Creo que ya he explicado que dormida no tengo pesadillas (dos en toda una vida, hasta el momento y que siga así, no es como para presumir de tenerlas); en cambio, estando despierta, no sé el motivo por el cual tengo gran facilidad para imaginar cosas horrorosas, capaces de conmoverme en lo más íntimo (en el mal sentido), y que incluso me pondrían la piel de gallina si no fuese por lo ordinario que es (bueno, igual que se ponga más que ordinario es inevitable, pero el nombre es horrendo). Últimamente una de las peores que puedo imaginar, y lo hago con frecuencia porque tengo un lado oscuro además de uno verde, reconozco esta debilidad mía pero que nadie la aproveche, es la invasión de parejas que se llaman entre sí “cari”. En público y a voces, claro, porque en privado o en susurros cada cual se excita como puede y “cari” es igual de bueno o malo que “albondiguita”, “meloncito”, “chimichurri” y similares. Me estoy dando cuenta de que si yo intento buscar apelativos cariñosos me deslizo sospechosamente por el lado de las comidas (gastronómico, o sea) y siempre en diminutivo, prueba evidente de mi falta de práctica (en lo de los almíbares, quiero decir).
Los “caris” existen, aunque de momento no tantos como caben en mi mente en momentos oscuros, y seguro que se reproducen entre ellos y tienen niños que llamarán a sus parejas “cari” a su vez, si es que no descienden un escalón más y se llaman entre sí “papá” y “mamá”, en plan incestuoso. Lo malo de las parejas que yo digo, e imagino a nada que me descuide, es que no están proscritas a moverse sólo entre su casa y el carrefour más cercano montadas en un coche de esos de la marca barata que ha hecho unos anuncios tan cutres que ni el precio resulta atractivo, espacio y trayecto que yo considero su hábitat natural, sino que lo invaden todo. A ratos intento ser comprensiva, y me digo que tal vez la explicación a esa desviación sea su pertenencia al grupo de los infieles (en el sentido sexual, no religioso) o monógamos sucesivos de la subespecie culo inquieto (cambian rápido de pareja), y que es más sencillo usar una cosa genérica que un nombre propio, porque disfrutas mucho más si puedes relajarte y no tienes miedo a deslices delatores, pero en otros momentos de lucidez considero que no puede haber tanto infiel y me desespero buscando otros motivos, como que quieran conservar sus nombres en secreto porque sean espías cuya tapadera es una vida familiar, porque tengan nombres malsonantes (todos los que terminan en ano, por ejemplo) o se llamen todos Caridad (no sé si sirve igual para hombre que para mujer, como Trinidad; tampoco sé si hubo un tiempo en que las Caridad repoblaron los parques infantiles como hacen ahora las Lucías y Paulas, porque yo sólo he conocido una Cari y era la señora que se ocupaba de la casa cuando nosotros éramos pequeños) o porque pertenezcan a una religión que les prohiba revelar su nombre so pena de condenación eterna; el de que les guste no quiero ni contemplarlo, porque sufriría más todavía, y bastante duro es el final del verano por sí mismo como para agravarlo con pensamientos propios o con canciones del Dúo Dinámico.