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Viernes, 4 de Marzo de 2005

La fragua de Vulcano, Velázquez
Hefesto es un dios que no resulta muy lucido.
Nació feo, y su madre Hera lo arrojó desde lo alto del Olimpo, así que lo tuvieron que criar la Nereida Tetis y la Oceánide Eurínome. Cuando se reconcilió con Hera conspiró contra Zeus, y fue éste quien volvió a arrojarlo desde lo alto del Olimpo provocándole una cojera eterna.

Su suerte pareció cambiar cuando se casó con Afrodita, la más hermosa de las diosas, pero ella lo engañó permanentemente con Ares, con quien tuvo varios hijos: Deimo, Fobo y Harmonía.

Un día el indiscreto Helio, que miraba todo, reveló a Hefesto el engaño de Afrodita, momento que recoge «La fragua de Vulcano», de Velázquez. Fue Helio quien reveló el engaño:

El Sol, que todo lo ve, había descubierto los amores adulterinos de Venus, mujer de Vulcano, y el apuesto Marte. Sin aguardar mucho tiempo, Febo puso en antecedentes de la deshonra al desgraciado marido (Ovidio, Metamorfosis)

pero más tarde Febo o el Sol fueron identificados con Apolo y por eso aparece este dios representado con la corona de laurel y el halo de luz.

Hefesto urdió un plan para sorprender a los amantes y ponerlos en ridículo frente a todo el Olimpo, y como era un buen artesano, mezcló metales de diversas propiedades y procedencias y fabricó unas mallas que tendió en el lecho de quienes le ultrajaban a fin de inmovilizarlos. Cuando Ares y Afrodita se tendieron en el lecho, quedaron atrapados y expuestos a las miradas de los dioses (las diosas no asistieron por pudor) que había convocado Hefesto; como este dios listo, lo que se dice listo, no era, al principio pensó que las risas las provocaba la pareja y tardó un poco más en darse cuenta de que de lo que se reían los dioses era sobre todo de su situación, tan poco airosa.

Apolo, dándole un codazo a Hermes, preguntó:
-A ti no te importaría estar en el lugar de Ares a pesar de la red, ¿verdad?
Hermes juró que no le importaría, aunque fueran tres las redes y aunque todas las diosas le estuvieran mirando.
Robert Graves - Los Mitos Griegos

Miércoles, 23 de Febrero de 2005

El placer es algo que siempre ha buscado la mayor parte de la humanidad, excepto quizá los ascetas y no estoy convencida yo de que no encuentren un extraño placer en su ausencia total, aunque esto más bien puede ser que mi lado hedonista se resiste a pensar que sea posible prescindir del gozo voluntariamente si no es para gozar más. Me releo y tengo claro que no voy a fundar una escuela de pensamiento, así que sigamos con el asunto principal, que me doy cuenta muchas veces de la distancia infinita entre el embrión de uno de mis escritos y el resultado final, a ver si esta vez logro que la redacción de la vaca tenga a la vaca como protagonista. Sigamos, pues, con lo del placer. No basta con que hagamos todo lo posible por obtenerlo y disfrutarlo, existe además una vieja contienda sobre quién disfruta más, quién obtiene más placer en el amor, o por centrarlo mejor, en el sexo (sí, hablaba de lo único, se me había olvidado decirlo), como si gozar todo lo posible no fuese suficiente en sí mismo, como si lo que verdaderamente proporcionara satisfacción fuese gozar más que otro.
Claro, es una cuestión difícil de resolver, ¿disfruta más un hombre que una mujer? Aunque así no me termina de gustar el planteamiento, parece que estamos dando entrada a respuestas de esas que conforman las preguntas de las revistas que nos recuerdan a las mujeres que nos hemos liberado entre el anuncio de la antiarrugas y el de la anticelulítica, y no es ese el plan. Replanteando la pregunta: ¿está más capacitado para gozar el cuerpo de una mujer o el de un hombre?
Ya Zeus y Hera tuvieron una pelea a propósito de esto: Hera le reprochó a Zeus sus muchísimas infidelidades, y él las defendió sosteniendo que de todas formas, cuando compartía el lecho con ella, era ella quien pasaba el rato más agradable (bien, caben dos opciones, o verdaderamente lo sabía todo, o era un fantasma), pues Zeus mantenía que la mujer disfrutaba mucho más en el sexo que el hombre. Hera no quería creerlo, así que eligieron un árbitro para su contienda: llamaron a Tiresias. ¿Por qué Tiresias? Para entender la razón de su elección, tenemos que conocer su historia.
Tiresias era un joven Tebano descendiente de uno de los Espartoi, que eran los hombres sembrados por Cadmo (otro día lo cuento, no quiero pasar de PrincesadelGuisante a ReinadelaDispersión). Paseando por las montañas de Arcadia, descubrió a dos serpientes copulando, y pegándoles con su bastón, logró matar a la hembra, mientras el macho huyó. En ese momento, Tiresias quedó metamorfoseado en mujer y llegó a ser una famosa ramera. Siete años después, durante otro paseo, volvió a ver un par de serpientes copulando, y nuevamente las atacó, matando esta vez al macho y la hembra logró huír. Entonces se produjo nuevamente una metamorfosis, y Tiresias volvió a ser un hombre. Por esta razón tenía un conocimiento muy íntimo y directo de los dos sexos y de cómo se gozaba siendo hombre y siendo mujer.
Tiresias fue llamado, por tanto, para poner fin a la disputa porque podía basarse en su experiencia personal, y respondió que:

Si el placer del amor en diez partes dividía
Tres por tres a las mujeres, una a los hombres daría.

Con esto se dio por zanjado el asunto entre Zeus y Hera, pero hay disputas en las que conviene no meterse, ni aunque te lo pidan, y desde luego en las de pareja, y más si la pareja es de dioses, es poco aconsejable, porque la historia de Tiresias sigue, y no voy a dejarla interruptus.
Hera, contrariada y humillada por no haber obtenido la razón en la controversia, cegó a Tiresias, considerando que estaba de hecho, aunque viese, cegado para dar ese veredicto. Como Zeus no podía deshacer lo que Hera había realizado, compensó al árbitro ocasional concediéndole el don de la profecía y la posibilidad de entender el lenguaje de las aves. Así llegó a ser el adivino más famoso de toda Grecia. Además, Zeus acordó como privilegio que mantuviese su don más allá de la muerte, por eso pudo Ulises consultarle a petición de Circe en el Tártaro.

Viernes, 18 de Febrero de 2005


Zeus, el más poderoso de los dioses, era un conquistador insaciable. Pudiera parecernos que teniendo tanto poder sus aficiones rijosas no encontraban obstáculos, pero Zeus altitonante tenía la misma traba que tiene el más común de los mortales: una esposa vigilante. Este pequeño inconveniente era solucionado por Zeus no mandándola de veraneo, sino metamorfoseándose él mismo en animales variados.
Un día vio Zeus a una joven jugando en una pradera con sus compañeras, se informó y supo que era Europa, la hija de Agenor, rey de Fenicia, y su esposa Telefasa; entonces, trazó un plan para poseerla. Mandó a Hermes conducir el ganado de Agenor a la pradera donde solían estar Europa y sus compañeras y él se unió al rebaño transformado en un hermoso toro blanco. Europa, atraída por su rareza y prendada de su belleza se acercó, y viendo que era manso como un cordero, comenzó a jugar con él, primero con menos confianza, después acariciándole y finalmente montada en su grupa. El toro, con Europa sobre él, se dirigió lentamente hacia el mar y una vez en la orilla, comenzó a nadar rápidamente alejándose de la costa, momento que recoge el cuadro de Tiziano, atravesando el mar hasta la isla de Creta.
Una vez en Creta, Zeus reveló su identidad a Europa, yació con ella y, aparte de varios regalos, le dio tres hijos: Minos (el que recibió el famoso toro de Posidón, ese regalo que tanto le gusto a Pasífae, su esposa), Radamantis (segundo marido de Alcmena, después de morir fue erigido en Juez de los Infiernos debido a su reputación de equidad) y Sarpedón (rey de Licia).
Cuando Zeus dejó a su amante estableció otra costumbre que después se ha venido observando a lo largo de los siglos: la casó con otro. En este caso el agraciado fue el rey de Creta Asterión, que reconoció a los hijos de Zeus y tuvo además con Europa una hija, Crete.
Algunas voces dicen que nada tiene que ver que nuestro continente (del que tanto vamos a oír hablar este fin de semana) se llame así con esta Europa, pero a mí me gusta pensar que es en su honor, como la metamorfosis de Zeus en toro está representada por toda una constelación en el cielo, la de Tauro.

Viernes, 11 de Febrero de 2005

Tenemos que remontarnos a mi más tierna infancia, bueno, no tan tierna, justo al momento en que empezaba a perder los dientes de leche.
Llevaba ya unos días con un diente moviéndose, el primero, lo cual me descubrió una diversión inesperada, que era llevarme la mano a la boca y moverlo de un lado a otro, al principio apenas se movía, pero después ya fue cogiendo holgura, y para desesperación de mis padres, yo, que nunca me había chupado los dedos, ni siquiera había usado chupete, al menor descuido, ya estaba hurgando en la boca.
También es verdad que en cuanto descubrí que se movía, me contaron la historia del Ratoncito Pérez y me explicaron que cuando se cayese el diente, tenía que colocarlo bajo la almohada para que esa misma noche, el Ratoncito acudiese y lo cambiase por un pequeño regalo. Así que yo estaba impaciente (no sé si lo he dicho, pero paciencia no me repartieron al nacer) por terminar de una vez con aquel sinvivir (también tendía al drama).
Pero la casualidad quiso que el diente terminase de soltarse un día que estábamos de visita en casa de unos amigos de mis padres, y en medio del jolgorio por el diente caído, mi madre me advirtió para que no lo perdiese; entonces, una de las niñas de la casa, que era más mayor que yo, me contó que tampoco importaba mucho, porque ella había perdido uno una vez, lo había sustituído por una alubia blanca pequeñita, y el Ratoncito no se había enterado.
Como los niños (y muchos adultos) parecen loros, en cuanto llegué a casa de mi abuela, siguiente escala en la tarde de visitas, le repetí la historia, y ella, una mujer de recursos, urdió un plan que a mí me pareció sencillamente genial: fuimos a la despensa para elegir una judía blanca del tamaño de mis dientes, lo que nos llevó un rato; luego subimos a la habitación del mirador, que era donde yo dormía cuando me quedaba a pasar la noche, y en una de las dos camas, introdujimos la almohada de la otra para que pareciese que era yo aquel bulto quietecito (cualquiera que me hubiese conocido hubiera sospechado de esa paz, con lo que me movía y me muevo en la cama), bien tapadita, «empaquetada» como a mí me gustaba dormir de pequeña y debajo de la otra almohada, la situada en el cabecero, pusimos la alubia blanca que habíamos escogido con tanto cuidado. Mentiría si dijese que no pude dormir de la emoción, porque lo cierto es que dormir no me ha costado nunca, jamás esperé despierta al Ratoncito Pérez ni a los Reyes Magos, no como uno de mis hermanos que alguna vez incluso logró verles y hablar con ellos, pero sí me levanté excitada y una vez visto el regalo de casa, estaba nerviosísima aguardando el momento de volver a ver a mi abuela. Cuando llegué ese día a su casa, subimos corriendo las dos a mirar la cama, y allí, debajo de la almohada, había un libro con los cuentos de Hans Christian Andersen, con dibujos de María Pascual, que era quien ilustraba casi todos los libros que me regalaban en la infancia y realizaba los dibujos de las mariquitas, que me encantaban.
No importa que luego no haya tenido continuidad, comprendedme, yo estafé una vez con éxito al Ratoncito Pérez y no iba a ir al «diario de Patricia» para contarlo, para eso está este cuaderno.

Domingo, 6 de Febrero de 2005

Psique reanimada por el beso del Amor
Psique, expulsada del paraíso que compartía con Eros, y embarazada como estaba, se desesperó e intentó quitarse la vida arrojándose a un río; sin embargo, las aguas la depositaron suavemente en la orilla, donde el dios Pan le aconsejó que no volviese a intentarlo, y que si estaba enamorada, rindiese culto a Eros para reconquistarlo con la promesa de servirlo.

Volvió a su tierra, y contó, por separado, a sus hermanas su desgracia; éstas, por toda respuesta y sin compadecerla en absoluto, le dijeron que ellas también serían capaces de atraer a Eros, y primero la mayor, y después la menor, se vistieron de novia y acudieron sucesivamente a la roca donde Psique había sido expuesta hacía tiempo, pero lo único que encontraron allí fue la muerte.

Psique por su parte, se dirigió a otras diosas, a Hera, protectora de embarazadas, a Deméter, pero ninguna quiso ayudarla por temor a contrariar a Afrodita, que estaba indignada por la desobediencia de su hijo y por haber visto burlados sus designios de aquel modo.
Finalmente, Psique acudió a la propia Afrodita para confesarle su aventura, su amor y suplicar su perdón. La diosa, que ya sabía toda la historia gracias a una gaviota cotilla, teniendo a la joven a su merced, la hizo su esclava y decidió someterla a una serie de pruebas, vigilada por sus sirvientas Tristeza y Soledad.

En primer lugar, Psique debía clasificar antes de que la noche llegase un montón de granos que llenaban una habitación y que Afrodita misma había mezclado: trigo, cebada, mijo, garbanzos, lentejas y habas; era una tarea imposible, pero decidió intentarlo, y las hormigas, apiadadas de ella, colaboraron, de modo que al llegar la noche, todo el grano estaba separado en montoncitos.

El que Psique lograse superar esta prueba, lejos de calmar a Afrodita consiguió enfurecerla más aún, y le ordenó que le llevase un vellón de oro de unos carneros comedores de hombres; ella sabía que era imposible e intentó suicidarse en el río junto al que pastaban, pero una frágil caña de la orilla la detuvo, y le explicó que para conseguir su misión sólo tenía que esperar a que los carneros fuesen vencidos por el sueño.
Cuando Psique regresó con la madeja y se la entregó a Afrodita, ésta tenía ya pensada la siguiente prueba: tenía que ir a llenar una jarra con agua sagrada de la fuente oscura, que luego riega los ríos del Hades. En esta ocasión el águila de Zeus, que estaba en deuda con Eros, acudió en su ayuda y realizó la prueba en su lugar, porque el agua del Hades es mortal y Psique no hubiese podido realizarlo por sí misma.

El furor de Afrodita no cedía, y decidió enviar a Psique a la última prueba: le da una cajita y le pide que vaya a ver a Perséfone y le ruegue que la llene con un poco de su ungüento de belleza. Al escuchar cuál es la tarea que tenía que superar, Psique comprendió que acudía a una muerte segura, pues del Hades no se regresaba (aunque sabemos que lo lograron algunos: Heracles, Ulises y Orfeo), y decidió (nuevamente) terminar con su vida, arrojándose desde la torre más alta del palacio. Pero la torre estaba encantada, le habló y logró que desistiese de su propósito, aconsejándole como realizar la tarea: tenía que acudir a pie hasta la entrada de los Infiernos, y llevar dos galletas para Cerbero y dos óbolos para Caronte, unos para el viaje de ida, y otros para el viaje de vuelta. Además, debía abstenerse de abrir la cajita.

El viaje de ida fue bien, y una vez en los Infiernos, Perséfone recibió amablemente a Psique. Le ofreció asiento y comida, pero ella sabía ya que quien prueba el alimento del Hades no puede volver al mundo de los vivos (Perséfone estaba allí de recordatorio viviente) y que quien se sentaba en la silla del olvido perdía la capacidad de recordar su vida anterior y no podía abandonar el Infierno, así que rehusó educadamente las invitaciones, y consiguió que Perséfone le diese la cajita llena del remedio y sellada.

Eros, mientras, decidió poner fin a la situación implorando la ayuda de Zeus, porque añoraba a Psique. Le contó todo cuanto había ocurrido y le pidió que permitiera un matrimonio legítimo entre ellos. Zeus, después de reprochar a Eros las veces que había interferido en sus asuntos, se mostró magnánimo y le prometió ayuda a cambio de los amores de una doncella. Sellado el pacto, convocó a los dioses a una asamblea en la que explicó a los asistentes que Eros y Psique contraerían matrimonio con su bendición y prometió a Afrodita la inmortalidad para la novia a fin de suavizar la desigualdad de la unión.
Psique abriendo la caja de oro, Waterhouse
Psique por su parte emprendió el viaje de regreso y la curiosidad la tentó nuevamente, porque espabilar no había espabilado mucho con todas las aventuras: decidió abrir la cajita para usar un poco del misterioso remedio; apenas levantó la tapa, un sueño mortal se adueñó de ella. Eros, que había acudido a verla, la encontró sin vida; sin embargo, nada hay que el Amor no pueda, y un dulce beso de sus labios logró despertarla.

Ambos acudieron juntos al Olimpo, donde el mismo Zeus ofreció a la novia la copa de ambrosía y Eros y Psique se unieron en un matrimonio eterno del que nació una hija: Voluptuosidad.

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