Archivo del 11 de Mayo de 2008

Tu quoque, Bruto, fili mi

o «Et tu, Brute», dicen que fueron las últimas palabras pronunciadas por César antes de expirar, asesinado. Si hubiera sido un español de hoy, de los que ven series como «Aída», «los hombres de paco», «el síndrome de ulises» y demás ordinarieces, creo yo que le hubiese salido un sentido, rotundo y entonado «cabrón», pero seguramente los que no estuviésemos presentes escucharíamos una versión más refinada elaborada por sus deudos, aunque resultase increíble, igual que nos contaron después de morir Cela que sus últimas palabras fueron «viva Iria Flavia». Pero las elaboraciones post mortem de los dolientes sirven luego para bonitos libros recopilatorios de frases dichas en los últimos momentos por gente célebre sin necesidad de achacárselas todas a Oscar Wilde, y no me consta, pero supongo que este tipo de libros tendrá bastante éxito en España, con lo que nos gusta un muerto presentable que nos dé ocasión de ir al velatorio multitudinario, entonar elegías y contar ante una cámara de televisión anécdotas idiotas sobre si tenía buen apetito o fina retranca, y aunque en vida le hayamos hecho pasar las de Caín.
Yo, que soy una burguesa sentimental, si alguna vez he pensado en la muerte, mía o de alguien querido, y suponiendo que el nudo de la garganta me dejase hablar, siempre he creído que emplearía los últimos instantes en hacerle saber cuánto le quiero, o sea, una cosa lacrimógena en la que, mientras no se dé el caso, prefiero no detenerme. Soy consciente de que nadie puede saber cómo va a reaccionar en esos momentos, ya sea el que se muere o uno de sus deudos, pero creo poder afirmar, sin género de dudas y poniendo la mano en el fuego sin quemarme, que si estuviese viendo morir a mi madre lo último que se me ocurriría sería pedirle que hiciese de Casandra, y de este modo, egoísta de mí, impediría su lucimiento póstumo. Decididamente Rodríguez y yo tenemos distintas «sensibilidades».

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