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Apatía

Andaba yo buscándome atenuantes, que no se me da mal habitualmente, para la vaguería que me noto últimamente ante cualquier discusión, pero mucho más si es de política, y más todavía si es de política entremezclada con asuntos jurídicos. No sé si es contagio de la penosa clase política, llena de Leires, Pepiños, Bibianas y jóvenes de más de treinta presidiendo nuevas (que a esa edad de seminuevas no pasan, seguro) generaciones y conduciendo con copas de más, con un curriculum que se suele resumir en “no he salido de la sede más que para hacer lo que el partido exige”, que difícilmente coordinan dos frases (ni hablar de subjuntivas, que son difíciles de leer y más todavía de escuchar, a ver si el rebaño se va a perder el mensaje), y aún así parecen incapaces de pronunciar unas palabras sin que algún asesor (o varios, que para eso sí hay dinero) se las susurre previamente, pero a mí me aburre soberanamente que cualquier afirmación del tipo “A es tal” sea inmediatamente contestada con un “claro, tú eres de B”, o “pues B mucho más”, o al revés.
Ya ni siquiera me divierte un juego que hacíamos antes con los progres de salón y que consistía en descolocarlos a base de afirmaciones como “en España jamás se votó para cambiar el régimen de la monarquía a la II República”, o “una gran parte de la izquierda en el 31 se oponía al voto femenino”, porque la ignorancia ahora (no sé si siempre) además es empecinada, cerril, orgullosa y exhibicionista.
Pero no siempre es así, a veces la política es como un programa de Martes y Trece, y se puede ver al asombro de Benidorm aportando su granito de arena para la transformación de Expaña en un estado laico, celebrando el pentecostés que sustituirá al religioso (vade retro), aunque para mi gusto faltó el silbo canario, y tal vez el bable, y mi oído me dice que el andaluz profundo también tendría que ser otro idioma, aunque ya me descubrió Nicolás hace tiempo que no sólo el profundo… Bueno, y si quisiera ponerme exquisita y tuviese papel de fumar y alguna cosilla más, no podría parar aquí la enumeración, seguro, pero me falta no sólo la exhaustividad necesaria sino también la sensibilidad de nazionanista cateto y llorica tan abundante en la unión asimétrica de autonomías. O admirar al pasm(ad)o de Europa empezando una intervención sobre la solvencia de Expaña con la mejor frase que se le ha ocurrido, no sé si a él, a su inmenso equipo de asesores, o a Faemino y Cansado, pronunciada con esa energía contenida que tanto encandila a los lectores del exquisito Público y a los oyentes del moderado Iñaki: “no doy crédito”. Seguramente es verdad, ni da crédito ni se lo dan a él, y lo pagamos entre todos.
Eso sí, me he descubierto una (tal vez otra) patía, así que voy a empezar una lista.

Las mujeres de

Desde que aprendí lo que significa empatía sé que tengo muy poca. También del resto de patías en las que puedo pensar, incluida la sim (lo diré yo antes de que lo digan quienes no me quieren). Esta mañana, viendo las noticias mientras intentaba despertarme, que en mí siempre es un trance amargo, lo he vuelto a notar, porque por más que cíclicamente repetían el “calvario” de los jugadores del barsa no he conseguido apiadarme de ellos ni un poquito, ni pensar siquiera que el viaje para esos mártires a donde quiera que esta vez vaya Guardiola a mear colonia sea malo, como mucho algo peor de lo que acostumbran. Tampoco sé, en realidad, si alguno se ha quejado o es que hay que rellenar como sea entre partidos y se les ha estropeado por fin el vídeo de Messi cuando era pequ joven, porque que les dé vergüenza repetirlo tanto lo descarto.

Pero cuando he empeorado ha sido cuando, ya fuera de casa y despierta del todo (al menos en lo que cabe) he empezado a ver extractos de la entrevista en Vanity Fair realizada por bocas interpuestas a la elegante, bella y estilosa Sonsoles, que se siente en Madrid como en una sartén hirviendo. No logro yo apenarme por su vida, la verdad, ni creo que lo haga mientras viaje de compras a Londres con una comodidad que difícilmente voy a conocer, salga a pasear por “los bulevares de París”, lleve a sus conocidos de concierto y embajada, se vaya a “tomar un café a León” (¿ella sola, en cualquier tren o autobús o conduciendo su coche?), cierre piscinas para nadar o bucear a gusto o para que sus niñas hagan ejercicio, o elija los actos a los que acude a su conveniencia.

maridos y mujeresEl problema, supongo, es qué hacer con los “maridos y mujeres de”, pero siempre he pensado que ni tendrían que figurar en ningún lado de la vida profesional del otro, ni ser conocidos en esos términos. De hecho, tengo que confesar que he cogido manía a un cliente porque siempre que llama se presenta como el doctor fulanito (o sea, que es médico, no quiere decir que sea doctor) y no ha sido capaz de aprenderse el nombre de mi compañera, a quien siempre se refiere como “la mujer de”. Y a mí me molesta mucho la gente que es idiota y se empeña en demostrarlo. Tanto como las quejas de la sencilla Sonsoles, a quien supongo que llevaron drogada o engañada a la recepción con Obama. O tal vez la oportunidad de conocer al doble cósmico de su marido merecía sacrificar la quietud que tanto busca para ella, para sus niñas y para el pasm(ad)o de Europa.

Ya he dicho que tengo poca empatía, así que procuro no malgastarla en rabietas de malcriada si no son las mías.

Tiempo de silencio

No sé si es porque tengo mala memoria en general, pero me parece que cuando yo estudiaba (para examinarme, quiero decir) no había tantas vacaciones de Semana Santa. O tal vez es que la sensación que prevalece es la más reciente, y cuatro días me saben a poco. En realidad no son ni han sido nunca en mi caso vacaciones de juerga (que también, en ocasiones, pero no sólo), sino de procesiones y de actos religiosos, aquí o en otros sitios. En mi ciudad, que es donde a mí me gusta estar en esta época, es un tiempo de silencio. Este año, para nosotros, tal vez un poco más. Y aunque el cartel que anunciaba la Semana Santa era éste, para mis hermanos y para mí la imagen de este año es ésta:

Virgen de las Angustias

Supongo que por devoción o por tradición a cada uno le conmueven las imágenes que ha visto desde siempre u otras del estilo, o tal vez yo soy muy frívola, porque viendo el otro día extractos de celebraciones de Semana Santa de distintos lugares no he podido evitar pensar, como cada año por estas fechas, que a mí me dejan fría las tallas de vestir, y me quita todo el recogimiento que soy capaz de conseguir ver los Cristos articulados, con sus brazos desmadejados cuando los mueven. Pero lo peor para mí, con lo que sufro realmente, es con los que tienen pelo, de ese que ondula con el viento. No sé si será natural o artificial, me espanta tanto pararme a pensarlo como acordarme de los exvotos que he visto de refilón en algunos lugares, pero es ver las pelucas y acordarme de Sara Montiel. Con lo cual, además de perder toda la concentración, me pongo irreverente.

Y sin embargo, algo más habrá, porque todas esas imágenes consiguen en otras gentes la misma impresión que tengo yo cuando veo “las nuestras”.

Cristo de la Luz. Gregorio Fernández.

Adiós

rosas con espigas
Existen algunas personas, pocas, que desde la sencillez consiguen hacerse grandes, y pueden ser admiradas desde la cercanía. Con Miguel Delibes en su ciudad, que también es la mía, ocurría eso. Ha sido una referencia permanente, presente en el periódico y en la vida cultural, le hemos visto en las calles, porque no se fue a hacer carrera a Madrid, por las que pasaba tranquilo, y casi todos (al menos, de los que yo conozco) le hemos leído, aunque en mi caso fuese al principio obligada y sólo al final de su obra lograse reconciliarme con toda ella (por suerte para mí).
Llegan los homenajes en la muerte, aunque también los ha recibido en vida y se ha sabido hijo predilecto de su ciudad, que entre hoy y mañana le despedirá y arropará a su familia.
A mí me gustaba de Delibes, además de la forma de escribir en la que nos reconozco, la sensatez . Y admiraba en él, como en otro paisano ilustre también fallecido, su historia de amor sin aspavientos.
La tentación de hacer juegos con sus títulos para despedirle es grande, y seguro que a estas horas de la tarde se ha recorrido desde el ciprés hasta… bueno, no hasta el hereje, claro, ni se me ocurre cómo podría hacerse, pero yo creo que a él le cuadra mucho mejor un simple adiós, que es en realidad (la vida obliga) un hasta luego.

De la caña al algodón

Andaba yo estos días saliendo poco a poco de mi enmimismamiento, evitando en la medida de lo posible los sustos y los disgustos, cuando, obligada por las circunstancias, mi indignación ha vuelto a despertarse y esta vez no por una nimiedad, como solía ocurrir, sino por el empeño que tenemos en exhibir la indigencia intelectual de los ejecutantes o ejecutores (progresistas, claro) de guardia. Bueno, que además de ejecutores ambos serán autores, porque Güili fijo que alguna palabra o rebuz frase puso en lo de la boda de alejandro y ana (su obra cumbre, creo, junto con aquella mamarrachada tan eficaz de los goya) y Miguel tal vez discurrió lo de “ten cuidado yo lo digo por si”. Yo, como no ejerzo de progre, mantengo que tanta libertad tienen ellos para decir idioteces como los demás para criticarles, para quejarse de la libertad de expresión de los demás ya están los abajofirmantes de guardia.

En realidad, para lo que hacen, a mí me da igual que discurran poco o nada, o que sean progres de manual: nada añade ni quita a su oficio (no arte), y ninguno de los dos me gusta. Güili porque si algún mérito tiene hacer de galán de farfulla confusa, desmadejado y sucio, es no serlo en la realidad; tal vez el día que le vea interpretar a alguien aseado, inteligente, que vocalice al hablar y deseable, reconozca que es un actor estupendo, pero mientras no me lo parece. Y Bosé porque, aunque hubo un tiempo en que me gustaba, era una atracción más física que artística, la verdad, y primero se convirtió en un panzudito que iba a Cuba a disfrutar del relax, como dicen que se hacía en tiempos de Batista, sólo que montándose conciertos ¿por la libertad? con Juanes (otro progre de libro, son a los progres lo que Martínez el facha a la gente de derechas, si es que queda alguno que no se haya ido al centro), y ahora he mirado unas imágenes recientes y va camino de viejecita, como Paul, aunque se ha dejado perilla o barbita, que a mí particularmente me da bastante asco desde que he visto las imágenes del cura redondito, moreno y con pelo duro metiendo tripa y sacando pecho encaramado a unos muslos XXL (éstas no las enlazo por caridad).

Influida por los cuentos de hadas de los que tanto he disfrutado, creo que hasta ahora estaba convencida de que los malos pelos recubrían cerebros dotados, pero ya he visto que no. Y como el cerebro tiene en general peor remedio que el peinado, no entiendo el afán por señalar al par de artistazos porqué resultan abyectas sus ideas, ni dónde están sus errores, que ni con puntero van a verlos si tienen la Fidelidad (Castro, claro) por bandera. Sería mucho más provechoso asesorarles para que tuviesen mejores pintas sus cabezas, se puliese en uno el exceso y en otro se dejase de intentar pulir el defecto. Claro que no sé yo si en el caso de Güili será bueno hacer una labor de entresaca (de desmonte me parece que es imposible), porque ya decía mi abuela que todo lo que tapa ayuda, y aunque mis minivestidos y yo no le hagamos caso, creo que con la cara del progre-mártir tiene razón.

Menos mal que la técnica del implante ha mejorado y Bosé terminará pareciendo una abuelita, pero no una Nancy. Si fuese señora, tal vez en lugar de repoblar la zona (exteriormente, interiormente la doy por yerma) optase por el modelo que he visto el sábado en varias respetables damas (y en el flequillo de alguna), y que consiste en que la peluquera haga una labor de arquitectura levantando a base de secador y laca los pelos que van quedando de modo que formen una estructura lo más compacta posible alrededor del cráneo. Esto, que con una cantidad de pelo razonable da lugar a un casco, termina formando en el medio escaso una especie de algodón de azúcar. Hipnótico.
Algodón de azúcar

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