Los campanudos
Como de paciencia no voy sobrada, sino todo lo contrario, las cosas lentas no me gustan. Por no ser tan tajante contemplaré la posibilidad de que exista algo lento que me guste, pero ahora mismo no caigo en qué puede ser. Y exactamente igual que con las cosas, me ocurre con las personas: no me gustan los lentos. No creo que exista problema alguno por hacer esta confesión, porque del mismo modo que una no puede afirmar que no le gustan los pelirrojos o los gordos, sin que algún pelirrojo o gordo se ofenda con el escrito y se sienta discriminado (como si ellos no tuvieran preferencias, como si no eligiesen y como si fuese una cuestión de igualdad), afortunadamente casi nadie se reconoce lento (ni imbécil, ni egoísta, ni cretino, ni ignorante, ni jipiprogre, ni embustero, ni simple, ni infiel, ni bajo, ni vago, ni cobarde, como mucho lo hará de boquilla y para que se le contradiga, buscando el halago) y no creo que si llegan hasta aquí por una búsqueda casual se les hunda su frágil mundo.
De entre los lentos me dan especial pereza los que además hablan despacito. No tengo ninguna base, pero siempre he pensado que si les cuesta expresar una idea será que tienen dificultades para ordenar y coordinar su mente, y durante las conversaciones que mantengo con ellos (obligada por la vida, que es así de cruel) tengo que hacer esfuerzos constantes para no desviar mi atención entre palabra y palabra y para eliminar la tentación de probar si dándoles unos golpecitos acelerarían un poco el ritmo.
Creo que en esto estoy sola, porque sospecho que los asesores de comunicación (o jefes de imagen o como se llame el cargo) de los políticos, tras uno o varios sesudos (imagino) estudios, han decidido que los españoles preferimos que nos hablen lento. Es posible que hayan querido copiar a los líderes autonómicos de las regiones con lengua propia, que hablan despacito y con cuidado para que no se les note lo reciente del dominio (menos Fraga, por imposibilidad física). O tal vez saben que, igual que la mayoría ahora ya se pierde en las subordinadas leyendo y ni ayudándose con el dedito puede, es necesario hablar con frases cortas y sencillas, y repetirlas muchas veces, para que vayan penetrando en los cerebros nada cultivados que pueblan la audiencia. Además del ritmo del discurso, tengo para mí que los asesores, esos conspiradores, coreografían todo, así que obligan al pobre (especialmente pobre Chaves) político a subrayar cada idea con un movimiento (difícilmente grácil) de manitas crispadas y cuello tenso; teniendo en cuenta que las ideas son escasas en sus parlamentos, los movimientos son tan espaciados que terminan pareciendo todos marionetas con hilos invisibles. Así tenemos que ver a Rodríguez que, será por aquello de la paridad, subraya sus vacíos con movimientos simétricos de sus manos al unísono, primero hacia un lado y luego hacia otro del atril en el que se apoya.
Pero lo peor de todo es que cada vez más les convencen para que engolen la voz, a ver si hinchando el estilo se disimula lo magro de las ideas, el caso es que algo tenga resonancia. Es el estilo presidencial de ahora, que sustituye al labio paralizado con acento texano, y ha hecho tanta fortuna que las leires y bibianas necesitan horas para exponer contenidos que, en condiciones normales, con medio minuto sobraría para descartarlos. Es todo un arte, componer esos discursos vacíos pero largos, para recitarlos después, despacito pero muy mal, ante un público tan entregado como si estuviera delante del mismísimo Demóstenes.
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Yo tenía un adosado (un compañero de trabajo de esos que empiezan dándote pena y terminas deseando que le salga un destino en Patagonia) al que en mi casa llamaban Paco “el Lento”. Era como tener una mascotilla. Me seguía a todas partes y estaba siempre dispuesto para lo que yo quisiera. Pero me exasperaba porque a cualquier pregunta de lo más normal, se quedaba varios segundos en silencio, como si tuviera que digerir un razonamiento muy complicado, y cuando yo, desesperada, daba varios golpes en la mesa y decía: “¡Paco, por Dios, que es para hoy!”, entonces empezaba a contestar muy despacio.
En mi casa les daba pena, y me hacían sentir como una malvada cuando comentaba que ya no podía soportarlo más. Hasta que llegó un momento en que decidí que era preferible arrastrar fama de mala persona que sufrir un infarto de la desesperación que me provocaba. Me libré poco a poco de él, aunque mi padre solía estropearlo y cada vez que se lo encontraba por la calle le comentaba que hacía mucho que no lo veía por casa. Y vuelta a empezar.
Uff, perdona por el rollo tan largo. Pero es que he revivido esas escenas, esos ratos que me hacían interminables esperando a que Paco empezara a hablar. Ni que decir tiene que la mitad de las frases se las terminaba yo, para aligerar.
Besos.
Los verbilentos, es verdad. Yo tampoco puedo con ellos, pero me dan más rabia los campanudos, como dices tú, o los que ahuecan la voz, que es lo que yo digo, con menos gracia.
Tengo para mí que si eres portavoz del PSOE (de cualquier partido, pero especialmente, muy especialmente en el PSOE) tienes que parecer idiota, simple, tomar por idiotas y simples a los votantes y saber que los medios de comunicación son aún más idiotas y simples. Con eso vale. Y les va de cine. Cualquier día, en cualquier parte, ves (oyes) reproducidas, exactamente las mismas palabras del protavoz de turno en distintos medios de comunicación, que las repiten sin sentido crítico alguno, inconscientes de lo manipulados que son por esos prototipos que son los portavoces socialistas, aunque parecen tan idiotas y tan simples.
Lamentablemente, ellos van ganando, princesa.
Mira qué presidente… ¡qué modelo de elocuiencia! ¿Y la vicepresi de la Vega? Ella ha dejado su elocuencia en manos de su ropa y del cemento anaranjado que se da en la cara y el amarillo que se da en el pelo.
Afortunadamente, existo yo.
Vale, y tú…
Qué pereza, esa gente que da tiempo a que termines las frases de tres formas distintas antes de que ellos concluyan… Pero no creas, Kotinussa, a veces pienso si tener un perrito faldero no será gratificante, sobre todo cuando hago recuento de las habilidades femeninas de las que carezco. Pero eso sí, tiene que ser rápido de mente y de lengua
Algún día publicaré el recuento, eso sí.
Un beso grande, y de rollo nada, a mí me encanta
Wolffo, son los del psoe (es que no me quito a leire de la cabeza), sin duda, porque los del pp lo que son es sosos, inconsecuentes y con la pegada de una mosca, y los de izquierda hundida no son. Lo de los medios de comunicación es impresionante, lo mires por donde lo mires y escojas el área que escojas, da igual prensa rosa, política, economía…

Del pelo de De la Vega a mí, más que el color, me llama la atención el reparto artístico, ya podía anasagasti aprender de ella
Y te voy a dar la razón del todo: afortunadamente, existes tú. Y además, cocinas
Besos.
Coincido contigo, las personas de lento razonar hacen que me desespere y me enfade, y hay que ver la correa que tengo yo que para hacerme enfadar, se necesita mucho… muchísimo.
Y está el caso contrario, el “Don prisas”, nuestro asesor es asi, llega, entra rápido por la puerta, casi corre hasta mi mesa, “Buenosdiasaquiestanlasnominashayqueverloquellueve”, y se va…
dejando tras de si, un montón de dudas que no me ha dado tiempo a preguntarle y asuntos que se me olvidan en cuanto lo veo. Produce en mí ese efecto, el olvido.
A mi me gusta el punto medio, para algunas cosas rapidito… para otras despacito,
Besossssssss
¿Y los que comen despacio? Esos también son una lata ¿eh?. Venga a rumiar los filetes rusos y a jugar con el cuchillito, para arriba, para abajo…
Yo, por ejemplo, reconozco que ando despacio, pero estoy pensando que eso es porque no me motivan lo suficiente los destinos. Porque tengo corrido yo lo mío según el motivo.
Pero coincido contigo en que lo peor son los que hablan despacio, y, sobre todo si hablan mucho. Y peor aún los que no dicen nada, hablando mucho y despacio. ¡Cuanto personaje lamentable! En cambio , Falete ¿ves? no es de hablar despacio…
Besos intensos.
mons., tú eres muy equilibrada, yo soy más Doña Prisas, es verdad que tampoco es bueno. Estoy pensando que además es posible que los lentos se aturullen más cuando tienen a alguien rápido delante, y entren en un círculo vicioso.
Besosssssss
Buch, tienes razón, los que comen lento mal también (aunque yo tampoco como muy rápido, la verdad, digo los que comen más lento que yo, que soy mi medida de todas las cosas
) Los que gesticulan con los cubiertos en la mano son aparte, esos me ponen mala sean rápidos o lentos, porque siempre pienso que lo que nadie me garantiza es que no sean torpes y no terminen salpicándome con salsa o, aún peor, sacándome un ojo.
Falete, ahora que lo dices, no sé cómo habla, si lento o rápido, y en realidad da igual, porque él es consciente de que es un espectáculo visual; no así su exnovio, que como visualmente dice poco (de cantidad) tiene que esforzarse con sus historias para no dormir.
Lo de intensos me gusta, sí, y además tengo propensión, así que terminaremos compitiendo
Jeje, a mi me pasa igual… me ponen de los nervios las personas que parece que su y sus actos van tres, cuatro o cinco minutos por detrás del resto… o quizás es que yo sea demaiado acelerada… a saber!!!!