¿Quién ha escrito las lÃneas de la mano?
A mà siempre me ha parecido que la vida serÃa mucho mejor si fuese una pelÃcula: el director de reparto nos habrÃa asignado un papel adecuado a nuestras caracterÃsticas, de un simple vistazo sabrÃamos quién va a traicionarnos y con quién terminaremos comiendo perdices (con el protagonista, claro), y el equipo de guionistas, además de proporcionarnos unos diálogos inteligentes y amenos, impedirÃa que en las bodas se desmandase un invitado, se quedase en mangas de camisa, y gritase «vivan los novios». Si el reparto estuviera bien hecho, los delincuentes tendrÃan cara de malos y sombra de barba, la mirada delatarÃa a las pérfidas mujeres con alma de madrastra o de amante, peligrosas para las huerfanitas o cónyuges, y cuando nos levantásemos de la cama, en lugar de hacerlo despeinados y legañosos, lo harÃamos con un peinado modelo «amanecer» enmarcando un maquillaje «natural». Está claro, y del párrafo anterior puede deducirse, que cuando digo pelÃcula no pienso en una española porque no hay papel para la puta yonki, ni travesti amigo de la puta yonki, ni taxista pintoresco que traslade a la puta yonki y a su amigo travesti por los infiernos, hasta que mueran o maten, con la máscara de pestañas escurriendo churretosa por sus rostros demacrados.
Desgraciadamente mis padres mataron mis esperanzas de que la vida fuese una pelÃcula y yo su protagonista, y además me contaban cuentos como el de «Riquete, el del copete», para enseñarme que a veces un aspecto repugnante podÃa esconder un espÃritu hermoso, noble, cultivado, bondadoso y demás, y al contrario. AsÃ, eliminé las asociaciones belleza-bondad y fealdad-maldad, y no me sorprendió gran cosa que, años después, en Penal estudiásemos las teorÃas de Lombroso sobre el hombre delincuente (protuberancias en la frente, pómulos y mentón salientes, labios partidos) como curiosidades antiguas y superadas.
Pero anoche, viendo las noticias, descubrà que lo último es encomendar la selección de personal a unos profesionales que se llaman morfopsicólogos, y que estos dotan de coartada a lo que se viene haciendo por las bravas, a saber: contratar a alguien para un puesto porque, entre otras cosas, nos agrada su aspecto. Y no de cualquier coartada, sino de una cientÃfica, pormenorizando si tus pómulos son firmes, tu rostro ancho, tu cara simétrica, tus ojos grandes, saltones o hundidos, etc. Es la versión ilustrada de lo que hacÃan Miss Marple o Poirot cuando un sospechoso les recordaba a la doncellita que dio un mal paso o a la mujer del empresario jabonero.
Reconozco que cuando lo escuché tuve un primer momento de rechazo, como si en lugar de un cuento de hadas ahora que sólo tengo edad de cuentos verdes, me estuviesen contando un cuento chino, aprovechando que celebran su año nuevo. Además, lo siguiente que hicieron fue entrevistar a un señor con el noble oficio de catador de sopas, cremas, caldos, purés y similares, el único que existe en España (o quizá en el mundo). Que será el único en plan profesional, porque catacaldos los hay a mansalva en todas partes.
Posteriormente he reflexionado, porque no era un programa tipo magazine, sino un informativo de esos que dan noticias, y las noticias tienen que ser veraces y contrastadas, hasta donde yo sé. Quizá entonces lo que ocurre es que, despojados de prejuicios y alumbrados por la búsqueda incesante de la verdad, vamos a ir descubriendo nuevos modos de interpretar el mundo y la humanidad. Tal vez, tras prestar atención al aspecto fÃsico, alguien descubra que las lÃneas de la mano encierran valiosas informaciones, y puede que a alguien más avanzado aún se le ocurra que las fuerzas cósmicas se manifiestan si las dotamos de un canal adecuado, como una baraja, una taza de te o café, unas piedrecitas… Incluso es posible que descubramos en un futuro no muy lejano que el destino de nuestro pueblo lo saben perfectamente las aves, y nos lo indican con su vuelo o lo esconden en sus entrañas, y sólo esperan ser observadas o destripadas para manifestárnoslo y que no nos encuentre desprevenidos. A ver si al final va a ser verdad que, puesto que somos polvo de estrellas, todo está escrito en ellas.









