Tal vez ahora sería el momento de detenerme en la enumeración de los rincones del país que incluyen las guías de turismo, y embellecerlos con unas pinceladas de tipismo y lirismo, demostrando de esa forma que el dinero empleado en las excursiones organizadas por los dinámicos animadores del hotel me había cundido como a una auténtica turista, o, apartándome de las guías al uso, haber recorrido ignotos lugares para mostrar al mundo los rincones que sólo descubren los auténticos viajeros, como si yo fuese un orgulloso inglés de esos que recorren el planeta enseñando a los lugareños lo valioso de su paisaje y sus paisanos, aunque sin integrarse, o haciéndolo con lamentables resultados, pero como no soy súbdita de su graciosa majestad sino de su católica majestad, no me saldría igual de bien. Sé además que si no todos, muchos de los que leen estarán deseando saber cuándo se cruzaron por primera vez nuestras miradas (vale, sí, es un modo poético y tal vez cursi de aludir a lo que alguno quiere leer). La verdad es que no lo sé. Decepcionará, pero lo malo de la vida es que no tiene un buen guión que marque los momentos cumbre, ni siquiera una banda sonora que acompañe a los clímax, y esa falta de dirección artística hace que por ejemplo un clímax pueda ocurrir mientras está sonando Il Divo, o las Ketchup, o vaya usted a imaginar qué otra aberración acústica, y en ese caso es mucho mejor olvidar las circunstancias en las que sucedió y recordar tan solo que sucedió.
No sé, por tanto, exactamente qué día fue, aunque luego elegí una fecha para los aniversarios, ni si era de día o de noche, porque cuando ocurre, cuando descubro que alguien que me gusta me ha elegido, si lo de alrededor no se borra (que no lo hace, porque ya hemos concluido que el mundo no es perfecto, salvo en las series de Milikito) lo ignoro por las buenas. Tampoco sé de qué hablábamos, porque lo malo de hacerme esperar es que yo sigo la conversación aparentemente atenta, incluso contesto con coherencia (o no, y lo atribuyen al ingenio), pero casi toda mi mente sigue el movimiento de los labios no precisamente para absorber las palabras, y sólo es capaz de un pensamiento: «¿cuándo?» A veces soy más variada y pienso: «a ver cuándo se calla y me besa», porque en mi intimidad no me importa tanto ser tan obvia. Sin embargo ellos suelen interpretar mi expresión (que yo imagino mixta entre el ansia y la lujuria, pero igual no) como un signo de inteligencia: mía por escucharles y suya por las cosas tan interesantes que dicen, así que se crecen (en un sentido inesperado, y desde luego decepcionante para mí) y se recrean en la faena (o fastidio).
Así, él hablaba y hablaba, quizá de los lugares que podríamos visitar, o de la última tontería de un político conocido por ambos, o del sabor del clavo (especia) en los dulces, pero sólo recuerdo que por fin tendió una mano y que inmediatamente puse la mía encima para que comenzase a acariciarme mientras me atraía hacia sus labios que, de repente, tenían el tamaño perfecto para que cupiesen los míos en ellos y sobrasen las palabras.
muacks