Para mi sorpresa, en cuanto aterrizó el avión una amable azafata nos informó de que teníamos que taparnos púdicamente la cabeza, con lo cual lo que iba a ser un homenaje voluntario por mi parte se convirtió en un acto debido y multitudinario, así que no se me notaba en nada mi buena voluntad porque de repente todas allí éramos iguales, incluso es posible que en el vuelo fuese alguna simpatizante o militante de la derecha más rancia a la que no se le iba a notar porque se iba a tapar como todas. Bueno, me dije, tienes que dejar de ser tan puñetera, si es lo que quieres hacer ¿qué importancia tiene que te obliguen? No me convencí del todo, porque a fin de cuentas no era una militante de mí misma como para aceptar ese amago de razonamiento que era más bien consuelo, pero no iba a pelearme yo sola con las autoridades de noséquéistán, así que saqué del bolso de mano la cajita de tolerancia que llevaba junto a la hidratante, y me apliqué un poco. Si hubiesen podido ver la sonrisa bobalicona que dibujaron mis labios, los demás hubieran notado la ayudita, pero como ya me había tapado entera no había peligro. Como efecto secundario de la ayudita tengo un poco confusa la parte del aeropuerto, pero no se puede tener todo en la vida. Eso sí, aunque no sé cómo llegué a la cama del hotel, dormí como una bendita.
A la mañana siguiente descarté desayunar en la cama porque jamás he tenido habilidad para ello, y luego queda en la habitación el olor al café, a la mermelada y a todo. Sería peor si me gustasen los churros, supongo, pero ni es el caso ni sé si allí los habría, que el churro ha conocido una expansión muchísimo menor que el croissant; me vestí como de homenaje a la España profunda de hace décadas, con trapito negro en la cabeza y sayones a juego, un poco reconfortada porque yo había leído a Lostie que en NY el negro está de moda, y bajé al comedor.
croissantLo de una mujer desayunando sola no lo tenían muy asumido por aquel sitio (bueno, ni lo de nada sola), y antes de preguntarme si café o té me interrogaron sobre si esperábamos a mi marido; hacía algunos años, en un viaje que hice con una amiga a uno de esos destinos llenos de parejas en luna de miel con el dinero recaudado en la boda que se pasan el vuelo (sobre todo el de ida, claro, que la vuelta es a los diez días mínimo) haciendo chuick, chuick*, decidí, tras explicar cada mañana a los camareros que me preguntaban por mi marido y que tras descubrir que no tenía se veían obligados a indagar, suponiendo que me halagaban, porqué, que cuando viajase sola la mejor forma de cortar esa conversación de raíz era decir con cara apenada que era viuda, así que con la soltura que da tener la mentira interiorizada (des)compuse el gesto y lo dije. Me miraron mal. Peor que mal. Ahí estaba yo, en lugar de apenada y llorándole, a punto de disfrutar de un desayuno continental (y de más cosas quizá) en un país exótico.
* Esto es una onomatopeya de beso baboso, no una forma que yo tenga de denominar al coito, al que no suelo referirme, pero si lo hago normalmente empleo el verbo follar que resulta bastante exacto. Por otro lado, como íbamos en un vuelo charter completamente lleno, si alguna de las parejas hubiera querido entrar a formar parte del club de los nosécuantosmil, hubiese tenido que convencer a todas las de alrededor y montar una orgía, con lo cual hubieran podido de paso entrar en el Guinness, aunque no sé yo si en ese libro, entre las idioteces inimaginables, incluyen también cosas verdes.