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Lunes, 30 de Mayo de 2005

Aunque Homero dice que Helena, Clitemestra, Cástor y Polideuces (Pólux) eran todos hijos de Tíndaro, a mí me gustan más las versiones que hacen a algunos de ellos fruto de la unión de Leda con Zeus transformado en cisne para escapar de la ira y las miradas de Hera, y, sobre todo, por simétrica, la que hace a Helena y Pólux hijos de Zeus, y a Clitemestra y Cástor hijos del rey de Esparta.

De cualquier manera, Cástor y Pólux son conocidos como los Dioscuros («los jóvenes nacidos de Zeus»), y su historia es conjunta, pues además de gemelos (nacidos de distinto padre, pero en la misma nidada), fueron inseparables.
Formaron parte de la ilustre lista de Argonautas, entre los que figuraron también Peleo, Teseo o el mismo Heracles. Durante la travesía del Argo la habilidad como boxeador de Pólux logró que saliesen con bien del encuentro con el rey Ámico, hijo de Posidón, quien retaba a todos sus visitantes a combatir con él a muerte; muerte que por otro lado era segura si no se aceptaba el reto porque en ese caso se arrojaba al cobarde (o sensato) desde el acantilado más alto. Cástor era un experto jinete y, con su hermano, ayudó a Jasón, el héroe tesalio, a destruir Yolco cuando regresaron con el vellocino de oro. Juntos también liberaron a su hermana Helena, que había sido raptada a los doce años por Teseo y Pirítoo, dando qué hacer ya desde pequeñita.
Pero no son los únicos hermanos inseparables que encontramos en la mitología griega. Menos conocidos por sus nombres, estaban también Idas y Linceo, primos hermanos de los Dioscuros. Eran hijos del rey de Mesenia, Afareo, aunque a Idas se le considera a veces hijo de Posidón, y su historia está ligada a la de Cástor y Pólux, con quienes compartieron aventuras, como la caza del jabalí de Calidón o la travesía del Argo. Ligados, pero rivales siempre, porque Linceo e Idas estaban prometidos a sus primas Hilaíra y Febe, hijas del rey Leucipo, cuando los Dioscuros las raptaron y las llevaron a Esparta, donde las hicieron sus esposas.

Un día, las dos parejas de gemelos prepararon una expedición a la Arcadia para robar ganado, y a la vuelta, Idas lanzó un desafío: el primero que terminase de comer su parte de carne obtendría la mitad del rebaño, y el segundo la otra mitad. Cástor y Pólux aceptaron el reto que en realidad era una trampa, puesto que Idas había distribuido las carnes de modo que les favoreciera a él y a su hermano la división, por lo que terminaron rápidamente sus porciones y obtuvieron todo el ganado. Burlados y furiosos, los Dioscuros hicieron una incursión en Mesenia y robaron de nuevo las reses, llevándolas a Esparta.
Sus primos se lanzaron en su persecución, y la vista prodigiosa de Linceo los localizó en una encina hueca, donde se habían refugiado. Idas se deslizó detrás del árbol y atacó a Cástor con su jabalina, hiriéndole mortalmente. Pólux persiguió a sus primos, y logró matar a Linceo, mientras que Idas fue fulminado por Zeus, que intervino en favor de su hijo cuando el Dioscuro estaba a punto de ser alcanzado.
Habiendo terminado con ellos, Pólux volvió junto a su hermano agonizante, y suplicó a su padre que no le dejase vivir si Cástor moría, o que le convirtiese también en inmortal, pero que no les separase para toda la eternidad. Zeus, conmovido, accedió a que Cástor (la contraestrella) compartiese la inmortalidad que le correspondía a Pólux (la muy brillante) y desde entonces se les puede ver siempre juntos, en el cielo.

Viernes, 29 de Abril de 2005

El incesto es uno de los tabúes más arraigados en nuestra cultura, y puede que en todas. Cuando se habla de matrimonio incluso gran parte de quienes apoyan el matrimonio entre personas del mismo sexo no puede evitar el escándalo cuando planteas la posibilidad, y a mí me encanta plantearla aunque no tenga yo nada que ver con Electra, de eliminar otros impedimentos como la consanguinidad, esencialmente en línea recta (abuelos-padres-hijos), aunque la colateral tampoco es algo aceptado sobre todo en el grado más próximo (hermanos). No sé si desde la noche de los tiempos, pero desde luego desde muy temprano, se ha prohibido el matrimonio entre personas relacionadas por sangre (por ejemplo en el Levítico) y nuestro Código Civil sigue recogiendo esos impedimentos, algunos con la cualidad de indispensables (línea recta en cualquier grado, y segundo grado en la colateral). Yo sigo pensando que esto era lógico cuando el matrimonio se orientaba a la reproducción a pleno rendimiento y había que proteger la especie, que la orgía de sangre sin renovar ya dio sus frutos en Europa con Hechizados y demás ralea, pero ahora mismo supongo que el mantenerlo obedece más a que ningún grupo de presión ha hecho de ello su bandera, sobre todo teniendo en cuenta que el no reconocer un hecho no evita que este se produzca, y reconocerlo no nos obliga a practicarlo; tampoco sé si serán muy frecuentes las relaciones incestuosas porque no parece un asunto que nadie vaya a hacer público si puede evitarlo.
En definitiva el incesto es uno de esos tabúes tan arraigados que aún se ve como un castigo divino, como cuando Afrodita, ofendida porque no la adorase, castigó a Mirra e hizo que se enamorase de su padre, el rey de Chipre Cíniras. Con ayuda de una de las doncellas a su servicio, logró yacer con él varias veces sin que se enterase el padre de quien ocupaba su cama; cuando lo descubrió, indignado y horrorizado, sacó su espada para matarla, pero Mirra, que estaba ya embarazada, logró escapar y los dioses la convirtieron en un árbol que producía una resina preciosa. Pasó el tiempo, y el arbusto se partió, dejando salir de él a un bebé, Adonis, de belleza incomparable. Afrodita, que se sentía responsable del niño, al haber provocado su concepción y la muerte de su madre, lo ocultó en un cofre y se lo confió a Perséfone, reina del Hades, para que lo criase. Cuando Adonis se hizo mayor, se convirtió en amante de Perséfone, pero Afrodita lo reclamó para sí, y como juez de la disputa Zeus nombró a la musa Calíope, quien ordenó que Adonis permaneciese cuatro meses con cada diosa, y cuatro meses libre. Así, el joven pasó su periodo con Perséfone, su periodo con Afrodita, y cuando pudo elegir, la diosa del amor consiguió que se quedase con ella; esto enfureció a Perséfone, quien para vengarse, habló con Ares, amante de Afrodita. Ares entonces consiguió que un jabalí matase a Adonis durante una cacería; Afrodita, inconsolable (hasta el siguiente amante al menos), hizo brotar anémonas rojas de cada gota de su sangre.

Parecía que Adonis iba a tener que vivir para siempre con Perséfone, ya que había muerto, pero Afrodita se quejó amargamente a Zeus y finalmente el padre de los dioses logró convencer a Perséfone para que devolviese a Adonis a la vida al menos cuatro meses cada año. Cuando Adonis se reúne de nuevo con Afrodita, comienza el buen tiempo y la vegetación renace.
El sol de hoy y el calorcito de esta semana me hacen sospechar que hay una pareja pasándoselo bien.

Viernes, 15 de Abril de 2005


Una de mis historias preferidas cuenta que hace mucho tiempo, tanto que ni lo recordamos, los humanos éramos distintos: nuestras espalda y costados formaban una esfera coronada por una sola cabeza presidida por dos rostros enfrentados, poseíamos cuatro orejas, cuatro brazos, cuatro piernas que nos permitían avanzar en direcciones opuestas alternativamente sin girarnos, dos órganos sexuales…
Estos humanos vivían felices y cada uno era un ser completo, pero siempre que los humanos hemos tenido una época feliz y sin preocupaciones la hemos echado a perder, y así sucedió también entonces: ofendieron a los dioses, incluso intentaron ascender al cielo para atacarlos, y estos, que desde el principio de los tiempos tenían claro lo de divide y vencerás (aunque ahora veremos que de modo mucho más literal), para castigarlos, hacerlos más débiles y menos altaneros, resolvieron hacer de cada uno dos. Zeus iba partiendo humanos por la mitad y Apolo iba girando el rostro de los seres incompletos que quedaban para que siempre tuviesen a la vista su seccionamiento.
Desde entonces, cada parte echa de menos a su mitad, y cuando la encuentra, la reconoce como semejante a ella y a partir de ese momento sólo quieren permanecer abrazados, anhelando ser de nuevo un solo ser.

Bastante después de que me contasen así la historia, la reconocí como un fragmento de «El Banquete» de Platón, el discurso, muy simplificado y en forma de cuento casi en la versión que yo escuché, correspondiente a Aristófanes, en el que el Amor es unión de los semejantes y que además explica y clasifica todas las especies del amor humano.

[...]si nos hacemos amigos y nos reconciliamos con el dios [Eros], descubriremos y nos encontraremos con nuestros amados correspondientes, cosa que ahora logran sólo unos pocos.[...] yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser feliz si lleváramos a su culminación el amor y cada uno encontrara a su propio amado, retornando a su antigua naturaleza[...]

Miércoles, 6 de Abril de 2005


No sé si es abril el mes en el que más muertes se producen o es sólo que el contraste de la muerte con el renacimiento que supone la primavera hace que destaquen más las que se producen en este mes, que, como noviembre y siempre dentro de mis irracionalidades, me es también antipático:

«Abril es el mes más cruel, engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
memorias y anhelos, remueve
raíces perezosa con lluvias primaverales.[...]»

La tierra baldía, 1922, T.S. Eliot

Por eso quizá estos días en los que tendría que estar pensando en mitos de renovación y renacimiento estoy más bien recordando mitos de muerte, los que advertían a los hombres en la antigüedad que la muerte es inevitable, circunstancia que también tendían a olvidar pese a que la tenían más presente que nosotros.
Eran las Moiras quienes administraban el tiempo de vida de los hombres, y de ellas era Átropo, la Inflexible, quien cortaba el hilo cuando llegaba el momento fijado. Hasta los mismos dioses estaban sometidos a ellas, y ni Zeus pudo salvar a su hijo Sarpedón de morir a manos de Patroclo en la Ilíada, pues tras lamentarse ante Hera y confesarle que estaba tentado de arrancar a su hijo de la batalla para evitar que se produjese su inevitable muerte, decretada para ese enfrentamiento, ésta le respondió:

«Tremendo hijo de Crono,
¡qué palabras son esas que profieres!
¿a un hombre que es mortal,
desde antiguo a su suerte destinado,
quieres, volviendo atrás, dejarle libre
de la muerte de sones lastimeros?
Hazlo; no obstante, los restantes dioses
No todos te aplaudimos, ciertamente.
[...]
Pero si te es querido y se lamenta
por él tu corazón,
déjalo que aún así, en la refriega
feroz domado sea
a manos de Patroclo el Menetíada;
y cuando ya le hayan abandonado
el alma y el tiempo de su vida,
envía a la Muerte
y al dulce Sueño, para que lo lleven
hasta que al fin el territorio alcancen
de la anchurosa Licia, donde a él
sus hermanos y deudos
le darán sepultura
con túmulo y columna funeraria,
que eso es privilegio de los muertos.»[...]

Canto XVI, La Ilíada, Homero

Sólo Admeto tuvo oportunidad de burlar a la muerte, privilegio que logró arrancar Apolo a las Moiras para este rey en pago a su hospitalidad cuando tuvo que ser esclavo cumpliendo la condena que le impuso Zeus. Apolo emborracho a las tres hermanas, y logró que le prometiesen que dejarían vivir a Admeto más de lo que le correspondía, más allá del día fijado para su muerte, con la condición de que alguien aceptara morir en su lugar. Llegado el momento, Admeto buscó a alguien que muriese por él, y ni siquiera sus ancianos padres estuvieron dispuestos, sólo Alcestis, su esposa, se ofreció voluntaria para tomar su lugar.
Porque a veces, entre los amantes, se hacen promesas que luego sí se cumplen. Será que suena Marquee Moon…

Viernes, 11 de Marzo de 2005


Como mi primera aproximación a las sirenas fue por Andersen, casi supuso un choque ver que en la mitología griega las sirenas eran seres alados que simbolizaban las almas de los muertos. Pero al menos, el cuento de Andersen era cruel; si mi primera aproximación hubiera sido con la adaptación babosa de Disney, puede que me hubiese dado un síncope. Claro que no he podido tomarme nunca en serio a la sirenita de Disney porque para mí Ariel sigue siendo el de Los Rodríguez (es que con Tequila no tenía yo fijaciones de ese tipo).

Las sirenas griegas eran hijas del dios-río Aqueloo, o de Forcis, y de una Musa, su número varía según las tradiciones. Cuando se habla de dos, sus nombres son Himeropa «Dulzura» y Teixiepia «Palabra encantadora». Cuando son tres se refieren a Leucosia «Blanca», Ligia «Melodiosa» y Parténope «Voz de la joven». Y cuando son cuatro, Teixepia, Pisíone «Persuasiva», Aglaofeme «Renombrada» y Molpe «Canción». Pero enseguida perdieron sus identidades individuales, y casi siempre son designadas por el nombre común.

Se representaban como pájaros con cabeza humana, y sólo más tarde adoptaron la forma en la que han llegado hasta nosotros, como mujeres con cola de pez, aunque al principio no eran nada sexis (bueno, realmente ahora tampoco lo serán mucho, digo yo, que lo de la cola de pez tiene que echar un poquito hacia atrás hasta al más entusiasta o menos selectivo).
En la tradición que recoge la Odisea, se trata de divinidades del mar situadas a la entrada del estrecho de Sicilia, cerca de los monstruos Caribdis y Escila, en la isla de Antemoesa.
Las sirenas entonaban profecías y canciones inspiradas por el Hades, y el encanto irresistible de sus melodías atraía a los marineros, arrastrándolos a la muerte; si dejaban escapar un navío, debían pagarlo precipitándose al mar y desapareciendo. No solían fracasar, pero Orfeo tuvo una voz más potente que las suyas, y salvó al Argo imponiéndose a sus cantos, y Ulises también resistió, aunque para ello tuvo que hacerse atar al mástil de su navío y tapar con cera los oídos de sus marineros.

Sea como sea, y adopten la forma que adopten, como pájaros, peces o luces, oír sirenas hoy sigue sin anunciar nada bueno.

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