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Domingo, 1 de Junio de 2008

No tengo niños ni relación con la enseñanza, así que en general sólo tengo la impresión de que ésta es peor que cuando yo estudiaba por el número de faltas de ortografía que veo cuando la gente escribe (de hecho, he quitado del navegador lo de veinteminutos porque me dolían los ojos de ver las noticias y los comentarios de ágrafos sin fronteras), o por las dificultades de comprensión lectora que observo a diario, en gente que se supone que sabe leer pero es incapaz de descifrar un párrafo con instrucciones sencillas.
ninoflautista.JPGPero, en este último trimestre, y gracias a mi vecino de abajo, sé que hay cosas que no han cambiado: en los colegios se sigue obligando a los niños a tocar la flauta. De las cosas que yo estudié en su momento hay varias que jamás he logrado saber para qué servían: las derivadas, las integrales, los límites, y tocar la flauta. Habrá más, pero en este momento no las recuerdo. Supongo que lo del instrumento será por hacernos sensibles a la música y tal, y que una flauta es más manejable y barata que un piano o un violín, y espero sinceramente que con mi vecinito logren rápidamente el objetivo que persiguen, sea cual sea, ya que llevo un trimestre escuchándole ejecutar (stricto sensu) algo que con imaginación puede ser el himno de la alegría. No entero, claro, sino un breve, brevísimo, fragmento repetido sin desmayo. Sin desmayo del niño, quiero decir, el cual no tendrá unos dedos ágiles ni medida con los soplidos, pero desde luego es tenaz (o tiene unos padres preocupados), aunque de mí no puedo decir otro tanto: mis dedos son más ágiles aunque sólo sea porque entrenan desde hace más tiempo (no con la flauta, eso es cierto) y aún no no tienen artritis ni artrosis ni cosas de esas, soplo con habilidad aceptable y con mesura, y, aunque no soy propensa a desmayos, pienso en lo oportuno que sería sufrir uno cada vez que, durante mis plácidas y nunca suficientes siestas diarias, escucho el incansable y arrítmico fu, fuu, fufufu, fufufufu, fufufuufuuu lejano, separado de mis orejas por mi suelo y su techo. Sólo espero que apruebe la asignatura, porque no quiero ni pensar en esas noches de agosto que obligan a abrir las ventanas, para ver si en algún momento una corriente despistada refresca el horno en el que se ha convertido la casa durante el día, con el niño preparando su examen de septiembre de flauta. Ahí sí que no podré responder de mí, me enteraré de quién ha sido su profesor o profesora durante el curso y me transformaré en Apolo. Y si no, que no le hubieran mandado deberes para casa.

Sábado, 24 de Mayo de 2008

Creo que el mundo y yo estamos peleados. Como atenuante sólo puedo decir que no he empezado yo, en mi descargo que soy pendenciera combativa por naturaleza y en mi favor que estoy intentando cambiarlo, pero mientras llega el momento de la metamorfosis (qué bonita es la metáfora si no se piensa que mientras no ocurre una, o sea yo, es un capullo…) sigue habiendo muchas cosas que me molestan, casi diré que demasiadas, y hoy, entre todas, sube a los primeros puestos la incapacidad de los peluqueros para medir el tiempo y planificarlo. No sé si será predisposición genética, o algo que les ocurre mientras piensan en los colores de pelo que aún no han probado sobre sus cabezas, o un efecto secundario de la inhalación de amoniacos y aguas oxigenadas, pero llevo meses buscando una peluquería en la que cuando te den hora a las doce y media del sábado, signifique que a las doce y media del sábado (o, como mucho, a la una menos veinte, como concesión a la impuntualidad que es la única característica nacional que parece sobrevivir en esta unión de autonomías de primera y segunda integrada en la alianza de las civilizaciones que somos) vas a sentarte en uno de esos sillones de sube y baja y que van a empezar a tocarte la cabeza mientras evitas mirarte en el espejo, porque para ver los cambios de estilo de la menguante princesa Letizia durante estos cuatro años o el bautizo de unas mellizas demasiado grandes para un traje de cristianar no necesito que me dé cita nadie. Es más, si dedicasen un poco de su cerebro a pensar en otra cosa que no fuese rebautizar el tinte con el pomposo nombre de baño de color, podrían llegar a la conclusión de que si me gasto entre 30 y 60 euros en que me arreglen el pelo, bien podría acercarme al quiosco y comprar el Hola, en el caso de que me interesase, y que ni yo ni nadie que sepa leer sin necesidad de ir guiándose con el índice por las líneas de los textos, necesita una hora (¡una hora!) para repasar toda la prensa que hay en una peluquería.
Pero ya he dicho que estoy intentando cambiar, así que pensaré que su falta de consideración con el tiempo ajeno es porque se concentran mucho para evitar que un exceso de exposición al tinte baño de color nos deje calvas, y sólo pueden planificar periodos de media hora.
Sólo espero que este camino que he emprendido para corregirme no me lleve a ser, en lugar de una, mil mariposas…

Sábado, 5 de Abril de 2008

Recuerdo que hace ya mucho tiempo, porque veinte años son algo, ya lo creo que son algo, en un suplemento dominical, tal vez el Blanco y Negro aunque no estoy en absoluto segura, dedicaron la portada y un extenso reportaje a Rossy de Palma. Supongo que sería más o menos en la época de «Mujeres al borde de un ataque de nervios» y por aquel entonces supe que había formado parte de «Peor impossible», grupo del que no recuerdo más que lo de «su-su-su-su-su-surraaaaando», aunque lo recuerdo tan bien como para ir a «al pie de la letra» y si algo me detiene es que no peso lo suficiente como para que me suban al escenario. El caso es que vi y leí el reportaje y todavía sigo preguntándome si todo aquel rollo de la belleza picassiana o cubista, algún adjetivo llevaba, no sería una ironía de cuatro graciosos que el resto de la población se tomó en serio. Igual me ha pasado recientemente cuando he visto figurar en las listas de sexys a Sarah Jessica Parker, Adrian Brody o Javier Bardem. Sigo dudando si ese tipo de relaciones se hacen por encargo y previo pago de su importe o son bromas de cuatro gurús con litros de mala leche. Pero lo que me tiene al borde del desquiciamiento, casi tanto como haber conocido a una «Anyélica con y griega» esta semana, casi tanto como los por el momento infructuosos esfuerzos de mi compañera por preñarse que la mantienen de baja médica, es oír hablar del estilismo de Amy Winehouse ensalzándolo. Me da igual que sea el maquillaje, la peluquería, el vestuario o el conjunto, cualquier cosa que no sea su voz, que para mí es lo único destacable y ya es suficiente. Porque cada vez que la miro veo en ella una versión insana (por difícil que parezca) de la madre de matrimonio con hijos. Y ni siquiera encuentro el aspecto original, porque me parece que basta con asomarse un poco a cualquier mercadillo para ver ese derroche de eye liner y esos cardados imposibles, centímetro arriba o centímetro abajo. Creo que para integrarme voy a tener que cambiar el color del cristal.
bellezas

Miércoles, 5 de Marzo de 2008

el placer Hace un tiempo ya, en este mismo sitio, aclaré lo poco que me suelen gustar los programas de cocina que han proliferado en las televisiones, pero repasando hace unos días «el mundo» me llamó la atención el resumen (a la izquierda de sus pantallas, pinchen ustedes para ampliar) de una noticia sobre uno de estos espacios.
Si ya habéis visto la imagen, entenderéis que me sorprendiesen dos cosas en esas tres líneas. La primera de ellas, que alguien siga considerando afrodisíaco y sofisticado lo de las fresas y el champán, cuando hasta en los «eventos» que organiza cualquier empresario de la baldosa para inaugurar una tienda es lo que se sirve, pudiendo sustituir el alcohol por el chocolate. Aunque si al escribir champán se refería verdaderamente al champagne, sí es un puntito sofisticado, que aquí te endosan el vulgar codorníu en cuanto te descuidas, aunque yo me descuido poco y menos todavía desde que Caldera se hizo cadáver. Lo segundo es que el redactor (incluye también redactora, no sé lo que será porque nadie firma) haya necesitado que se crease este espacio para llegar a la conclusión de que el placer empieza por la boca, cuando esa es una verdad al alcance de cualquier adolescente medianamente espabilado.
Yo he pensado siempre que existe la cocina antilibido, porque nadie puede tener ganas de mover a una persona que está digiriendo una fabada, ni se puede sentir sexy en una casa donde se ha cocido berza u oreja, o se hayan asado sardinas, y tengo una relación problemática con las cosas supuestamente afrodisíacas, ya que no me resulta nada atractivo un señor que acaba de zamparse una mariscada con las manos si no me lo parecía previamente, ni me siento en absoluto dispuesta a que me prueben como mesa y me embadurnen con leche condensada a ver si así consiguen que sea dulce, o cualquier otra cochinadita por el estilo, y eso es algo que por culpa de «nueve semanas y media» se ha instalado para siempre en las mentes de muchos de los hombres (antes chicos) de la franja de edad con la que me relaciono (claro que si se les ha instalado eso, no en un plano íntimo, aclaro para los malpensados).
Por mucho que aprecie una buena comida, y de verdad que lo hago, creo que jamás me van a contar entre sus espectadores.

Jueves, 28 de Febrero de 2008

De entre los hechos extemporáneos que existen en el mundo, hay dos a los que tengo especial manía y ambos están relacionados con la política. La primera es esa cosa decimonónica llamada impropiamente «piquetes informativos» cuya misión principal, al contrario de lo que indica su nombre, no es explicar a los trabajadores los motivos de una huelga, que si ese fuese el motivo, medios mejores que pegar cuatro voces a la puerta del centro de trabajo hay, sino amedrentar y coaccionar para que se sumen a ella los que no están concienciados, en el mejor de los casos, o paniaguados por el sindicato «de trabajadores», en la mayoría de ellos; tampoco informan al público, salvo que por «informar» entendamos ese modo que tienen de hacer que, de estarse cumpliendo los servicios mínimos, nada funcione a base de sabotajes. De incontrolados, por supuesto.
Lo segundo que no entiendo es que existan campañas electorales, cuando casi nunca se dice nada y cuando se dice no se escucha, cuando para que exista un vuelco de votos ya sabemos todos lo que tiene que suceder y mejor que no. No lo entiendo salvo que sea una concesión que hacemos los ciudadanos a los políticos para que disfruten eligiendo con sus asesores el color del cuello de la camisa que no hace parecer un cadáver sin parecer tampoco un facha, el nudo de la corbata que da más dinamismo combinado con seriedad y confianza, el corte de pelo que transmita al espectador seguridad y todas esas cosas en las que por lo visto se fijan quienes ven mítines o debates, y para que puedan sacar sus trajecitos de sport, sus olvidadas o recién compradas cazadoras proletarias, que los políticos se visten «de pueblo» al dictado de sus asesores como el hortera se «viste» de cazador aconsejado por un amable dependiente de «el Corte Inglés». Y también para que se maquillen sin cargo de conciencia, aunque a alguno se le ha ido tanto la mano con la pinza de depilar que va a terminar pintándose las cejas, como las viejecitas.
Supongo que así el político puede sentirse estrella antes de estrellarse (todos menos uno, o todos a la vez) y sus asesores juegan como jugaba yo de pequeña, solo que sus mariquitas son de carne y hueso. No me consta, pero barrunto que lo que yo llamo «mariquitas» ahora no podrá llamarse así y habrá ganado la batalla la denominación «recortable», mucho más aburridamente correcta.
mariquita

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