Archivo de Agosto de 2006
Mamá ¿por qué papá mató al pregonero?
Hace unos días, en mis ya lejanas vacaciones, estuve cenando en un restaurante de esos que te ponen el plato delante y te cantan los ingredientes porque no hay nombre para bautizarlos lo suficientemente descriptivo, y quieren que se note el trabajo del anteriormente conocido como cocinero y ahora restaurador. A mí me suelen gustar las combinaciones raras de comidas (y las comidas en general, se podría decir que soy aficionada), así que por ese lado, muy bien. Claro que también me gusta que el servicio sea correcto, y ahí había poco más que buena voluntad. Sin embargo, me aguanté las ganas de explicarles cómo se colocan los cubiertos o que poner una cubitera para el vino sin un camarero pendiente o una servilleta para servirlo es más bien una cochinadita, y de todas formas enseguida dejamos de fijarnos en las carencias (excepto la vez que la camarera se rascó el culo por dentro de la falda y del biquini*, metiendo la mano por la cinturilla) porque lo verdaderamente interesante de la cena era el especimen masculino de la mesa de al lado que, inmediatamente, en cuanto llevábamos cinco minutos sentados, fue bautizado por nosotros como «el erudito». Casi al final de la cena la que fue bautizada fue su acompañante, porque el vinillo había hecho efecto en el erudito y se levantó con demasiado impulso a pedir un café y la cuenta.
El erudito iba acompañado por una chica con la que todavía no tenía roce sexual, sobre esto había consenso en mi mesa, aunque discrepábamos sobre si se conocían desde hacía tiempo o no.
El erudito iba de caza y su acompañante también, pero mientras ella desplegaba una estrategia clásica de aprieto los brazos, resalto las tetas, me inclino hacia delante, pongo la manita al alcance del sustituto de macho alfa, él llevaba escrito en la cara un historial de cuarenta años de virginidad con garantía de futuro. O quizá no lo llevaba escrito en la cara, quizá sólo pensamos eso cuando le escuchamos relatar en voz alta, a propósito de la ensalada con fantasía que tanto él como nosotros íbamos a comer, el cuento del traje del emperador, impostando la voz para que toda la sala lo escuchase y ante las miradas de su acompañante (arrebolada, había ganitas) y de la camarera (atónita, como de dolor de pies pero peor). No entendimos a qué venía porque claramente nosotros en lo único que le aventajábamos era en que sabíamos modular el tono de nuestra voz como si nuestra conversación sólo nos interesase a nosotros, y hoy es el día en que cuando no tengo otra cosa en qué pensar o no me apetece, doy vueltas a los ocultos lazos entre las cuatro variedades de lechuga, la vinagreta de miel, el parmesano y el chorizo frito con ir desnudo y disimular. Se nos escapó la explicación prendidos como estábamos de su voz de cuentacuentos, tan hambriento como sordo. Y así siguió, con toques de cosmopolitismo, manga (o sea, Oliver, Benji y punto) y varias cosillas más, hasta el café mismo, pendiente de su voz como un narciso acústico, mientras ignoraba tanto los oídos de los que no le conocíamos como los más que evidentes intentos de aproximación y roce de su compañera, que tenía tantas ganas de jarana que hasta le reía las gracias.Viendo como iba el asunto, sólo consumaría si al salir del restaurante logró arrinconarle y llenarle la boca para que no pudiera volver a articular palabra en una hora o más. Difícil lo veo, más bien al erudito le pegaba hablar de cualquier cosa en el trance, que para él será un mínimo desahogo, porque lo que de verdad le pone es el bla, bla, bla propio y a todo volumen, como un tunero de sí mismo.
* lo de bikini no es un eufemismo para no decir tanga o braga (a fin de cuentas acabo de poner rascar y culo), es que la criatura iba vestida con una camisa y una falda blancas y se veía el bikini naranja debajo; no como su tripita de embarazada, que iba al aire. O sea, como en un chiringuito pero sin arena en el suelo (en orificios de su cuerpo ya no me atrevo a asegurarlo)
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