Meme-encadenado 2
La idea consiste en que alguien, en este caso yo, empieza una historia inacabada, una vez hecho esto yo le endoso la siguiente entrega a otra persona para que continúe la historia y asà sucesivamente. SerÃa una historia encadenada pero con el funcionamiento de un meme.
Para que no se pierda el hilo de la historia, es necesario que el que escribe una historia, ponga en el post un enlace de la entrega anterior y otro donde continúa, asÃ, alguien que no sepa de qué va la historia puede ponerse al dÃa y si se anima participar.
Ararat dixit
Lee el principio de este relato aquÃ…
Vale, las salpicaduras habÃan echado a perder todo el cuidado que habÃa puesto al vestirme, pero tampoco era como para salir huyendo calle arriba como hizo la mujer espantada. El caso es que su cara me sonaba de algo, pero no lograba localizar de qué exactamente, lo cual me empezaba a trastornar un poco. La gente (el resto, quiero decir) está muy tarada, pensé mientras caminaba cuidadosamente, evitando pisar las lÃneas de unión de las baldosas, aunque eso era mucho más sencillo hacerlo en dÃas secos, porque ahora me tocaba evitar transeuntes tan poco despiertos como yo y además sus paraguas manejados, de forma inconsciente pero increÃblemente certera, como armas. Mi ágil mente encontró un remedio inmediato: tomar el autobús. Es decir, subirme a él, no hacer la de la Bastilla. Habitualmente no lo hacÃa (ni lo del autobús ni la revolución, el francés a veces), pero la lluvia, los paraguas, y las miradas que la gente echaba a mi ropa salpicada, me obligaron. Además, con el calorcillo humano del transporte público se secarÃa todo más rápidamente, y yo tenÃa idea de haber leÃdo en algún sitio que el barro seco se limpiaba mejor. La pulcritud en cualquier circunstancia era una de mis virtudes, y sólo lamentaba que los autobuses, además de ser escasos en asientos y olorosos en esencia, no tuviesen unos lavabos para descender impecable en mi parada.
Todo este ajetreo me habÃa despistado un poco de mi preocupación principal, pero enseguida me centré de nuevo y volvà a darle vueltas: luego, cuando entrase en mi despacho, tras saludar a todo el mundo en la oficina ¿me encerrarÃa pretextando una conferencia y abrirÃa el baúl que tanto me costo cerrar y rematar con clavos? Lo de costó me resultaba especialmente doloroso, porque hay que ver lo que te cobran por alquilar un chismecito de esos que exhibe el de la camisa de leñador del bricomanÃa, y lo que cuesta que los clavos entren rectos y no se distribuyan a su aire, como siguiendo las indicaciones de un artista conceptual…
Si Buch quiere, la historia continúa…
P.D.: Buch ha querido, asà que sigue leyendo aquÃ. Y ha sido niña.









