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Et in Arcadia Ego
En una de sus múltiples excursiones para relajarse lejos de la agobiante Hera, Zeus fijó su mirada en una hija del rey pelasgo Licaón. Calisto, que así se llamaba ella, formaba parte del cortejo de Ártemis, y estaba obligada a permanecer virgen como la misma diosa, pues permanecer virgen eternamente era uno de los regalos (hay gente para todo, está visto) que la hermana de Apolo le había pedido a su padre, Zeus.
Pero para detener una aventura galante del padre de los dioses hacía falta algo más que una esposa acechante o una hija que aborreciese a los hombres (por ejemplo, advertirle de que el hijo que engendrase sería más poderoso que su padre; recordemos a Tetis), y finalmente logró acercarse a Calisto, disfrazándose una vez más para sus correrías: en esta ocasión tomó la apariencia de Ártemis. Los acercamientos de Zeus terminaban en ayuntamientos, y con una puntería digna de un dios a ésta también la dejó preñada, con lo cual no había mucha posibilidad de mantener en secreto la correría. Ártemis según unos, Hera según otros, dándose cuenta de que Calisto estaba encinta y que el responsable era Zeus, transformó a la ninfa en osa, y tras esa metamorfosis tuvo a Árcade.
Licaón, el padre de Calisto, raptó a Árcade, y para poner a prueba la paternidad de Zeus y el origen divino de su nieto, degolló al niño y se lo sirvió al dios durante una cena; éste, enfurecido al darse cuenta de qué estaba hecho el guiso, resucitó al niño y transformó a Licaón en lobo. Árcade fue alumno de Triptólemo, rey de Eleusis, que le enseñó a sembrar trigo, hacer pan, tejer lana… todas aquellas cosas que Démeter le había transmitido en agradecimiento por haberla acogido sus padres cuando la diosa buscaba a Perséfone; reemplazó a su abuelo Licaón al frente del país, instruyó a su pueblo y le dio su nombre, llamándose a partir de entonces Arcadia.
Un día Árcade vio como una osa se introducía en el templo de Zeus Licio, donde ningún ser mortal tenía permiso para entrar, y para evitar la profanación lanzó una flecha y la mató, sin saber que era su madre. Para consolarlos, Zeus los colocó en el cielo, de modo que Calisto se convirtió en la Osa Mayor, y Árcade en la Osa Menor. Hera, rencorosa, acudió a Tetis y Océano para suplicar
Mas vosotros, si os mueve el desprecio de vuestra herida ahijada,
del abismo azul prohibid a los Siete Triones,
y esas estrellas, en el cielo en pago de un estupro recibidas,
rechazad, para que no se bañe en la superficie pura una rival.
Virgilio, Metamorfosis, Júpiter y Calisto.
De esa manera, evitó que descendiesen nunca por debajo de la línea del horizonte, y por eso podemos verlas siempre en el cielo, guiando a los navegantes.

Aunque la Arcadia, situada en el Peloponeso, tenía un terreno pobre y un clima inestable que creaban unas condiciones de vida penosas para sus habitantes, con la elaboración del tópico clásico del Locus amoenus, y su fijación por Virgilio, fue convertida en un lugar ideal, un paraíso perdido, la edad dorada que trata de recuperarse, la mítica Edad de Oro en la que el hombre no tiene que trabajar, pues todo se lo ofrece la naturaleza. Es a la vez un sitio (lleno de fuentecitas, vegetación abundante, ninfas apetecibles, dioses rijosos y pastores despreocupados) privilegiado
El de la Arcadia suya, aun así, es su más precioso (de Júpiter)
cuidado, y sus fontanas y, las que todavía no osaban bajar,
sus corrientes restituye, da a la tierra gramas, frondas
a los árboles, y ordena retoñar, lastimadas, a las espesuras.
Virgilio, Metamorfosis, Júpiter y Calisto
y un tiempo pasado: lejano, añorado, idealizado, perfeccionado a base de olvido. Un sitio propio o heredado.
No sólo el sueño de la razón
Estoy convencida de que entre los cambios físicos y mentales que se producen cuando alguien pare, uno de ellos tiene que ver con que lo que hayas parido te parezca precioso, tierno, y todas esas cosas que huelen a nenuco y talco. A veces es verdad que la revolución hormonal se extiende a medio pueblo (hubiera puesto nación, pero luego la gente se pone a enredar como si estuviésemos en la descolonización, y no es eso; sin embargo lo de pueblo puede dar a entender que estoy hablando de Villaconejos, y tampoco), pero no es más que una cuestión de repercusión, porque a menor escala ocurre lo mismo en todas las familias del mundo (o del mundo que yo conozco). Supongo que si a mí me tocase un hijo pelirrojo, en el caso de que hubiera apareamiento previo con portador de esos genes, pues me terminarían gustando los pelirrojos, pongo por cosa improbable y como ejemplo de que a la fuerza ahorcan. En ocasiones, sin embargo, el padre tiene un momento de lucidez y verborrea y dice: «es como la madre, el pobre». Que elegante no sería, pero ajustado a la realidad, un rato. Los dioses puede que fuesen distintos, así que quizá cuando Forcis y Ceto alumbraron a las Gorgonas tal vez no se pasasen el día embelesados mirándolas, ni preguntando al resto de dioses reunido para verlas si eran monas, que es la pregunta ideal porque puedes decir que sí tanto si la criatura es preciosa como si tira a simio. O puede que estuviesen acostumbrados a caras monstruosas, y a fin de cuentas éstas no tenían que compartir un ojo y un diente entre ellas, que también ayuda a parecer más presentable.
Ceto, por su parte, engendró con Forcis, a las Grayas, de hermosas mejillas, canosas desde su nacimiento, a las que ancianas llaman los dioses inmortales y los hombres que por la tierra caminan; a Penfredo, de hermoso peplo; a Enío, de azafranado manto, y a las Gorgonas, que habitan al otro lado del famoso Océano, en el límite de la noche, donde las Hespérides, de armoniosa voz, Esteno, Euríala y la desventurada Medusa. Ésta era mortal, pero las otras inmortales y exentas de vejez las dos […]
Hesíodo, Teogonía.
Lo que no se puede negar es que Forcis y Ceto sí sabían escoger nombres sonoros para su descendencia. Parecían unos padres modernos.
Terminar entre tus labios
Siringe era una ninfa de la Arcadia, bella como imaginamos siempre a todas las ninfas (las de Umbral incluidas).
Cuando se cruzó en el camino del libidinoso dios Pan le fascinó de tal modo que enseguida se convirtió en objeto de su deseo. Bien, la verdad es que Pan tenía algo de predisposición a dejarse llevar por la belleza de las ninfas que le rodeaban, porque era tan lascivo que destacaba por lúbrico entre los dioses griegos, y pocas cosas se me ocurren más difíciles que esa.
Pan persiguió a Siringe sin tregua mientras ella huía hasta que la pobre se vio detenida ante el río Ladón, sin atreverse a cruzar su cauce.
Desesperada y viéndose cercada por Pan, imploró a los dioses que acudiesen en su ayuda y estos, atendiendo a su plegaria con el sentido del humor que derrochan cuando conceden lo que se les pide (recordemos a Dafne), la transformaron en una caña.
Pan no se dio por vencido con la metamorfosis, enseguida cortó las cañas en tubos de distintas longitudes, los reunió y soplando a través de ellos hizo entonar a Siringe las más hermosas melodías, contenta cuando los labios de Pan la rozaban y muda si el dios no la besaba.
Desde entonces Siringe es también la flauta de Pan.
Por la materia que me une a ti
Hacía mucho, fuera del tiempo y quizá también del espacio, cuando todo era nada, en medio de la bruma que disfrazaba el falso vacío, habían escuchado la voz contándoles su historia, entremezclados. Pero no lo sabían y no podían recordarlo.
Los dos pertenecían al fuego, que los reclamaba, pero la luna, antes de dejarlos marchar, se aseguró de que al mirarse ambos siempre la recordasen: a ella le dio una piel pálida para que él la viese eternamente reflejada, no sólo al mirar a sus ojos, también al acariciarla; a él le besó con avaricia y donde se detuvo más tiempo surgió el lunar sobre el que ella se deslizaría eternamente hechizada.
Desde siempre, si alguien hubiera sabido todo, habría sabido también que se reconocerían en el mismo instante en que supiesen que existían, y que se encontrarían, aunque no se buscasen, en una noche mágica de hogueras alumbrando la luna.
Para siempre, aprendieron a vivir entre la avidez y la urgencia que sólo pensarse les provocaba, y a recoger cada uno los besos que el otro entregaba al aire cuando estaban separados.

Y a ti te encontré en la calle…
Existen mitos preciosos, y existen mitos que relatan los hechos más incomprensibles para la mente humana. El de Medea puede ser uno de los más estremecedores.

Cuando Jasón llegó a la Cólquide para buscar el vellocino de oro, Hera, que odiaba a Pelias el usurpador del trono de Yolco, rogó a Afrodita que ayudase al héroe en su empresa. La diosa del amor ordenó a Eros que lanzase una flecha a Medea, la hija del rey Eetes, nieta por tanto de Helio, y de la oceánide Idía. A cambio de una promesa de matrimonio, Medea protegió a Jasón durante las pruebas-trampa que Eetes le planteó, y durmió al dragón que cuidaba del vellocino cuando, al no cumplir el rey su palabra de entregárselo si las superaba, decidieron robarlo.
Durante la huída, y para lograr escapar de la nave de Eetes que amenazaba con darles alcance, Medea descuartizó a su hermano Apsirto, y fue arrojando sus restos en la estela de la nave; mientras el rey los iba rescatando, el Argo logró alejarse. Tras diversas peripecias lograron llegar a Yolco y Medea engañó a las hijas de Pelias para que, creyendo rejuvenecerle, matasen a su padre. Jasón y Medea tuvieron que huir a Corinto entonces, y allí se establecieron, bajo la protección del rey Creonte. Tuvieron numerosos hijos: Medeo, Mérmer, Feres, Tésalo, Alcímenes y Tisandro.
Llevaban ya un tiempo viviendo en Corinto cuando Creonte ofreció a Jasón un matrimonio ventajoso, con su propia hija, pues Medea no era sino una extranjera.
Pero ahora desunión es todo y sufrimiento
de aquellos a los que amo, pues Jasón a sus hijos
y a mi dueña abandona por una boda real
con la hija de Creonte, tirano de esta tierra;
y la infeliz Medea, de tal modo ultrajada,
gritando el juramento recuerda y el contacto
de manos, prenda máxima, y a los dioses invoca
para que el trato vean que de Jasón recibe.
Medea intentó que la unión no se llevase a cabo, suplicó y amenazó alternativamente a Jasón y a Creonte, y al no aceptar el nuevo matrimonio de su esposo fue condenada al destierro, junto a sus hijos. Entonces Medea concibió y llevó a cabo una venganza terrible contra quienes le habían puesto en esa situación:
Me equivoqué en los tiempos en que dejé la casa
paterna persuadida por palabras de un Griego
que me las pagará si los dioses me ayudan.
Porque ni verá nunca más vivos a mis hijos
ni podrá procrear a otros con la muchacha
recién casada, a quien forzoso sucumbir
será de mala muerte por obra de mis drogas.
Y que nadie me crea tonta, indolente o débil,
sino, por el contrario, para mis enemigos
tan dura como amable para aquellos que me aman.
Y no hay gloria mayor que la del que es así.
Fingió haber recapacitado y aceptar la unión de Creúsa y Jasón, rogando a su marido que aceptase quedarse con los niños en Corinto mientras ella partía desterrada; como muestra de buena voluntad y arrepentimiento envió a sus hijos con unos presentes para la novia: una corona y un peplo que Helio había donado a sus descendientes.
Cuando la novia recibió los regalos, se los puso inmediatamente, y apenas hubo ajustado la corona a su cabeza, empezó a consumirla el veneno con que Medea había impregnado todo y murió en medio de espantosos dolores. Creonte, viendo así a su hija, se abrazó a sus restos y sufrió la misma muerte horrible.
Muerta su rival, y antes de huir rumbo al exilio, culminó su venganza contra Jasón matando a sus hijos con sus manos y desapareció en el aire en el carro de su abuelo, Helio.
Medea no pareció lamentar nunca el horrible crimen que había cometido, se volvió a casar, volvió a tener otro hijo, tuvo que huir de nuevo de la tierra que la había acogido tras el parricidio y nada se sabe de su muerte.
Los fragmentos citados pertenecen a la Medea de Eurípides (484-406 a.C.). El mito fue tratado también, entre otros, por Séneca, cuya traducción al español realizó Unamuno a petición de Margarita Xirgú para inaugurar el festival de teatro clásico de Mérida.
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