Pensaba haber titulado esto algo así como «el sobrevalorado hombro», pero he desistido tras considerar que quizá algún lector despistado, intentando asignarme una identidad, terminase por creer que soy aquella concursante del maravilloso (no va de coña, era fascinante) programa «Confianza ciega», cuyo nombre no recuerdo (aunque sí el de la amiga: Nube, y no era india, digo indígena americana), pero que solía recibir como piropo habitual y calentador que le dijesen que tenía unos hombros preciosos. No soy ella, y aunque tenga unos hombros bastante aparentes (y clavículas, y esternón, de todo, oiga, de todo) no quería referirme a eso, sino a la función de hombro como empapalágrimas (o pañuelo).
como yo
Se supone que cuando alguien ofrece «un hombro para (donde) llorar» lo hace con la mejor de las intenciones, pero de modo irreflexivo, porque ¿hay algo más incómodo que un hombro para apoyarse? Bueno, sí, tal vez una corva, que además de incómoda necesita un poco de contorsionismo para hacer de soporte. En mi opinión (que no es humilde, sino más bien impaciente y arrojada) lo lógico hubiera sido asignar la función de aguantapenas a la tripa, que por norma general es más mullidita en todo el mundo que el triste hombro (si exceptuamos los años ochenta, claro, con aquellas hombreras imposibles; y si el hombro era de mujer además te podías llevar un golpe de un pendiente gigante), y a fin de cuentas ninguna pena merece tantas lágrimas como para desbordar al ombligo que nos acoge; nunca ha habido noticias sobre el desbordamiento de un ombligo, y eso será por algo. Supongo que la función consoladora no se le asignó por lo mal que suena la palabra, tripa, tan de casquería, y barriga o estómago tampoco suenan mucho mejor. Pero puestos a desviarnos unos centímetros para el desahogo, podríamos considerar «el regazo» como un sitio apropiado, sin contar con que al regazo parece que tiene por fuerza que seguirle «acogedor». Así que no te ofreceré nunca mi hombro duro y relleno de hueso, sino mi regazo, para esos estados de atonía y cosas peores. Si no podemos sortear el hecho de que mi regazo sea un sitio lúdico y jaranero (además de acogedor, no lo olvidemos), pensemos que no hay mejor forma de terminar con una pena; o sí, pero no todo el mundo tiene sitio reservado dentro. Sólo tú.