un golpe de azar, pasaba delante de mà en la cinta de los equipajes y no se habÃa perdido en algún sofisticado sistema de distribución diseñado por ingenieros que pueden estar en todo menos en el insignificante detalle de devolver a cada uno la suya.
El paÃs de destino era uno de esos terminados en istán que nunca termino de localizar porque ya he explicado cientos de veces que en el trivial nunca elijo geografÃa. Pero eso no importaba nada porque a fin de cuentas yo no iba a pilotar el avión ni a ir dándole indicaciones al comandante. Navegando por Internet (hacÃa mucho que ninguna enciclopedia en papel lograba estar al dÃa en geografÃa polÃtica, aunque guardando te encuentras con que el atlas de cuando estudiaba la abuela tiene Europa casi actualizada… ) aprendà que noséquéistán no tenÃa ningún problema con los derechos humanos, o igual sÃ, pero ninguna concienciada profesional tipo Cristina del Valle lo habÃa denunciado todavÃa, con lo cual era como si no lo tuviera, ni estaba siendo atacado por nadie, asà que no podÃa ir de escudo humano ni nada por el estilo. Eso no me iba a dar puntos para seguir con mi conversión ideológica y acreditar ante algún posible camaradainquisidor mi pedigrà de gauche divine si exceptuamos el factor genético (por lo de gauche, lo de divine en mà salta a la vista aunque no tanto como en otras), y tras largas cavilaciones durante por lo menos diez minutos pensé que lo que sà podÃa hacer era vestirme allà como las nativas. Influyó en mi determinación tanto el recordar las palabras de mi abuela («todo lo que tapa ayuda») como las recientes imágenes de MarÃa Teresa Fernández de la Vega en tour africano y su impecable trayectoria, en la que sólo recordaba un fallo de protocolo en la vestimenta, pero sin importancia, porque fue en el Vaticano, paÃs que como todos sabemos perfectamente resulta raro y alejado de nuestro entorno social, cultural e histórico.
En mi bolsa de mano llevaba la crema hidratante para irme embadurnando periódicamente durante el vuelo. Aunque no se me iban a ver más que los ojillos y con dificultad, yo seguÃa teniendo arraigadas algunas costumbres occidentales como la de ducharte aunque un dÃa no estés sucia (y sin cargo de conciencia, que en mi ciudad no le debemos el agua a Aragón) y depilarte aunque no tengas plan. O sea, que me iba a hidratar la cara por mi propia satisfacción y por el bienestar de mi piel, sin limitarme sólo a la zona visible: cejas y contorno de ojos. Porque tampoco hay que imitar en todo a la vicepresidenta, digo yo.
El vuelo transcurrió sin incidencias, nadie se empeñó en hacerse el simpático en un espacio pequeño ni se durmió y babeó mi hombro, ni nadie comentó cuáles eran los sitios que no se destrozaban en caso de estrellarnos… lo que se dice un vuelo idÃlico.
(sÃ, hay más)









