Archivo del 2 de Septiembre de 2008
Calzando la mesa
No sé si he comentado alguna vez aquí, porque llevo tanto tiempo desahogándome aunque sea con interrupciones que no me doy cuenta de si me repito, que me gusta mucho releer y que, pese a gustarme tanto leer desde siempre (desde que aprendí, claro) que en mí el hábito es vicio, no me gusta nada ir a las librerías a buscar libros que me resulten interesantes.
No me gusta ir a las librerías ya porque salvo los ejemplares en promoción es difícil encontrar nada, aunque te resignes a agacharte para mirar en los mueblecitos que han colocado en lugar de las vulgares estanterías, apilando basuras de quiosco en montones que dejan a la vista las portadas, y haciendo que buscar un libro se asemeje más a cosechar patatas que a otra cosa. Por la postura, lo digo. Aunque ahora que lo pienso, igual lo de las patatas se hace con máquinas y no a mano.
Suelo, por tanto, ir a las librerías (tres, en mi ciudad, son las que frecuento) con una idea clara de los títulos que quiero y en lugar de llevar a cabo la interesante labor de búsqueda del tesoro que proponen los libreros, molesto a algún dependiente para no perder el tiempo ni la salud. Y si me desvío de lo previsto, es porque algún autor o título conocido se interpone casualmente y me convence para llevármelo. Pero soy reacia a experimentar con los libros y los autores, porque los libros son de esas pocas cosas que te llevas sin probar y que luego no devuelves (ni soy Carvalho ni soy Umbral), aunque casi siempre hay algo en ellos y en tantos años leyendo no recuerdo haber leído nunca ningún libro del que no se pudiera salvar nada, si exceptúo los pesadísimos «versos satánicos» que hicieron que me rindiera en la página 16.
Pero como los años son ya muchos (muchos, y espero que todavía vengan muchos más), era tentar demasiado a la suerte y he empleado tres noches de este año (no enteras, claro) en leer un tocho infumable, dudando si acordarme de la familia del autor o de la del corrector de imprenta en el improbable caso de que haya existido aquí, o de ambas. Al final opté por lo último, en un caso cada vez que leía cosas como «otrora tiempo» o «el timbre sonoro resonó en la habitación», y en el otro multitud de veces a lo largo de las más de seiscientas páginas salpicadas de faltas no sólo de ortografía, como emplear el verbo hallar en lugar del haber. Sólo es peor, o al menos igual de doloroso para los ojos, leer un foro o los comentarios a las noticias del 20minutos, aunque igual ha cambiado desde que no lo miro, que hace bastante tiempo ya. Y ni siquiera se salva la historia, que el pobre autor yo creo que ha intentado moverse entre «la sombra del viento» y alguna de Dumas y le ha salido una especie de libro del superpop aquejado de elefantiasis.
Que la promoción sea local y que en el fondo soy piadosa evita que ponga aquí el nombre de ambos, del autor y del fruto de su ingenio.
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