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Viernes, 4 de Febrero de 2005

Hace mucho, mucho tiempo, hubo una vez un rey que tenía tres hijas, como en la canción. La más joven de ellas, Psique, era tan bella que los habitantes del país la preferían incluso ante Afrodita, con lo que ofendieron gravemente a la diosa. Ya sabemos como se tomaban los dioses cualquier cosilla, así que es lógico que Afrodita, víctima de los celos, pensase en vengarse de Psique y de su pueblo, humillándola; para eso trazó un plan, que consistía en enviar a su hijo Eros para que lanzase una flecha de oro al corazón de la joven y le inspirase una pasión desenfrenada hacia el ser más monstruoso de la tierra. Sin embargo, apenas Eros vio a Psique, fue él quien se enamoró y trató de raptarla, intentando además que Afrodita no se enterase y creyese cumplida la venganza que había ordenado. Pidió ayuda a Apolo (sería antes del episodio de Daphne, porque si fuese después, yo que Apolo hubiera mandado a Eros no sé donde) y Apolo envió un oráculo al rey para obligarle a vestir a Psique de novia y exponerla en una roca, para que el monstruo pudiera raptarla.
Todo el mundo en el reino lloró la amarga suerte de la princesa al verla pasar ricamente engalanada, conscientes de que era la última vez que podían contemplarla, excepto sus dos hermanas, que habiendo vivido siempre envidiando la belleza de Psique y a su sombra, estaban encantadas de que se la quitasen de la vista, aunque fuese con rumbo a un destino tan desagradable.
Psique, una vez sola en la roca, estaba desconsolada esperando la aparición del monstruo que había de llevársela para siempre y resignada a morir en breve, pero quien acudió fue el dios viento Céfiro para trasladarla suavemente a un palacio maravilloso en el que se encontró completamente sola, acompañada únicamente por una voz muy dulce que le explicaba todo cuanto encerraban las puertas de oro y piedras preciosas de cada estancia. Le advirtió la voz que el dueño del palacio acudiría esa noche a su lecho para tomarla como esposa, para lo cual tenía que esperarle dispuesta y a oscuras.
Llegó la noche, y Psique se acostó en el lecho perfumado, preparada como le había dicho la voz, esperando que el monstruo acudiese a tomarla, y en la oscuridad sintió como se aproximaba alguien a ella… el temor le duró justo hasta ese momento, porque parece que disfrutó con la experiencia y a partir de entonces, pasaba los días en el palacio disfrutando y esperando que llegase la noche para que su amante se reuniese con ella.
Bodas de Cupido y Psique, Blomaert, 1595
Claro que llegó un punto en que sólo con las noches entretenidas los días comenzaron a resultar aburridos, no podía ver a su marido, ya que él le había explicado que si llegaba a contemplarle tendría que abandonarla, no tenía contacto con nadie… Psique suplicó y suplicó hasta que al fin accedió a dejar que sus hermanas acudiesen a visitarla. El dios Céfiro volvió a facilitar el transporte, y las llevó al palacio, que las deslumbró y acrecentó los celos que siempre habían tenido de Psique. Comenzaron a interrogarla y fueron felices cuando ella les confesó que jamás había contemplado a su marido, puesto que él se lo había prohibido; vieron entonces la posibilidad de envenenar la felicidad que contemplaban: si él no se mostraba, sería porque era tan feo que nadie podría soportar su visión, o porque después de hacer que confiase en él quería matarla, o porque querría al niño que pudiesen tener para fines inconfesables…
Psique muestra a sus hermanas los presentes de Cupido, Fragonard, 1753
Después de un tiempo, Psique terminó dudando y una noche decidió que vería a su amante cuando estuviese dormido aprovechando el bajón que todos (por lo visto hasta los dioses) tienen después; provista de una lámpara de aceite y de un puñal para asesinar al monstruo, se acercó a él, con cuidado, y al ver lo increiblemente bello que era, no tuvo duda alguna de estar ante el mismísimo Eros.
Absorta ante la belleza del dios, no se dio cuenta de que la lámpara goteaba aceite, y unas gotas cayeron en el pecho de Eros, despertándole; al abrir los ojos, más apenado que enfadado, le dijo «Psique, Psique, ¿qué has hecho? Teníamos una unión tan perfecta… pero ahora tu curiosidad y tu desconfianza han arruinado todo» Apenas hubo pronunciado estas palabras, desapareció al tiempo que se esfumaba el palacio, y Psique se vio en medio de un pedregal, abandonada.
Como seguía viva, aunque desolada, la historia continúa y prometo terminarla, pero no hoy…;)

Viernes, 28 de Enero de 2005


La civilización ha hecho que los hombres dediquemos tiempo tasado al amor, poco o menos del necesario y además sobrante, así que posiblemente, muchos de los que hoy leáis esto estéis dispuestos a rendir, a poca ocasión que tengáis o se presente entre esta tarde y la mañana del domingo, vuestro particular homenaje a Eros. Lo doy por hecho, no entremos en detalles, que los que me conocéis sabéis que soy pudorosa con las palabras y en público, y los que no, ya os lo digo yo.
Eros es el nombre del amor personificado, especialmente del amor carnal, del deseo, aquel a quien los romanos llamaron Cupido. Según Hesíodo nació del Caos primitivo directamente, al tiempo que Gea, Érebo y Nicté:

«En primer lugar existió, realmente, el Caos. Luego Gea, de ancho pecho, sede siempre firme de todos los inmortales que ocupan la cima del nevado Olimpo: en lo más profundo de la tierra de amplios caminos, el sombrío Tártaro, y Eros, el más bello entre los dioses inmortales, desatador de miembros, que en los pechos de todos los dioses y de todos los hombres su mente y prudente decisión somete.» (Hesíodo, Teogonía)

Sin embargo, algunas tradiciones posteriores y tal vez más difundidas entre nosotros lo consideran hijo de Afrodita y en algún caso de Ares, y lo presentan como un niño regordete en la imagen barroca que nos es más familiar, un niño alado como en el grupo marmóreo de la imagen que representa a Afrodita amenazando a Pan, dios de los pastores y los rebaños, con cuya cornamenta juega Eros.
En cualquier caso, armado con arco y flechas, disparaba dos tipos de dardos, de oro para inclinar al amor y de plomo para inspirar la indiferencia que tanto hace sufrir a quienes no ven sus amores correspondidos. Los dardos de oro y de plomo que Eros disparó sobre Apolo y Dafne dieron lugar a la tragedia que conocemos.

«¿Por qué asombrarse si Eros el funesto flechas de fuego
tira y se ríe amargamente con ojos perversos?
¿No ama su madre a Ares y es la esposa de Hefesto,
y así la comparten el fuego y la espada? ¿y la madre
de su madre no es la mar que flagelada por los vientos
chilla salvajemente? Su padre… Nadie hijo de Nadie.
Por eso tiene el fuego de Hefesto, alienta una cólera semejante
a las olas y sus ensangrentados dardos son los de Ares.»
(A Eros, cuya madre es Afrodita y cuyo padre no es nadie, lleno de todos los males, de Meleagro. Antología Palatina.)

Eros mismo estuvo enamorado, pero su aventura con Psiquis es otra historia que, como Sherezade, dejo para otra noche si conservo la cabeza sobre los hombros y el corazón sin dardos de plomo.

Martes, 25 de Enero de 2005


Hace muchos años, cuando era pequeña y aún creía en las hadas, uno de los cuentos que primero me contaron, antes de que pudiese leer nada yo sola, tenía como protagonistas a un príncipe muy feo, horripilante, repugnante a la vista incluso para su madre (y reflexionemos un momento sobre lo difícil que es esto, que todos conocemos a algún niño de esos que sólo puedes decir «qué tierno» sin ruborizarte al mentir porque al menos se supone que los niños no están duros), pero inteligente, elocuente y de ingenio vivo, y de una princesa hermosa y boba, pero de baba, no como una miss que piensa que sale a desfilar en bañador para que juzguen su inteligencia, más aún, lo que fuera de palacio hubiera sido la tonta del pueblo, alguien a quien se podía aplicar perfectamente esta frase de Mihura:

[...] Si hay algo que verdaderamente espante es la memez de una mujer tonta que se sabe guapa. Toda la memez del Universo está almacenada en su cerebro y ni el antibiótico más eficaz sería capaz de destruir esa memez [...] (Miguel Mihura, La tetera)

Por una gracia de sus respectivas hadas madrinas ambos seres, el príncipe y la princesa, podían transferir su cualidad al ser amado y superar su defecto cuando fuesen amados sin reservas, a pesar de él, no perdamos de vista que es un cuento.
La versión que me contaban era la de Perrault, claro, por eso conocí a «Riquete el del Copete» y pude reconocerle después en la versión que Buero Vallejo había realizado de este cuento en 1953, mucho más humanizada pero sin despojarla por completo del clima de hechizo típico de los cuentos de hadas.
En esta obra, que la crítica sitúa entre las simbolistas de Buero, aunque con la tristeza (quizá no pesimismo) típica de toda su obra, el amor se presenta como capaz de transformar a la pareja, y a través de la pareja, al mundo, porque no destierra toda la magia del texto, sigue dejando esa magia en la que aún creemos, la que nos convence de que podemos cambiar a quien amamos, la misma que cuando quien nos ama nos encuentra inteligentes nos persuade de que el resto del mundo nos ve así, esa que cuando nos vemos reflejados en unos ojos que nos desean nos induce a pensar que el resto del mundo nos encuentra igualmente deseables, aunque sea mentira, y aunque la mentira la descubrimos siempre demasiado tarde.
Decididamente, con la magia sólo se puede jugar si eres algo más que aprendiz de brujo

Jueves, 20 de Enero de 2005


Dioniso, hijo de Zeus y de Sémele, no fue reconocido como dios desde su nacimiento. Todos, incluida su familia, dudaban de su origen y le hicieron frente cuando, llegado a la edad adulta, empezó a revelar su divinidad y a intentar que la reconociesen. Iba recorriendo las ciudades griegas con su cortejo báquico para revelarse, con resultados bastante negativos que desembocaban en tragedias, recordemos el parlamento que pone Eurípides en boca de Penteo, rey de Tebas y primo de Dioniso:

Me encontraba ausente de este país, y ahora me entero de los males recientes que agitan esta ciudad. De que nuestras mujeres han abandonado sus hogares por fingidas fiestas báquicas, y corretean por los bosques sombríos, glorificando con sus danzas a una divinidad de hace poco, a Dioniso, quienquiera que sea. ¡Llenas de vino están en medio de sus reuniones místicas las jarras; y cada una por su lado se desliza en la soledad para servir a sus amantes en el lecho, con el pretexto de que son, sí, ménades dedicadas a su culto! Pero anteponen Afrodita a
Baco.
A todas las que he logrado atrapar, con las manos atadas las custodian mis guardias en la cárcel pública. A las que faltan las cazaré por el monte; a Ino, a Agave, que me dio a luz de mi padre Equión, y a la madre de Acteón, es decir a Autónoe. Y aprisionándolas en mis férreas redes, concluiré con esta escandalosa bacanal en seguida.
Dicen que ha venido un cierto extranjero, un mago, un encantador, del país de Lidia, que lleva una melena larga y perfumada de bucles rubios, de rostro lascivo, con los atractivos de Afrodita en sus ojos. ¡Y éste anda de día y de noche fascinando a nuestras jóvenes con los ritos mistéricos del evohé! Si logro prenderle bajo este techo, le haré cesar de golpear con el tirso y de sacudir su cabellera, ¡porque le separaré el cuello del cuerpo de un tajo! Ése afirma que es el dios Dioniso, ése que estuvo zurcido en un muslo de Zeus, que fue consumido en los fulgores del rayo, junto con su madre, por haber mentido unas bodas con Zeus. ¿Es que esto no es el colmo, y no merece la horca por propalar esas blasfemias, quienquiera que sea ese extranjero? (Bacantes)

Dentro de esta gira, tuvo que ir desde Quíos hasta Naxo, para lo cual se puso de acuerdo con unos piratas tirrenos. Estos le propusieron subir a bordo de su navío, y le prometieron llevarle a su destino, pero la verdad es que habían pensado en raptarlo y venderlo como esclavo en cuanto se emborrachase, como era su costumbre, no olvidemos que era el dios del vino. Acetes, el piloto de la nave, no estaba de acuerdo pero el resto de los piratas evitaron que hiciese nada por salvarle. Sin embargo, no hizo falta: el mástil del barco fue invadido por una vid, el viento se calmó, los remos se transformaron en serpientes y la cabeza de Dioniso se cubrió de pámpanos mientras los animales salvajes se postraban a sus pies. Dioniso tranquilizó a Acetes, que temblaba, y con él llegó a Naxo, donde se convirtió en su sacerdote. Pero el resto de los piratas, enloquecidos, se arrojaron al mar, donde fueron metamorfoseados en delfines.

Desde entonces, y para expiar su culpa, los delfines acuden en ayuda de los náufragos, cuidan de ellos, evitan que sean pasto de depredadores y los acercan a tierra firme sanos y salvos.

Lunes, 10 de Enero de 2005

hadas de la Bella Durmiente
Supongo que aunque no podamos verlo, estará por aquí, porque en los cuentos, cuando nace una princesa acuden las hadas madrinas para bendecir a la criatura, y luego velan por ella durante el resto de su vida. Las hadas que hemos conocido todos tienen su origen en las Tria Fata romanas, los tres destinos, llamadas también las Parcas, que asimilaron las Moiras griegas.
Cuando se empieza algo nuevo es inevitable preguntarse qué destino tendrá, cuál será la suerte que tenga. Para los griegos (los antiguos, claro) la suerte de los individuos se asignaba al nacer, y eran las Moiras quienes se encargaban de ello.
Las Moiras eran, según Hesíodo, hijas de Nicté:

Asimismo (la Noche) engendró a las Moiras y las Keres, vengadoras despiadadas, a Cloto, a Láquesis y Átropo, que a los mortales otorgan, al nacer, el bien y el mal y persiguen las faltas tanto de los dioses como de los hombres, sin cesar nunca de su terrible cólera antes de imponer malvado castigo a quien delinque. (Teogonía, Segunda generación de dioses)

Cloto, la Hilandera, presidía el nacimiento aunque es Ilitía, hija de Zeus y Hera, la diosa del alumbramiento, (sin ella presente no se produce, que se lo digan a Alcmena) e hilaba el destino otorgado a cada uno al nacer, Láquesis, la Suerte, iba desenrollando el ovillo y Átropo, la Inflexible, llegado el momento, cortaba el hilo.
¿Quién no recuerda las tres hadas de la bella durmiente, por ejemplo? Claro que es difícil reconocer en los regordetos dibujos de Disney a las figuras clásicas, pero siempre vienen bien unos polvos mágicos ¿no?

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