Ya he confesado muchas veces que, dentro de esas cosas irracionales que me adornan, hay meses que no me gustan (y que ya no voy a decir para no contrariar a Wolffo, que me lo ha puesto imposible) y meses que sí; claramente, por muchos motivos, julio es de los que sí, incluso aunque haya traído de regalito lo de los puntos del carné. Llevo unos días alegrándome de que los años de experiencia me den cuatro puntos más que a Farruquito, por poner un triste ejemplo, y sumergida en la difícil disyuntiva de no respetar la velocidad en una de las rondas de mi ciudad (80 km/h en los tramos donde más, lo que se dice una “vía rápida” ) o respetarla y que termine dándome por detrás (en el peor sentido, claro) un camión de esos que, milagrosamente, no van por el carril izquierdo disputándose el trono de reyes del asfalto con los motoristas que entrenan para el circo y con los niñatos o cincuentones a bordo de un audi (que por aquí es lo que abunda, ha terminado siendo el producto de las cosechas o de las subvenciones al cultivo) empeñados en demostrar que la vida es un círculo y que con las canas uno termina justo donde empezó, siendo un adolescente mental.
mec, mec
Tiene esto de bueno que mientras pienso en los puntos me distraigo de las otras cosas sangrantes que van ocurriendo, ni siquiera enlazo a regiones autónomas discriminatorias ni a dialogantes mentes vacías ni a tragedias inesperadas porque todo el mundo puede rellenar la desolación. De momento he optado por usar el limitador de velocidad y que deje de ser un par de botoncillos de adorno en el volante, porque en el fondo soy realista y tengo claro que si algún día me para un guardia civil o un policía (toco madera o lo que haya que hacer para conjurar estas cosas) no será para que montemos un paripé concienciador al estilo de Rubalcaba (otro renegado, esta vez del Pérez, qué mala suerte tienen estos chicos con sus primeros apellidos), que además de estar empeñado en demostrar que no todo lo de Solares es saludable, cuando sale de casa ya sabe que va a soplar; ni siquiera sé si hasta el control ad hoc llegó conduciendo él o tiró de chófer ministerial, pero tampoco importa mucho porque la estupidez es la misma; si total, a mí el control de alcoholemia de Rubalcaba me hubiera interesado muchísimo más hace un par de años largos.