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Jueves, 28 de Febrero de 2008

De entre los hechos extemporáneos que existen en el mundo, hay dos a los que tengo especial manía y ambos están relacionados con la política. La primera es esa cosa decimonónica llamada impropiamente «piquetes informativos» cuya misión principal, al contrario de lo que indica su nombre, no es explicar a los trabajadores los motivos de una huelga, que si ese fuese el motivo, medios mejores que pegar cuatro voces a la puerta del centro de trabajo hay, sino amedrentar y coaccionar para que se sumen a ella los que no están concienciados, en el mejor de los casos, o paniaguados por el sindicato «de trabajadores», en la mayoría de ellos; tampoco informan al público, salvo que por «informar» entendamos ese modo que tienen de hacer que, de estarse cumpliendo los servicios mínimos, nada funcione a base de sabotajes. De incontrolados, por supuesto.
Lo segundo que no entiendo es que existan campañas electorales, cuando casi nunca se dice nada y cuando se dice no se escucha, cuando para que exista un vuelco de votos ya sabemos todos lo que tiene que suceder y mejor que no. No lo entiendo salvo que sea una concesión que hacemos los ciudadanos a los políticos para que disfruten eligiendo con sus asesores el color del cuello de la camisa que no hace parecer un cadáver sin parecer tampoco un facha, el nudo de la corbata que da más dinamismo combinado con seriedad y confianza, el corte de pelo que transmita al espectador seguridad y todas esas cosas en las que por lo visto se fijan quienes ven mítines o debates, y para que puedan sacar sus trajecitos de sport, sus olvidadas o recién compradas cazadoras proletarias, que los políticos se visten «de pueblo» al dictado de sus asesores como el hortera se «viste» de cazador aconsejado por un amable dependiente de «el Corte Inglés». Y también para que se maquillen sin cargo de conciencia, aunque a alguno se le ha ido tanto la mano con la pinza de depilar que va a terminar pintándose las cejas, como las viejecitas.
Supongo que así el político puede sentirse estrella antes de estrellarse (todos menos uno, o todos a la vez) y sus asesores juegan como jugaba yo de pequeña, solo que sus mariquitas son de carne y hueso. No me consta, pero barrunto que lo que yo llamo «mariquitas» ahora no podrá llamarse así y habrá ganado la batalla la denominación «recortable», mucho más aburridamente correcta.
mariquita

Miércoles, 20 de Febrero de 2008

Hace unos días comentaba en el blog de Wolffo, no recuerdo a propósito de qué, lo poquísimo que me gusta la falta de pudor de la gente en general para contar aspectos de su vida íntima, incluyendo su fisiología. Supongo que la culpa de la normalización de las heces (duras o con textura de puré de lentejas), las almorranas (que suena igual de basto que hemorroides, y yo me pregunto: si no hay palabra buena para designarlo ¿por qué tienen que mentarlo fuera de una consulta médica?) y demás especies la tienen esos anuncios en los que una señora, como si estuviese delante de Patricia (la del diario), nos cuenta cómo cambia su vida dejar de tener picor vaginal, a nosotros, que deberíamos ignorar por siempre que el picor vaginal existe. Tampoco digo yo que tengan que comprar esos medicamentos o consumir esos alimentos (inauguro la palabra dedicada, ésta para Buch) disimulando, como los adolescentes de antes su primer condón, pero de hacerlo de tapadillo a llevar fanfarrias cada vez que se pide un frasco de pomada o se toma un tazón de ese cartón reseco llamado cereal con fibra, va un abismo. Ahora todos han decidido dejar de sufrir en silencio, y si llevamos las orejas puestas escucharemos sus dietas ricas en fibra mientras ponen la cara de satisfacción marca Coronado que lucen desde que han dejado de «hacer fuerzas». Claro que alguno, a base de llenar de fibra su dieta, no podrá ni pestañear fuera del cuarto de baño. Pero de los efectos secundarios de la fibra y de la epidemia de diarreas todavía no han hecho anuncios, así que no existen.
shhhhhhhhhEstas cosas antes no pasaban, antes existía un poco de pudor para tratar estos aspectos fuera del ámbito más cercano, y cercano no incluía a los compañeros de trabajo. Ocurría igual con los embarazos. Sin llegar a extremos de otras épocas, que casi recluían a la preñada cuando el volumen hacía imposible el disimulo, lo normal era esperar para anunciar la noticia al menos tres meses, «por si acaso». Eso hacía que hubiera «sólo» medio año de náuseas, antojos y patucos para los que no habían intervenido en la concepción. Ahora, imagino que porque queremos «transparencia informativa» en todos los aspectos de nuestras vidas, las emocionadas gestantes lo anuncian como si fuesen futbolistas, a la primera falta. Esto hace que los embarazos sean la historia interminable, eternos como una canción de Raimon o un discurso del prejubilado Fidel, y si la embarazada es famosa, que podamos seguir milímetro a milímetro el crecimiento de su tripa y de lo que no es su tripa durante ocho largos meses. Incluso, en campaña electoral, puede servir el nonato para hacer campaña por boca (grande, vive Dios) de su mamá ministra, y mientras posa para la revista «Elle» (es curiosa la querencia a las revistas de moda, yo hubiera apostado a priori por un posado en el «Gramma»), podemos enterarnos de lo paritario-conciliador («Vamos a trabajar mucho pero sólo te pido una cosa, no renuncies a lo más lindo que le puede pasar a una persona, que es tener hijos»), y expresivo («No hubo casi palabras, sólo una sonrisa. Inmensa. Era una sonrisa feliz») que es Rodríguez. Aunque pueda parecerlo («Cuando nos llamamos, lo primero que me dice Zapatero es: ¿Cómo está nuestro niño?»), Rodríguez no es el padre del futuro militante, es el jefe de la ministra y el representante de la unión de autonomías en la Alianza de las Civilizaciones.
Espero que un resto de pudor para los posados, que para las entrevistas ya he constatado que no lo tiene, evite que Chacón imite a Demi Moore y a todas las imitadoras de Demi Moore que en el mundo han sido. Aunque como los cortesanos de «la uno» sigan diciendo que es una de las políticas más atractivas, va a terminar cayendo en la tentación.
Y ruego para que la gente siga esperando por lo menos a la primera falta para anunciar la llegada de otro meoncete al mundo, porque al paso que vamos, veo cercano el día en el que estos anuncios se hagan tras el tiempo justo de darse una duchita rápida y vestirse, y sepamos cómo es la cara de una embarazada de cuarto de hora.

Jueves, 14 de Febrero de 2008

De entre las cosas que me resultan difíciles de imaginar, uno de los primeros puestos lo ocupa la intimidad de las parejas de las que no formo parte. Hablo, claro, de las que pueden tenerla, y eso excluye necesariamente a mis parientes cercanos, como excluye a los parientes cercanos de todo el mundo excepto de algún pervertido. Supongo que la intimidad que imagino en el resto se compone en parte de las experiencias propias que les cedo (pocas, es para lo único que soy avara) y en parte de lo que deduzco de cómo se comportan en público. O sea, que hay muchísimas posibilidades de que todo sea falso, lo sé. Y también sé que esas cosas no se piensan, y si se piensan no se dicen, pero a veces no puedo evitarlo (ni el morbo ni el ser lenguaraz).
No puedo dejar de imaginar un tedio insoportable, hondo buscando ser profundo, entre Jorge Drexler y Leonor Watling, y la imagen es tan terrible que sólo me aburre más si los evoco en un «loft», lleno de incienso y asientos incómodos, entonando a dúo, mientras se miran lánguidamente a los ojos, algún tema musical que les pegue: lento, lleno de notas bajas y repetitivo, ni puedo dejar de ver a Javier Conde y a Estrella Morente a punto de posar en un banco de un parque lleno de criadas y soldados ante el fotógrafo que les pide que miren al pajarito justo antes de meterse bajo el trapo negro, él sentado, ella detrás y de pie, los dos con una sinfonía de ondas al agua y gominas componiendo el semblante grave de quien deja todas sus imágenes para la posteridad, tratándose entre sí de usted mientras suena un organillo, tan antiguos se esfuerzan por ser, ni puedo dejar de pensar en el presidente Rodríguez y Sonsoles enfrascados en una competición a ver cuáles de sus cuatro ojos llegan más lejos en el salto, desorbitándose mientras se miran, ajenos al transcurrir del tiempo, ajenos al resto del mundo actual, echando una firmita al brasero y esperando para escuchar por la radio «el parte».
Me estoy dando cuenta de que todas las mujeres de las parejas que he citado saben cantar, algunas de hecho son voces imprescindibles en un coro numeroso, y sin ser solista, que es más difícil, así que no descarto que además haya un punto de envidia porque yo no es que no sepa, es que estoy físicamente incapacitada para hacerlo, y en un día como hoy sí me apetecería porque tengo hasta la canción elegida:

Por eso hoy te besaré, pero no me escucharás cantar…

Jueves, 7 de Febrero de 2008

A mí siempre me ha parecido que la vida sería mucho mejor si fuese una película: el director de reparto nos habría asignado un papel adecuado a nuestras características, de un simple vistazo sabríamos quién va a traicionarnos y con quién terminaremos comiendo perdices (con el protagonista, claro), y el equipo de guionistas, además de proporcionarnos unos diálogos inteligentes y amenos, impediría que en las bodas se desmandase un invitado, se quedase en mangas de camisa, y gritase «vivan los novios». Si el reparto estuviera bien hecho, los delincuentes tendrían cara de malos y sombra de barba, la mirada delataría a las pérfidas mujeres con alma de madrastra o de amante, peligrosas para las huerfanitas o cónyuges, y cuando nos levantásemos de la cama, en lugar de hacerlo despeinados y legañosos, lo haríamos con un peinado modelo «amanecer» enmarcando un maquillaje «natural». Está claro, y del párrafo anterior puede deducirse, que cuando digo película no pienso en una española porque no hay papel para la puta yonki, ni travesti amigo de la puta yonki, ni taxista pintoresco que traslade a la puta yonki y a su amigo travesti por los infiernos, hasta que mueran o maten, con la máscara de pestañas escurriendo churretosa por sus rostros demacrados.
Desgraciadamente mis padres mataron mis esperanzas de que la vida fuese una película y yo su protagonista, y además me contaban cuentos como el de «Riquete, el del copete», para enseñarme que a veces un aspecto repugnante podía esconder un espíritu hermoso, noble, cultivado, bondadoso y demás, y al contrario. Así, eliminé las asociaciones belleza-bondad y fealdad-maldad, y no me sorprendió gran cosa que, años después, en Penal estudiásemos las teorías de Lombroso sobre el hombre delincuente (protuberancias en la frente, pómulos y mentón salientes, labios partidos) como curiosidades antiguas y superadas.
Pero anoche, viendo las noticias, descubrí que lo último es encomendar la selección de personal a unos profesionales que se llaman morfopsicólogos, y que estos dotan de coartada a lo que se viene haciendo por las bravas, a saber: contratar a alguien para un puesto porque, entre otras cosas, nos agrada su aspecto. Y no de cualquier coartada, sino de una científica, pormenorizando si tus pómulos son firmes, tu rostro ancho, tu cara simétrica, tus ojos grandes, saltones o hundidos, etc. Es la versión ilustrada de lo que hacían Miss Marple o Poirot cuando un sospechoso les recordaba a la doncellita que dio un mal paso o a la mujer del empresario jabonero.
Reconozco que cuando lo escuché tuve un primer momento de rechazo, como si en lugar de un cuento de hadas ahora que sólo tengo edad de cuentos verdes, me estuviesen contando un cuento chino, aprovechando que celebran su año nuevo. Además, lo siguiente que hicieron fue entrevistar a un señor con el noble oficio de catador de sopas, cremas, caldos, purés y similares, el único que existe en España (o quizá en el mundo). Que será el único en plan profesional, porque catacaldos los hay a mansalva en todas partes.
augurPosteriormente he reflexionado, porque no era un programa tipo magazine, sino un informativo de esos que dan noticias, y las noticias tienen que ser veraces y contrastadas, hasta donde yo sé. Quizá entonces lo que ocurre es que, despojados de prejuicios y alumbrados por la búsqueda incesante de la verdad, vamos a ir descubriendo nuevos modos de interpretar el mundo y la humanidad. Tal vez, tras prestar atención al aspecto físico, alguien descubra que las líneas de la mano encierran valiosas informaciones, y puede que a alguien más avanzado aún se le ocurra que las fuerzas cósmicas se manifiestan si las dotamos de un canal adecuado, como una baraja, una taza de te o café, unas piedrecitas… Incluso es posible que descubramos en un futuro no muy lejano que el destino de nuestro pueblo lo saben perfectamente las aves, y nos lo indican con su vuelo o lo esconden en sus entrañas, y sólo esperan ser observadas o destripadas para manifestárnoslo y que no nos encuentre desprevenidos. A ver si al final va a ser verdad que, puesto que somos polvo de estrellas, todo está escrito en ellas.

Martes, 5 de Febrero de 2008

Entre las muchas incapacidades que tengo se encuentra la de no hallar parecidos donde todo el mundo lo hace, así que cuando veo un niño pequeño agoto enseguida los temas de conversación en los que yo puedo intervenir con un mínimo conocimiento de causa después de haber dicho «qué guapo» o «qué tierno» según haya salido de lograda la criatura, y luego asisto pasivamente al reparto de órganos que realizan gentes más hábiles que yo: «tiene los ojos de su padre», «tiene la nariz de su madre» (que en realidad los niños tienen todos pegotitos, los que tenemos narices somos los adultos, ni la persona más chata que exista en el mundo ha nacido con su nariz de adulto), «el pelo es de su abuelo» y todas esas cosas que se dicen con el bebé recién llegado al mundo.
En cambio, y seguramente para compensar, veo «parecidos» entre adultos o entre niños y adultos que nada tienen que ver entre sí. Por eso, y por descabellado que sea, yo me refiero a este anuncio como «el de Javier Marías de pequeño», porque para mí el niño protagonista se parece más al escritor que el propio escritor cuando era niño. También por eso hoy, que es el supermartes que tanto nos importa a los españoles según los medios de comunicación, me resulta más simpático Obama que Hillary, a la que veo una peligrosa tendencia a evolucionar igual que María Teresa Campos.
hillary unomtc dosPor lo menos en lo físico. Como yo no sigo la política estadounidense, no sé si su inteligencia, apertura de mente, genuino progresismo, valía profesional y todas esas cosas serán iguales en una y otra, ni me interesa, francamente, porque demócrata, más demócrata o republicano, lo único seguro es que al final el que gane lo que va a ser en primer lugar, por encima de todas las cosas y sobre cualquier otra consideración, es presidente de los Estados Unidos.
El que también debe de tener una aptitud igual que la mía para la cosa de los parecidos es Monsieur Sarkozy, que se ha casado con el borrador de Cecilia, veinte años después. Aunque quizá a él, que tiene más elementos de juicio, no le resulten tan similares como a mí. Al que desde luego no le resultan tan iguales es a nuestro presidente Rodríguez, que al ser preguntado al inicio del idilio sobre qué opinaba del asunto, haciendo gala de esa campechanía llena de talante y de esa hidalguía española, en lugar de soslayar cobardemente la cuestión invocando banalidades como la libertad del francés y a su intimidad, vino a decir algo como que salía ganando porque la nueva es más guapa. Lo único que me decepciona un poco es que yo le hacía más espiritual estando casado con Sonsoles, que siempre me recuerda un cuento de mi infancia.

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