PretecnologÃa
Ayer tuve la tentación de dedicar unas lÃneas al orangután maleducado, pero el que no juega a los dados decidió que mi martes y trece lo tuviera la mañana del lunes doce, asà que entre unas cosas y otras, ni me dio tiempo, y lo malo de pensar en algo es que enseguida te cansas de ello, suena viejo y manido. A veces es sólo en mi mente, pero yo creo que esta vez será en la de la mayorÃa del mundo. Como además no apruebo la primaria de progre, no tengo esa fascinación tan izquierdosa por los tiranos bananeros que hace que se les rÃan casi todas sus boutades, hasta que hacen la broma del pilón.
Del rosario de pequeñas molestias de ayer, la primera de todas y la que me descolocó toda la mañana fue mi olvido del teléfono en casa. No me suele ocurrir, de hecho creo que es la primera vez, y seguramente ha pasado porque desde hace una semana acarreo un bicho que no es «mi» teléfono, sino un aparato de los del servicio postventa, que te prestan como ponen a tu disposición un vehÃculo de cortesÃa cuando tienes el tuyo en el taller. O sea, que veo el teléfono en casa y ni me acuerdo de que ahora es el mÃo, y suena y no me siento llamada hasta diez minutos después. Tuve un intento de terapia de autoayuda, cuando me di cuenta de que iba incomunicada: pensé que conozco gente que no lo usa casi nunca, y haciendo memoria recordé los tiempos en los que yo utilizaba las cabinas telefónicas, que iba uno, metÃa unas monedas por la ranura, marcaba y hablaba, incluso hablaba bastante rato si la moneda era de veinte duros. Por un momento temà que hubieran desaparecido por falta de uso, pero no, ahà siguen estando algunas. Gracias a no sé quién, quizá a Mercero y Garci, ya no son féretros transparentes y verticales, ahora puedes llamar cómodamente al aire libre, que en este caso serÃa un aire libre de 1 ó 2 grados… al menos no llovÃa. Y gracias a mis buenos genes, y a que todas las mujeres de mi familia, por ambas lÃneas, vamos serviditas de caderas, en apenas un instante (o dos) logré descifrar que habÃa que mover un cilindro metálico para que las monedas entrasen en su sitio, no basta con dejarlas y que caigan, como antes, por su propio peso o por la ley de la gravedad que dirÃa un culto.
Menos mal que un correo de uno de mis hermanos, al final de la mañana, me hizo recordar que hubo un tiempo en que vivÃamos sin tanta tecnologÃa, y tampoco nos iba tan mal. Aunque la verdad, a mà no me apetece volver a los tiempos del tam tam, ni he creÃdo nunca en el mito del buen salvaje.









