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Adiós

Existen algunas personas, pocas, que desde la sencillez consiguen hacerse grandes, y pueden ser admiradas desde la cercanía. Con Miguel Delibes en su ciudad, que también es la mía, ocurría eso. Ha sido una referencia permanente, presente en el periódico y en la vida cultural, le hemos visto en las calles, porque no se fue a hacer carrera a Madrid, por las que pasaba tranquilo, y casi todos (al menos, de los que yo conozco) le hemos leído, aunque en mi caso fuese al principio obligada y sólo al final de su obra lograse reconciliarme con toda ella (por suerte para mí).
Llegan los homenajes en la muerte, aunque también los ha recibido en vida y se ha sabido hijo predilecto de su ciudad, que entre hoy y mañana le despedirá y arropará a su familia.
A mí me gustaba de Delibes, además de la forma de escribir en la que nos reconozco, la sensatez . Y admiraba en él, como en otro paisano ilustre también fallecido, su historia de amor sin aspavientos.
La tentación de hacer juegos con sus títulos para despedirle es grande, y seguro que a estas horas de la tarde se ha recorrido desde el ciprés hasta… bueno, no hasta el hereje, claro, ni se me ocurre cómo podría hacerse, pero yo creo que a él le cuadra mucho mejor un simple adiós, que es en realidad (la vida obliga) un hasta luego.
De la caña al algodón
Andaba yo estos días saliendo poco a poco de mi enmimismamiento, evitando en la medida de lo posible los sustos y los disgustos, cuando, obligada por las circunstancias, mi indignación ha vuelto a despertarse y esta vez no por una nimiedad, como solía ocurrir, sino por el empeño que tenemos en exhibir la indigencia intelectual de los ejecutantes o ejecutores (progresistas, claro) de guardia. Bueno, que además de ejecutores ambos serán autores, porque Güili fijo que alguna palabra o rebuz frase puso en lo de la boda de alejandro y ana (su obra cumbre, creo, junto con aquella mamarrachada tan eficaz de los goya) y Miguel tal vez discurrió lo de “ten cuidado yo lo digo por si”. Yo, como no ejerzo de progre, mantengo que tanta libertad tienen ellos para decir idioteces como los demás para criticarles, para quejarse de la libertad de expresión de los demás ya están los abajofirmantes de guardia.
En realidad, para lo que hacen, a mí me da igual que discurran poco o nada, o que sean progres de manual: nada añade ni quita a su oficio (no arte), y ninguno de los dos me gusta. Güili porque si algún mérito tiene hacer de galán de farfulla confusa, desmadejado y sucio, es no serlo en la realidad; tal vez el día que le vea interpretar a alguien aseado, inteligente, que vocalice al hablar y deseable, reconozca que es un actor estupendo, pero mientras no me lo parece. Y Bosé porque, aunque hubo un tiempo en que me gustaba, era una atracción más física que artística, la verdad, y primero se convirtió en un panzudito que iba a Cuba a disfrutar del relax, como dicen que se hacía en tiempos de Batista, sólo que montándose conciertos ¿por la libertad? con Juanes (otro progre de libro, son a los progres lo que Martínez el facha a la gente de derechas, si es que queda alguno que no se haya ido al centro), y ahora he mirado unas imágenes recientes y va camino de viejecita, como Paul, aunque se ha dejado perilla o barbita, que a mí particularmente me da bastante asco desde que he visto las imágenes del cura redondito, moreno y con pelo duro metiendo tripa y sacando pecho encaramado a unos muslos XXL (éstas no las enlazo por caridad).
Influida por los cuentos de hadas de los que tanto he disfrutado, creo que hasta ahora estaba convencida de que los malos pelos recubrían cerebros dotados, pero ya he visto que no. Y como el cerebro tiene en general peor remedio que el peinado, no entiendo el afán por señalar al par de artistazos porqué resultan abyectas sus ideas, ni dónde están sus errores, que ni con puntero van a verlos si tienen la Fidelidad (Castro, claro) por bandera. Sería mucho más provechoso asesorarles para que tuviesen mejores pintas sus cabezas, se puliese en uno el exceso y en otro se dejase de intentar pulir el defecto. Claro que no sé yo si en el caso de Güili será bueno hacer una labor de entresaca (de desmonte me parece que es imposible), porque ya decía mi abuela que todo lo que tapa ayuda, y aunque mis minivestidos y yo no le hagamos caso, creo que con la cara del progre-mártir tiene razón.
Menos mal que la técnica del implante ha mejorado y Bosé terminará pareciendo una abuelita, pero no una Nancy. Si fuese señora, tal vez en lugar de repoblar la zona (exteriormente, interiormente la doy por yerma) optase por el modelo que he visto el sábado en varias respetables damas (y en el flequillo de alguna), y que consiste en que la peluquera haga una labor de arquitectura levantando a base de secador y laca los pelos que van quedando de modo que formen una estructura lo más compacta posible alrededor del cráneo. Esto, que con una cantidad de pelo razonable da lugar a un casco, termina formando en el medio escaso una especie de algodón de azúcar. Hipnótico.

¿Tendría la misma fragancia con cualquier otro nombre?
Siempre me ha llamado la atención que existan parejas que siguen juntas porque uno de los dos, y a veces los dos, tiene la esperanza de que el otro cambie. Me sorprende porque yo soy de las convencidas de que la gente no cambia, y salvo milagro, el infiel no se convierte en fiel, el cochino en aseado, ni el desconsiderado en atento, como mucho puede disimular durante un tiempo, en cualquier caso breve e inferior a lo que dura el romance, su condición. Jurará tras una pillada que no ha sido nada, que jamás se le ha pasado por la cabeza traicionar al amor de su vida, que todo ha sido un juego que el otro malinterpreta. Quizá compre más desodorante, tal vez se avergonzará cuando la suciedad sea demasiado evidente y limpiará, como decía mi madre aunque ella en un sentido mucho más blanco, por donde pasa la novia. Una de cada diez veces recordará un cumpleaños, un aniversario o una fecha señalada por sí mismo, tres se dará cuenta por la tarta, las velas o los paquetes antes de que sea demasiado tarde, y seis dirá que las fechas no son importantes, que lo importante es el día a día, como si su día a día fuese algo.
Sé en cambio que otras cosas sí pueden cambiarse, y el torpe puede hacerse, si no hábil o virtuoso, al menos cuidadoso y aplicado. En cualquier materia. Cuando tuve edad de pasar de la teoría a la práctica en cuestiones sexuales, hacía años que habían llegado al eslogan de “no hay mujeres frígidas sino hombres inexpertos”, así que con esa premisa, evitando porque no me gustan los menores que yo, y con la lógica aplicación, el desconocimiento lo hemos ido subsanando más o menos acompasados (ellos y yo). Pero entiendo que no todo el mundo prefiera el método ensayo-error y para ese sector de población me parece que está muy bien que se desarrollen estudios como «elaboración de un Mapa de Inervación y Excitación Sexual en Clítoris y Labios Menores; aplicación en Genitoplastia», aunque esa pobre hija de Casa del Pueblo (Bibiana, digo) tenga que soportar críticas por el despilfarro. Entiendo que el propósito del Ministerio será la aplicación en genitoplastia, pero ¿por qué desdeñar el resto de beneficios? Reconozco que al principio el título no me ha gustado, demasiada descripción. Me ocurre igual con las comidas, prefiero mil veces que un plato se llame “duelos y quebrantos” a tener que leer en la carta cosas como “hígado de pato salvaje flambeado al aroma de Pedro Ximénez sobre lecho de frutos secos y reducción de vinagre” porque eso no es un nombre, es una receta, y sólo se explica porque el camarero, en plan funcionario, se niegue a recitar ingredientes cuando el comensal indague antes de decidirse. Como título me gustaría algo más imaginativo y menos descriptivo, pero no tengo propuestas porque no servirían de nada y porque yo sola no voy a organizar una tormenta de ideas ahora. Pero, insisto, me parece que después del taller que organizaron sólo para adolescentes extremeños, lo que procede es el estudio del mapa de inervación en toda la unión asimétrica de autonomías, porque nadie nace enseñado. Y la recompensa es grande. Quien lo ha probado, lo sabe.
Las espirituales
Quien me conoce sabe de sobra que no soy nadie para dar lecciones sobre cómo posar en una fotografía, porque aunque la teoría me la sé bien, en esto, como en tantas otras cosas, lo importante es la práctica. Sé por tanto que no hay que cerrar y mucho menos entrecerrar los ojos, que hay que sonreír porque (casi) todo el mundo prefiere a los simpáticos pero sin forzar el gesto ni llegar reír con la boca abierta, y que hay que mostrar el mejor ángulo de uno mismo. Y tener paciencia con el fotógrafo. A mí me falla todo, porque soy especialista en tener los ojos, que de por sí tampoco ganan un premio por grandes, semiabiertos, especialmente si me río; sospecho que no tengo ángulo bueno porque jamás he logrado que lo capten, y encima la paciencia no me sobra como para derrocharla con alguien que tarda en apretar un botón ahora, que puedes disparar mil veces y desechar lo que no te guste sin dolor para el bolsillo (o en su defecto montar un bonito cedé con transiciones variadas y musiquita para torturar a visitantes).
Tampoco pongo mucho empeño, esa es la verdad, ni en posar ni en mejorar en la práctica mis posados, es uno de esos propósitos eternamente pospuestos porque nadie garantiza el éxito de la empresa y yo tengo la poco edificante actitud de la zorra con las uvas en muchas ocasiones. Y a veces sin las uvas, pero esos ratos son más divertidos, por lo menos para mí. La teoría es otra cosa, porque como buena aspirante a diletante, me fijo mucho en los demás para extraer mis conclusiones, y creo que esta temporada se lleva, en los posados femeninos, la mirada lánguida, fija en el horizonte, casi como extraviada, y la boca en semifrunce, que es un punto menos que la mueca de asco propia de maniquí de pasarela, sin arrugar la nariz del todo, consciente de la trascendencia propia pero sobrellevándola, casi transmitiendo serenidad. Si siguiéramos siendo de tradición católica hubiera apostado más por el lado místico que por el existencial, pero como no, la cara es como de acabar de cerrar un libro de Heidegger (después de haberlo leído, claro). Yo sólo consigo poner esa cara pensando “qué mona soy y qué importante es mi labor para la humanidad”, y por eso seguramente el espejo me devuelve a una impostora.
Lo malo de esta tendencia es que como una se descuide, o si obliga el atuendo, termina en una versión añosa de Inmaculada de Murillo. Así que las hay que prefieren dejar de lado lo espiritual y que no se note ni el dinero invertido en vestuario, peluquería y maquillaje, ni la importancia para el universo de la existencia propia, y siguen posando con la cara de cercanía, incluso de campechanía, la misma que llevan ensayando, claro que antes entre panas, desde su infancia en la Casa del Pueblo.
Calentando el sueño
Siempre he sido una persona inclinada al confort, dispuesta a ponerme en manos de depiladoras evolucionadas a esteticiennes, peluqueros ascendidos a estilistas, masajistas, etcétera. Valoro mi bienestar, lo procuro en la medida de mis posibilidades, e intento que quienes están a mi alrededor lo busquen (sigo hablando del mío) también sin parecer demasiado egoísta. Pensaba yo, en mi ignorancia, que conocía la mayor parte de las cosas que uno puede disfrutar para esos menesteres pero los informativos de la televisión siempre van un paso más allá, por lo menos desde que incluyen cosas que no son noticia, y hoy en uno de ellos he descubierto que existen los calientacamas humanos. Aunque por la temperatura a la que las ponen el nombre es demasiado pretencioso y más bien tendrían que llamarse templacamas.

Tengo que reconocer que nunca he sentido yo que mi cama estuviese tan fría como para no poder dormir en ella, la verdad, ni cuando era pequeña (mi bolsa de agua caliente en forma de muñeco telerín estuvo de adorno todo el tiempo hasta que el plástico dijo adiós) ni ahora. Pero si la sintiese helada en algún momento, y no pudiera remediarlo de otro modo, dudo mucho que recurriese al ¿sofisticado? método de la cadena de hoteles, porque si el amable calientacamas sale justo antes de que tú llegues, la dejará con arrugas, y entre dormir sobre un lecho frío y hacerlo sobre uno desordenado por otro que no cuente con mi colaboración, no tengo dudas: estoy hecha a un clima duro. Además, aunque supongo que tendrán prohibido usar perfumes y van cubiertos casi por completo (trajes enterizos han llamado a sus uniformes en la tele, aunque enterizo a mí me suena a parodia de rústico en comedia de Alonso Millán) el “casi” me preocupa: llevan la boca descubierta, y como se acomoden un poco de más, igual son de los que babean cuando duermen, con lo que la cama estará caliente pero la almohada mojada de una forma muy alejada de la que pensaba Aute, seguro.
Y, sobre todo, ¿cómo concilia una un sueño tranquilo sabiendo que su cama ha estado ocupada por unos seres vestidos de espermatozoide de carnaval?
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