Entradas archivadas en Septiembre dEurope/Berlin 2006

Jueves, 14 de Septiembre de 2006

Yo hubiera querido ser la gata sobre el tejado de zinc caliente.
Maggie y Brick
Como la obra la leí mucho después de ver la película, está claro que lo que yo hubiera querido es estar tan guapa en camisón (puede que aquello fuera una combinación, pero es que esa prenda me resulta extraña como los delantales) como Liz Taylor, con ese busto rebosante y, sobre todo, con Paul Newman sobre (y todas las demás preposiciones) la cama, aunque fuese con muletas. Ya he dicho que vi la película hace mucho, y desde luego las primeras veces no pensé que a ella le servía de poco, no tenía yo edad de entender al atormentado Williams. Lo que sí entendí perfectísimamente es lo insoportables que son las madrazas a quienes sus propios niños no molestan, y tiemblo cada vez que me cruzo con una de esas orgullosas criadoras de monstruos cuellicortos; por otro lado, yo a ellas tampoco las caeré muy bien, porque me resulta imposible tener una palabra amable para sus engendritos, y justamente el otro día tuve un encuentro (des- sólo para mí, me temo) con una de ellas.
El asunto es que su marido (sólo su marido) tenía que firmar un contrato con otras dos personas en mi despacho, y pese a que él sabía hablar y leer, y no tenía rota la mano con la que debía firmar, la primera adulta que entró fue ella. En su caso invadió. Ya he avisado que era una madraza, así que lo hizo precedida por la corte que formaban sus dos hijitos (así, a ojo de buen cubero, seis años la niña, dos el niño) que enseguida ocuparon las dos sillas más próximas a la mesa donde debía firmarse el asunto, y ninguno de los adultos se atrevió (o quizá ni siquiera llegaron a pensarlo) a pedir a la madre que se los llevase de ahí a un sitio donde no estorbasen; yo hice un tímido intento en plan «estaríamos mejor todos sentados para leerlo con tranquilidad y aclarar cualquier duda» pero fui olímpicamente ignorada por la paridora, mientras el resto aseguraba que no era necesario. Y estorbar tenían que estorbar los niños, no sólo a mí que a fin de cuentas tenía mi silla y lo único que me impedían era escuchar mis propios pensamientos con sus grititos y con el soniquete del aserejé que salía del juguete del niño (lo prometo, sé que puede parecer increíble, pero el niño llevaba una especie de cosa en forma de teléfono móvil que al apretarlo sonaba el aserejé pasado por hojalata; heredado, seguramente, porque el niño no había nacido cuando las ketchup triunfaron). Así que los adultos, como una penitencia, se leyeron sus documentos de pie y los firmaron (hoja por hoja, y alguno con una de esas de nombre y dos apellidos de a cuarto de hora la firma, sin contar la rúbrica) doblando el espinazo, y eso será duro. No tanto como picar piedra, de acuerdo, pero es que eso se podía haber evitado si esa especie de cuñada de la gata hubiera optado por quedarse con sus niños en el parque, o en la puerta de la calle que todavía hacía buen tiempo. Además el garito no tiene otra puerta de salida, así que el padre no iba a abandonar a la familia ni nada de eso, aunque es probable que la idea pasase por su cabeza cada vez que sonaba el aserejé de marras o los niños decidían perseguirse jugando a pillar. Por la mía hubiera pasado de haber estado en su lugar.

Viernes, 1 de Septiembre de 2006

Creo que ya he explicado que dormida no tengo pesadillas (dos en toda una vida, hasta el momento y que siga así, no es como para presumir de tenerlas); en cambio, estando despierta, no sé el motivo por el cual tengo gran facilidad para imaginar cosas horrorosas, capaces de conmoverme en lo más íntimo (en el mal sentido), y que incluso me pondrían la piel de gallina si no fuese por lo ordinario que es (bueno, igual que se ponga más que ordinario es inevitable, pero el nombre es horrendo). Últimamente una de las peores que puedo imaginar, y lo hago con frecuencia porque tengo un lado oscuro además de uno verde, reconozco esta debilidad mía pero que nadie la aproveche, es la invasión de parejas que se llaman entre sí “cari”. En público y a voces, claro, porque en privado o en susurros cada cual se excita como puede y “cari” es igual de bueno o malo que “albondiguita”, “meloncito”, “chimichurri” y similares. Me estoy dando cuenta de que si yo intento buscar apelativos cariñosos me deslizo sospechosamente por el lado de las comidas (gastronómico, o sea) y siempre en diminutivo, prueba evidente de mi falta de práctica (en lo de los almíbares, quiero decir).
Los “caris” existen, aunque de momento no tantos como caben en mi mente en momentos oscuros, y seguro que se reproducen entre ellos y tienen niños que llamarán a sus parejas “cari” a su vez, si es que no descienden un escalón más y se llaman entre sí “papá” y “mamá”, en plan incestuoso. Lo malo de las parejas que yo digo, e imagino a nada que me descuide, es que no están proscritas a moverse sólo entre su casa y el carrefour más cercano montadas en un coche de esos de la marca barata que ha hecho unos anuncios tan cutres que ni el precio resulta atractivo, espacio y trayecto que yo considero su hábitat natural, sino que lo invaden todo. A ratos intento ser comprensiva, y me digo que tal vez la explicación a esa desviación sea su pertenencia al grupo de los infieles (en el sentido sexual, no religioso) o monógamos sucesivos de la subespecie culo inquieto (cambian rápido de pareja), y que es más sencillo usar una cosa genérica que un nombre propio, porque disfrutas mucho más si puedes relajarte y no tienes miedo a deslices delatores, pero en otros momentos de lucidez considero que no puede haber tanto infiel y me desespero buscando otros motivos, como que quieran conservar sus nombres en secreto porque sean espías cuya tapadera es una vida familiar, porque tengan nombres malsonantes (todos los que terminan en ano, por ejemplo) o se llamen todos Caridad (no sé si sirve igual para hombre que para mujer, como Trinidad; tampoco sé si hubo un tiempo en que las Caridad repoblaron los parques infantiles como hacen ahora las Lucías y Paulas, porque yo sólo he conocido una Cari y era la señora que se ocupaba de la casa cuando nosotros éramos pequeños) o porque pertenezcan a una religión que les prohiba revelar su nombre so pena de condenación eterna; el de que les guste no quiero ni contemplarlo, porque sufriría más todavía, y bastante duro es el final del verano por sí mismo como para agravarlo con pensamientos propios o con canciones del Dúo Dinámico.


myspace
Alojamiento: textografico.com y Jio Todos los textos de esta web están escritos por la PrincesadelGuisante, salvo indicación contraria.