Mariquitas
De entre los hechos extemporáneos que existen en el mundo, hay dos a los que tengo especial manÃa y ambos están relacionados con la polÃtica. La primera es esa cosa decimonónica llamada impropiamente «piquetes informativos» cuya misión principal, al contrario de lo que indica su nombre, no es explicar a los trabajadores los motivos de una huelga, que si ese fuese el motivo, medios mejores que pegar cuatro voces a la puerta del centro de trabajo hay, sino amedrentar y coaccionar para que se sumen a ella los que no están concienciados, en el mejor de los casos, o paniaguados por el sindicato «de trabajadores», en la mayorÃa de ellos; tampoco informan al público, salvo que por «informar» entendamos ese modo que tienen de hacer que, de estarse cumpliendo los servicios mÃnimos, nada funcione a base de sabotajes. De incontrolados, por supuesto.
Lo segundo que no entiendo es que existan campañas electorales, cuando casi nunca se dice nada y cuando se dice no se escucha, cuando para que exista un vuelco de votos ya sabemos todos lo que tiene que suceder y mejor que no. No lo entiendo salvo que sea una concesión que hacemos los ciudadanos a los polÃticos para que disfruten eligiendo con sus asesores el color del cuello de la camisa que no hace parecer un cadáver sin parecer tampoco un facha, el nudo de la corbata que da más dinamismo combinado con seriedad y confianza, el corte de pelo que transmita al espectador seguridad y todas esas cosas en las que por lo visto se fijan quienes ven mÃtines o debates, y para que puedan sacar sus trajecitos de sport, sus olvidadas o recién compradas cazadoras proletarias, que los polÃticos se visten «de pueblo» al dictado de sus asesores como el hortera se «viste» de cazador aconsejado por un amable dependiente de «el Corte Inglés». Y también para que se maquillen sin cargo de conciencia, aunque a alguno se le ha ido tanto la mano con la pinza de depilar que va a terminar pintándose las cejas, como las viejecitas.
Supongo que asà el polÃtico puede sentirse estrella antes de estrellarse (todos menos uno, o todos a la vez) y sus asesores juegan como jugaba yo de pequeña, solo que sus mariquitas son de carne y hueso. No me consta, pero barrunto que lo que yo llamo «mariquitas» ahora no podrá llamarse asà y habrá ganado la batalla la denominación «recortable», mucho más aburridamente correcta.










