Hace unos días, o semanas, mientras asistía a la polémica entre unos diseñadores y uno de los organismos tutelares que nos ha endosado nuestra democracia paritaria, pensaba en lo poco que me molestaban a mí las fotos esas con su puntito bdsm; desde luego lo que me hubiera molestado es estar en esa situación, pero como no me imagino en ella, básicamente me dan exactamente igual. En el fondo lo que más me ha molestado de toda la historia es la sensación de que mucho avance, mucho avance, pero hemos pasado de la tutela del padre o del marido a la tutela de las ista, ista, ista, España feminista, que consideran formada cualquier mente con una sola condición: que el ciudadano o ciudadana piense igual que ellas o ellos, y se olvide de la gramática castellana, esa cosa tan rancia y centralista.
Pero entiendo que una foto pueda molestar, sobre todo si está puesta en un sitio donde no puedes dejar de verla, porque eso me lleva pasando a mí todo el mes de marzo: tengo un calendario frente a mi mesa, de esos que te regala la mutua y viene bien porque ocupan el hueco justo, tiene los números suficientemente grandes como para contar plazos sin dejarte los ojos y todas esas numerosas ventajas que se supone que tendrán los calendarios. Tiene también una foto diferente para cada mes, el año pasado yo creo que era como concienciador de la igualdad en los oficios, pero este año, bajo el ocurrente lema de «ex-Fúmate», supongo que lo que intentan es que los humanos que aún fumamos dejemos de hacerlo. Hasta ahora no me había molestado, porque el lema va en pequeñito y mi torreta de expedientes está hábilmente colocada entre mis ojos y la frase, y como ilustraciones de enero y febrero habían puesto de foto a una como en trance, en plan «relájate», y a otro (el calendario es paritario, desde luego) con un teléfono ilustración de «pide ayuda». Claro, yo viendo la foto de la del relájate pensaba más bien en una flipada en pleno viaje, y el del teléfono parecía que acababa de colgar tras fijar una cita con su amante, o sea que muy efectivos no están siendo, pero al menos no molestaban. Lo malo ha llegado con marzo, que encima es un mes muy largo y sin fiestas (aunque a mí me guste el mes, eso no tiene nada que ver). Tenía que llegar y ha llegado:

Ahí está, la foto de la preñada (si fuese amiga mía diría embarazada, pero no la conozco de nada), con su tripita al aire y el feto haciéndose sitio, empujando el ombligo para fuera. Ya sé que tendría que pensar en la dulce espera y todo eso, pero me resultaría más fácil hacerlo si la foto hubiera sido un poco más púdica, porque así, a punto de reventar, lo que me da es repelús. Y a pesar de la cara de complacida que tiene, yo sé muy bien (porque me lo ha contado alguien de quien me fío) que las náuseas existen. También sé que esto que he venido pensando y hoy escribo aquí resulta muy poco femenino y nada políticoestéticamente correcto, y por eso había pensado yo titular el post con algo así como «poseída por el espíritu de un camionero». He desistido de hacerlo por varios motivos, a saber: seguro que los camioneros en general no responden al tópico y son gentes mucho más refinadas de lo que el imaginario popular (y yo misma, cuando me fastidian en la carretera) les atribuye, desde luego capaces de enternecerse mirando a la embarazada del calendario y sin pensar en guerras de globos; y también porque no quiero que la gente llegue hasta esta bitácora pensando que va a encontrarse relatos excitantes ni nada por el estilo.
Veintidós días llevo rogando encarecidamente (y no miro por no desvelarme la sorpresa) que en abril no quieran concienciarme de lo malo que es el humo para las mascotas y me plantifiquen un dulce gatito.