Cada día meto el libro correspondiene en el petate de la playa. Antes lo hacía como rutina, igual que abro un libro antes de dormir aunque llegue a la cama en estado semicomatoso, y ahora con la esperanza de que llegue la promoción (por favor, el vídeo hay que verlo y ponerse en el lugar del bañista) esa que ha empezado por Pontevedra antes de que terminen mis (breves) vacaciones en Valencia, y pueda conseguir alguno de esos maravillosos regalos que dan a los que sorprenden leyendo: unas palas (de las de hacer castillos y de las de molestar con la pelotita) y cosas hinchables (balones y almohadillas, me parece). Al principio pensé que era una de esas campañas contra el sedentarismo y la obesidad, como la que van a hacer con los niños en los colegios porque Rodríguez se lo ha tomado muy a pecho, aunque igual no influye nada que digan que sus niñas son gordas, yo no lo sé porque no las he visto y a lo mejor sólo era maledicencia de los guardias civiles que no podían usar la piscina mientras la sencilla pero sin embargo estilosa Sonsolessinabuelo acudía allí, con o sin ellas. Pero no. Sorprendentemente los que mandan a unos pobres humanos a la arena vestidos de Sancho Panza o de Alicia (en el país de las maravillas, por supuesto) son editores de libros, o sea, gente que quiere que se lea…
No sé qué mecanismo mental ha operado en ellos o en el publicista de turno para llegar a la conclusión de que la mejor manera de fomentar la lectura es a) sobresaltar a un tranquilo veraneante con un tipo vestido de mamarracho o de padre en función de fin de curso, que viene a ser lo mismo; b) interrumpir al pobre lector quién sabe si en lo más interesante, y que cuando levante la vista del libro vea que toda la playa le mira, y c) entregarle a cambio un objeto que sin demasiada mala intención lleva como mensaje «levántate y mueve ese culo que te estás poniendo tocinillo»
Igual si alguien que lea esto lo entiende puede explicarme qué hubiera tenido de malo regalar otro libro a quien está leyendo en la playa ¿tal vez piensan los editores que quien tiene un libro no necesita otro? ¿será que regalar un libro, aunque sea de un autor clásico, sale caro porque la asociación de teddy y de ramocín trinca también? Pero que conste, con lo que me está costando terminar el Edipo libertador que ha caído en mis manos, estoy deseando que me den un balón o una palita.