Todo el que me conoce un poco sabe de mi poca afición a los musicales. Más que poca, nula. Cada uno tiene sus manías y entre las mías, además de los niños cantores que parece que se han tragado a una vieja, tipo Joselito, Marisol, Melodi y Maríaisabel, entre cientos de miles más frutos todos ellos de padres con delirios, están esas obras en las que uno es feliz y canta, sufre y canta, le persiguen los nazis y canta, le mandan recoger la habitación y canta. Yo he sido niña y sé lo mucho que fastidiaba que al final de un rato de juego y esparcimiento llegase mamá en plan aguafiestas: no sólo tienes que dejar de jugar sino que además tienes que perder un buen rato devolviendo todos los juguetes a su sitio, todas las piezas a su caja, aunque con buen criterio las hayas ido dejando en sitios donde no molestan, sitios donde sólo pueden estorbarle a una madre. O sea, que los musicales me parecen extremadamente irreales y no logro encontrarles el gusto (excepto, quizá, a Grease, la película, de la que todos los años de un modo u otro veo algún trozo si es que no cae entera; una perversión como otra cualquiera, pero es difícil prescindir de las cosas que nos recuerdan el colegio y los recreos)
Hoy sin embargo, cuando me dirigía a coger el coche para venir al despacho, me he dado cuenta de que tal vez los musicales no son estrictamente el fruto de mentes demasiado imaginativas, porque me he cruzado con un humano de alrededor de cuarenta años (con un margen de error de más menos veinte, ya sabéis que no calculo; tendría que haber puesto de mediana edad, pero no me da la gana llamar mediana edad a los de cuarenta, la mediana edad la voy a subir a los sesenta por decreto, en mi caso real decreto) que en lugar de caminar iba haciendo cosas raras con sus pies y el bordillo de la acera, una especie de Gene Kelly de la meseta (seco, por tanto) cruzado con una marioneta de cuerda, haciendo cruces de piececitos y subidas y bajadas del bordillo. Daban ganas de cantar para acompañarle, pero no lo he hecho por si era una cámara oculta o estaban los de la camisa de fuerza al acecho. Alguien con más sensibilidad artística que yo podría decir si el hombre estaba un poco tocado, extremadamente alegre, le había caído encima del cogote una colilla de un fumador marginado en su propia casa, o es sólo un efecto del clima y van a tener razón los ecologistas. Fuese lo que fuese, a mí me ha puesto de buen humor.
ainsinguin