Recuerdo que hace ya mucho tiempo, porque veinte años son algo, ya lo creo que son algo, en un suplemento dominical, tal vez el Blanco y Negro aunque no estoy en absoluto segura, dedicaron la portada y un extenso reportaje a Rossy de Palma. Supongo que sería más o menos en la época de «Mujeres al borde de un ataque de nervios» y por aquel entonces supe que había formado parte de «Peor impossible», grupo del que no recuerdo más que lo de «su-su-su-su-su-surraaaaando», aunque lo recuerdo tan bien como para ir a «al pie de la letra» y si algo me detiene es que no peso lo suficiente como para que me suban al escenario. El caso es que vi y leí el reportaje y todavía sigo preguntándome si todo aquel rollo de la belleza picassiana o cubista, algún adjetivo llevaba, no sería una ironía de cuatro graciosos que el resto de la población se tomó en serio. Igual me ha pasado recientemente cuando he visto figurar en las listas de sexys a Sarah Jessica Parker, Adrian Brody o Javier Bardem. Sigo dudando si ese tipo de relaciones se hacen por encargo y previo pago de su importe o son bromas de cuatro gurús con litros de mala leche. Pero lo que me tiene al borde del desquiciamiento, casi tanto como haber conocido a una «Anyélica con y griega» esta semana, casi tanto como los por el momento infructuosos esfuerzos de mi compañera por preñarse que la mantienen de baja médica, es oír hablar del estilismo de Amy Winehouse ensalzándolo. Me da igual que sea el maquillaje, la peluquería, el vestuario o el conjunto, cualquier cosa que no sea su voz, que para mí es lo único destacable y ya es suficiente. Porque cada vez que la miro veo en ella una versión insana (por difícil que parezca) de la madre de matrimonio con hijos. Y ni siquiera encuentro el aspecto original, porque me parece que basta con asomarse un poco a cualquier mercadillo para ver ese derroche de eye liner y esos cardados imposibles, centímetro arriba o centímetro abajo. Creo que para integrarme voy a tener que cambiar el color del cristal.
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