Venciendo la apatÃa
A veces nos escudamos en la falta de tiempo para disculpar la desgana, la pereza (sÃ, éste también me adorna, yo creo que en general tengo cuatro de siete). Creo que era Santo Tomás el que decÃa que al pecado de pereza se le vencÃa con la virtud de la diligencia, pero me parece a mà que con la saturación de despropósitos también. O sea, que te van pinchando, te van pinchando, y al final saltas, si no es con el docto Pepiño en plan agente editorial del malnacido, es con RodrÃguez haciendo una demostración de que el talante en él es tan de boquilla como en el que más, o que se le ha gastado todo con los terroristas que provocan accidentes, que también puede ser, o con las mil cosas que vienen pasando desde que el PSOE ganó las elecciones en 2004 sin hacer ningún uso electoral del terrorismo (faltarÃa más) pero que no deben de ser tan graves porque los que antes se despertaban con el quejÃo en la boca (y en el blog, y en los foros, y en… ) están ahora tan calladitos y felices que una no puede por menos que pensar que han sido agraciados con una subvención o con un puestecillo de funcionario, como mÃnimo.
En fin, que dispuesta como estoy a vencer a la pereza, hoy me he despertado (sin dar un salto mortal, yo hago un salto sencillito cuando suena el maldito despertador) y me he vestido (no soy una cochina, acabo de hacer una elipsis temporal, lo que va entre levantarme y vestirme os lo imagináis, que es lo que suele hacer todo el mundo) con ropa y calzado cómodos, dispuesta a concentrarme por tercera vez en mi vida esta tarde, cuando termine de trabajar. Porque si no es cuando ponen en la calle por una decisión polÃtica a un sujeto que más que en huelga de hambre estaba en dieta del cucurucho ¿cuándo hay motivo, eh?










