maletaEl día elegido para el viaje estaba en el aeropuerto con mis maletitas evolucionadas, símbolo orgulloso del desarrollo de un país en el que las maletas ya no constituían un bien singular y familiar (la maleta) que acompañaba al único miembro viajero, normalmente a su pesar, que partía buscando la riqueza aunque se conformaban con la subsistencia. Descartadas ya la versiones piel, ruedas acoplables, y flexible, tenía ante mí la rígida con ruedas incorporadas y lacito de color chillón (pero nunca rojo, porque los lacitos rojos abundan) en el asa para distinguirla rápidamente si, por un golpe de azar, pasaba delante de mí en la cinta de los equipajes y no se había perdido en algún sofisticado sistema de distribución diseñado por ingenieros que pueden estar en todo menos en el insignificante detalle de devolver a cada uno la suya.
El país de destino era uno de esos terminados en istán que nunca termino de localizar porque ya he explicado cientos de veces que en el trivial nunca elijo geografía. Pero eso no importaba nada porque a fin de cuentas yo no iba a pilotar el avión ni a ir dándole indicaciones al comandante. Navegando por Internet (hacía mucho que ninguna enciclopedia en papel lograba estar al día en geografía política, aunque guardando te encuentras con que el atlas de cuando estudiaba la abuela tiene Europa casi actualizada… ) aprendí que noséquéistán no tenía ningún problema con los derechos humanos, o igual sí, pero ninguna concienciada profesional tipo Cristina del Valle lo había denunciado todavía, con lo cual era como si no lo tuviera, ni estaba siendo atacado por nadie, así que no podía ir de escudo humano ni nada por el estilo. Eso no me iba a dar puntos para seguir con mi conversión ideológica y acreditar ante algún posible camaradainquisidor mi pedigrí de gauche divine si exceptuamos el factor genético (por lo de gauche, lo de divine en mí salta a la vista aunque no tanto como en otras), y tras largas cavilaciones durante por lo menos diez minutos pensé que lo que sí podía hacer era vestirme allí como las nativas. Influyó en mi determinación tanto el recordar las palabras de mi abuela («todo lo que tapa ayuda») como las recientes imágenes de María Teresa Fernández de la Vega en tour africano y su impecable trayectoria, en la que sólo recordaba un fallo de protocolo en la vestimenta, pero sin importancia, porque fue en el Vaticano, país que como todos sabemos perfectamente resulta raro y alejado de nuestro entorno social, cultural e histórico.
maletaEn mi bolsa de mano llevaba la crema hidratante para irme embadurnando periódicamente durante el vuelo. Aunque no se me iban a ver más que los ojillos y con dificultad, yo seguía teniendo arraigadas algunas costumbres occidentales como la de ducharte aunque un día no estés sucia (y sin cargo de conciencia, que en mi ciudad no le debemos el agua a Aragón) y depilarte aunque no tengas plan. O sea, que me iba a hidratar la cara por mi propia satisfacción y por el bienestar de mi piel, sin limitarme sólo a la zona visible: cejas y contorno de ojos. Porque tampoco hay que imitar en todo a la vicepresidenta, digo yo.
El vuelo transcurrió sin incidencias, nadie se empeñó en hacerse el simpático en un espacio pequeño ni se durmió y babeó mi hombro, ni nadie comentó cuáles eran los sitios que no se destrozaban en caso de estrellarnos… lo que se dice un vuelo idílico.
(sí, hay más)