Archivo del 24 de Noviembre de 2007

Porque te has muerto para siempre como todos los muertos de la tierra

el triunfo de la muerteÚltimamente pienso en la muerte. No en la mía, aunque mis abuelas decían que había que pensar una vez al día en la propia muerte para asegurarse una vida larga, sino en las que se van sucediendo en personas cercanas o en personas famosas. Hace unos meses, Wolffo hablaba del lamentable (para él, para varios de sus comentaristas y para mí, desde luego) espectáculo organizado con ocasión de la agonía y muerte de un futbolista joven, el cual falleció justo al día siguiente de hacerlo Umbral, y desplazó la atención de las televisiones desde la muerte de un escritor ya mayor hasta la del joven héroe o prehéroe que anunciaba Vázquez Montalbán «Porque vuestro delantero centro es el instrumento que utilizáis para sentiros dioses gestores de victorias y derrotas, desde la cómoda poltrona de césares menores… » Y esta semana, dos muertes han logrado vencer el largo silencio de Yambra, al menos momentáneamente.
En septiembre comentaba con Wolffo que si a Umbral se le hubiera dedicado más tiempo en las teles con ocasión de su fallecimiento, poco más que la famosa anécdota de «vengo a hablar de mi libro» hubiéramos visto; y vuelvo a pensarlo, después de ver infinitas veces a Fernán-Gómez enviando a la mierda a un señor. Pero, en lo que ya me ha parecido el colmo, y que describe perfectamente Yambra en la actualización de su último (espero que por poco tiempo) post, alguien ha buscado al Señor Que Se Fue A La Mierda o tal vez ha sido el Señor Que Se Fue A La Mierda quien ha llamado a la prensa para revivir su momentito de «gloria», pero en cualquier caso el presunto humano ha aprovechado para rendir su último homenaje a Fernán-Gómez demostrando que, aunque en su momento no lo pareciese, su ataque de ira estaba más que justificado, y que ni el santo Job hubiera aguantado a un patoso similar, de esos que, a nada que te descuidas, mezclan «churros con meninas» y se quedan tan anchos.
Sigo pensando que es muy peligroso acercar micrófonos a la gente, porque debe de existir un impulso en todos nosotros que nos impide mantenernos en silencio delante de esos aparatos diabólicos, del mismo modo que debe de resultar imposible decir simplemente gracias, si cabe la posibilidad de extenderte sobre lo que te han ayudado tus abuelos, padres, hermanos, amantes, hijos, fontaneros, electricistas, quiosqueros, tu asistenta, y varios humanos más, cuando te dan un premio. Así, la gente que asiste a las capillas ardientes, consciente de lo que se espera de ella, sale de casa con su frase de elogio preparada, y como es evidente que todos los muertos son buenos, y virtuosos, creo que fue Jardiel Poncela quien dijo que «los muertos, por mal que lo hayan hecho, siempre salen en hombros», soslayan la simple canonización y transitan sin pudor por los caminos de la hipérbole, a ver si al tiempo que homenajean logran su ratito de gloria adictiva. Generalmente las capillas ardientes de los personajes famosos son un vivero de desmesura en el homenaje y de falta de pudor en los deudos, menos pudor cuanto más lejano el deudo, y ya no es sólo un defecto de folclóricas subespecie «miarma».
«El hombre es un ser para la muerte», escribió Heidegger, pero como no todos somos Jorge, Federico o Miguel, no está mal conformarse con un minuto de respetuoso silencio, y ofrecerlo con lágrimas sinceras.

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