No tengo niños ni relación con la enseñanza, así que en general sólo tengo la impresión de que ésta es peor que cuando yo estudiaba por el número de faltas de ortografía que veo cuando la gente escribe (de hecho, he quitado del navegador lo de veinteminutos porque me dolían los ojos de ver las noticias y los comentarios de ágrafos sin fronteras), o por las dificultades de comprensión lectora que observo a diario, en gente que se supone que sabe leer pero es incapaz de descifrar un párrafo con instrucciones sencillas.
ninoflautista.JPGPero, en este último trimestre, y gracias a mi vecino de abajo, sé que hay cosas que no han cambiado: en los colegios se sigue obligando a los niños a tocar la flauta. De las cosas que yo estudié en su momento hay varias que jamás he logrado saber para qué servían: las derivadas, las integrales, los límites, y tocar la flauta. Habrá más, pero en este momento no las recuerdo. Supongo que lo del instrumento será por hacernos sensibles a la música y tal, y que una flauta es más manejable y barata que un piano o un violín, y espero sinceramente que con mi vecinito logren rápidamente el objetivo que persiguen, sea cual sea, ya que llevo un trimestre escuchándole ejecutar (stricto sensu) algo que con imaginación puede ser el himno de la alegría. No entero, claro, sino un breve, brevísimo, fragmento repetido sin desmayo. Sin desmayo del niño, quiero decir, el cual no tendrá unos dedos ágiles ni medida con los soplidos, pero desde luego es tenaz (o tiene unos padres preocupados), aunque de mí no puedo decir otro tanto: mis dedos son más ágiles aunque sólo sea porque entrenan desde hace más tiempo (no con la flauta, eso es cierto) y aún no no tienen artritis ni artrosis ni cosas de esas, soplo con habilidad aceptable y con mesura, y, aunque no soy propensa a desmayos, pienso en lo oportuno que sería sufrir uno cada vez que, durante mis plácidas y nunca suficientes siestas diarias, escucho el incansable y arrítmico fu, fuu, fufufu, fufufufu, fufufuufuuu lejano, separado de mis orejas por mi suelo y su techo. Sólo espero que apruebe la asignatura, porque no quiero ni pensar en esas noches de agosto que obligan a abrir las ventanas, para ver si en algún momento una corriente despistada refresca el horno en el que se ha convertido la casa durante el día, con el niño preparando su examen de septiembre de flauta. Ahí sí que no podré responder de mí, me enteraré de quién ha sido su profesor o profesora durante el curso y me transformaré en Apolo. Y si no, que no le hubieran mandado deberes para casa.