Archivo de Diciembre de 2007
En defensa propia
Poseída, como cada año, por el espíritu prenavideño, decidí el sábado dar una vuelta por algunos sitios de mi ciudad para ver el resultado de las obras (eternas, gracias a los ecologistas y otros colectivos), las luces y los adornos. Como no me gustan mucho las aglomeraciones ni las familias con niños sin garantías de estar civilizados, me pareció que un buen momento sería justo antes de ir a cenar, porque entre esas cosas que una cree que sabe, está que existe una hora adecuada para bañar y acostar a las criaturas, y que más o menos coincide con la hora en la que yo salgo de mi casa los sábados, después de mimarme, o de haraganear, o de ser responsable y organizar el lío creado durante la semana, o de poner el Belén y decorar el árbol, como en esta ocasión. Pero las cosas que una cree que sabe no tienen necesariamente que ser verdad, como comprobé el sábado en la plaza mayor de mi ciudad, llena de niños trasnochadores y, lo que es peor, de sus padres y abuelos, haciendo cola para subir a un carrusel, sentándose en un trono vacío que mi madre me ha dicho que es de papá Noel y yo espero que sea para los Reyes Magos y para sus pajes (sería mucho más justo, a fin de cuentas, porque siendo seis pueden repartirse el horario laboral haciendo turnos, y así ninguno terminará congelado), gritando e intentando zafarse de las manos de los adultos que velaban por ellos, aunque no por su sueño ni por su higiene. Pero lo peor no era la cantidad de niños que había, gritando y llorando que es lo que saben hacer, ni siquiera aunque me hubiera dado por multiplicarlos por los 2.500 euros que nos han costado muchos de ellos y que me hace mirar a los cochecitos con cara de tio Gilito, sino la cantidad de padres y abuelos conduciendo sillas de bebé en sus múltiples versiones, aparatosas todas, con la desconsideración más absoluta hacia los pies y espinillas del prójimo como único carné.
Especial mención merece una señora bajita que, cual Hamilton, logró pasar por (no entre, no, literalmente por) cinco filas de humanos en el tiempo récord de tres segundos gracias a la silla vacía que fue estampando contra todos los tobillos que no se apartaron a tiempo (mayormente porque los dueños de los tobillos estaban de espaldas a la homicida hormonada); iba la minimadre seguida por un minipadre apocado con criatura de ojos abiertos a duras penas en brazos, y una vez llegó la troupe a la verja que protegía al Nacimiento (mínimamente, la verja es bajita hasta para la pareja de minipadres), colocó estratégicamente la silla delante de ellos, protegiéndose y protegiéndoles de las hordas de humanos cojos que había dejado a su espalda. Afortunadamente no estábamos a bajo cero, y los golpes no degeneraron en fracturas como podría haber sucedido en caso de chocar el arma contra tibias congeladas; supongo que los obstáculos humanos terminarían sólo con algún cardenal, pero como la mayor parte de ellos iba también con criatura adosada, podría pagar con la misma moneda a la señora. Yo, que iba desarmada, sin mucho tacón y en franca minoría, opté por una retirada a tiempo. Pero estoy dándole vueltas al asunto y cada vez veo más ventajas a lo de tener niños, ahora que tenerlos no supone renunciar a nada, ni a trasnochar, ni a ir a bares o restaurantes llenos de humo, te dan una propinilla y, sobre todo, porque si saco de paseo una silla sin tener uno para meter dentro me van a terminar internando en colaboración con algún psiquiatra.
Palabras más o menos
Con lo ordenada, o rutinaria (si tuviese el día bueno pondría detallista, pero es puente para otros), que soy para lo de las celebraciones (cumpleaños y aniversarios incluidos), por estas fechas lo que toca es un post sobre la Constitución; pero como también aborrezco repetirme, al menos de manera intencionada, porque inadvertidamente lo hago como todo el mundo excepto los humanos tipo veleta subtipo esponja, que en lugar de repetirse a sí mismos repiten al dictado de su última influencia, este año voy a pasar de glosar las virtudes, o buscar los defectos, o rememorar la historia de nuestra Constitución.
Pensando en lo que nos repetimos, acabo de caer en la cuenta (sí, uno de mis encantos es lo que tardo en caerme de algunos guindos, con lo despierta que soy para otras cosas) de que, llegada una edad, todas las palabras de amor que escuchamos han sido dichas antes por la misma boca solo que para otros oídos. Llevo un rato dando vueltas al asunto y me parece tan inaceptable dedicar siempre las mismas frases de amor en las distintas relaciones como escoger siempre la misma canción como «nuestra canción» con parejas diferentes, aunque reconozco que este grado de perversión ni lo he conocido ni lo concibo, supongo que es de esas cosas que sólo se le podría ocurrir hacer a alguien con tendencia a ser asesino en serie o similar.
Pero lo de escuchar frases que ya han sido dichas en parecidas circunstancias, cuando las circunstancias son amorosas, no me gusta, lo cual me debe de encuadrar en la categoría de las celosas retrospectivas para el común de los mortales; sin embargo, como no me apetece nada estar metida en ese saco y a veces soy indulgente conmigo, prefiero pensar que esta manía que acabo de descubrirme, sin motivo aparente que la justifique, es algo así como la reivindicación de que la imaginación del amante no se estanque. Aprovechando que me ha salido un pareado alguien tendría que utilizar el eslogan y emitirlo en las clases de primaria con unos dibujitos adecuados, para que vaya penetrando en las mentes tiernas. Como a mí no me ocurre lo de repetir a uno lo que he dicho al anterior, puesto que siempre he sido cuidadosa con lo que decía (o sea, que he sabido dosificarme), pensaba hacer un favor a la humanidad (a las futuras generaciones, la mía está perdida ya) y sintetizar en unas normas básicas la actitud adecuada para que esto no ocurra. Pero meditándolo más detenidamente, he llegado un minuto después a la conclusión de que para sintetizar normas básicas en esta materia ya están el telva, el cosmopolitan o el superpop, según la edad de los educandos, o el diario de patricia para analfabetos de todas las edades. Así que cada uno que discurra por sí mismo cómo ser original también en esto, aunque sin pasarse. O pasándose, que en la intimidad está todo permitido, algunos hasta habla(ba)n catalán.
Lo que no consigo sacudirme es la molesta sensación de saber que cada vez que he oído, por ejemplo, eres mi vida, no era yo la única vida, y eso en el mejor de los casos, que es no dar con uno que tenga varias vidas simultáneamente (¿las siete de los gatos serán simultáneas o sucesivas, por cierto?), sin que pensar eso me coloque en la categoría de las celosas contemporáneas, que una cosa es tener celos, y otra muy distinta negarse a ser harenera.
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