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Jueves, 7 de Febrero de 2008

A mí siempre me ha parecido que la vida sería mucho mejor si fuese una película: el director de reparto nos habría asignado un papel adecuado a nuestras características, de un simple vistazo sabríamos quién va a traicionarnos y con quién terminaremos comiendo perdices (con el protagonista, claro), y el equipo de guionistas, además de proporcionarnos unos diálogos inteligentes y amenos, impediría que en las bodas se desmandase un invitado, se quedase en mangas de camisa, y gritase «vivan los novios». Si el reparto estuviera bien hecho, los delincuentes tendrían cara de malos y sombra de barba, la mirada delataría a las pérfidas mujeres con alma de madrastra o de amante, peligrosas para las huerfanitas o cónyuges, y cuando nos levantásemos de la cama, en lugar de hacerlo despeinados y legañosos, lo haríamos con un peinado modelo «amanecer» enmarcando un maquillaje «natural». Está claro, y del párrafo anterior puede deducirse, que cuando digo película no pienso en una española porque no hay papel para la puta yonki, ni travesti amigo de la puta yonki, ni taxista pintoresco que traslade a la puta yonki y a su amigo travesti por los infiernos, hasta que mueran o maten, con la máscara de pestañas escurriendo churretosa por sus rostros demacrados.
Desgraciadamente mis padres mataron mis esperanzas de que la vida fuese una película y yo su protagonista, y además me contaban cuentos como el de «Riquete, el del copete», para enseñarme que a veces un aspecto repugnante podía esconder un espíritu hermoso, noble, cultivado, bondadoso y demás, y al contrario. Así, eliminé las asociaciones belleza-bondad y fealdad-maldad, y no me sorprendió gran cosa que, años después, en Penal estudiásemos las teorías de Lombroso sobre el hombre delincuente (protuberancias en la frente, pómulos y mentón salientes, labios partidos) como curiosidades antiguas y superadas.
Pero anoche, viendo las noticias, descubrí que lo último es encomendar la selección de personal a unos profesionales que se llaman morfopsicólogos, y que estos dotan de coartada a lo que se viene haciendo por las bravas, a saber: contratar a alguien para un puesto porque, entre otras cosas, nos agrada su aspecto. Y no de cualquier coartada, sino de una científica, pormenorizando si tus pómulos son firmes, tu rostro ancho, tu cara simétrica, tus ojos grandes, saltones o hundidos, etc. Es la versión ilustrada de lo que hacían Miss Marple o Poirot cuando un sospechoso les recordaba a la doncellita que dio un mal paso o a la mujer del empresario jabonero.
Reconozco que cuando lo escuché tuve un primer momento de rechazo, como si en lugar de un cuento de hadas ahora que sólo tengo edad de cuentos verdes, me estuviesen contando un cuento chino, aprovechando que celebran su año nuevo. Además, lo siguiente que hicieron fue entrevistar a un señor con el noble oficio de catador de sopas, cremas, caldos, purés y similares, el único que existe en España (o quizá en el mundo). Que será el único en plan profesional, porque catacaldos los hay a mansalva en todas partes.
augurPosteriormente he reflexionado, porque no era un programa tipo magazine, sino un informativo de esos que dan noticias, y las noticias tienen que ser veraces y contrastadas, hasta donde yo sé. Quizá entonces lo que ocurre es que, despojados de prejuicios y alumbrados por la búsqueda incesante de la verdad, vamos a ir descubriendo nuevos modos de interpretar el mundo y la humanidad. Tal vez, tras prestar atención al aspecto físico, alguien descubra que las líneas de la mano encierran valiosas informaciones, y puede que a alguien más avanzado aún se le ocurra que las fuerzas cósmicas se manifiestan si las dotamos de un canal adecuado, como una baraja, una taza de te o café, unas piedrecitas… Incluso es posible que descubramos en un futuro no muy lejano que el destino de nuestro pueblo lo saben perfectamente las aves, y nos lo indican con su vuelo o lo esconden en sus entrañas, y sólo esperan ser observadas o destripadas para manifestárnoslo y que no nos encuentre desprevenidos. A ver si al final va a ser verdad que, puesto que somos polvo de estrellas, todo está escrito en ellas.

Martes, 5 de Febrero de 2008

Entre las muchas incapacidades que tengo se encuentra la de no hallar parecidos donde todo el mundo lo hace, así que cuando veo un niño pequeño agoto enseguida los temas de conversación en los que yo puedo intervenir con un mínimo conocimiento de causa después de haber dicho «qué guapo» o «qué tierno» según haya salido de lograda la criatura, y luego asisto pasivamente al reparto de órganos que realizan gentes más hábiles que yo: «tiene los ojos de su padre», «tiene la nariz de su madre» (que en realidad los niños tienen todos pegotitos, los que tenemos narices somos los adultos, ni la persona más chata que exista en el mundo ha nacido con su nariz de adulto), «el pelo es de su abuelo» y todas esas cosas que se dicen con el bebé recién llegado al mundo.
En cambio, y seguramente para compensar, veo «parecidos» entre adultos o entre niños y adultos que nada tienen que ver entre sí. Por eso, y por descabellado que sea, yo me refiero a este anuncio como «el de Javier Marías de pequeño», porque para mí el niño protagonista se parece más al escritor que el propio escritor cuando era niño. También por eso hoy, que es el supermartes que tanto nos importa a los españoles según los medios de comunicación, me resulta más simpático Obama que Hillary, a la que veo una peligrosa tendencia a evolucionar igual que María Teresa Campos.
hillary unomtc dosPor lo menos en lo físico. Como yo no sigo la política estadounidense, no sé si su inteligencia, apertura de mente, genuino progresismo, valía profesional y todas esas cosas serán iguales en una y otra, ni me interesa, francamente, porque demócrata, más demócrata o republicano, lo único seguro es que al final el que gane lo que va a ser en primer lugar, por encima de todas las cosas y sobre cualquier otra consideración, es presidente de los Estados Unidos.
El que también debe de tener una aptitud igual que la mía para la cosa de los parecidos es Monsieur Sarkozy, que se ha casado con el borrador de Cecilia, veinte años después. Aunque quizá a él, que tiene más elementos de juicio, no le resulten tan similares como a mí. Al que desde luego no le resultan tan iguales es a nuestro presidente Rodríguez, que al ser preguntado al inicio del idilio sobre qué opinaba del asunto, haciendo gala de esa campechanía llena de talante y de esa hidalguía española, en lugar de soslayar cobardemente la cuestión invocando banalidades como la libertad del francés y a su intimidad, vino a decir algo como que salía ganando porque la nueva es más guapa. Lo único que me decepciona un poco es que yo le hacía más espiritual estando casado con Sonsoles, que siempre me recuerda un cuento de mi infancia.

Viernes, 1 de Febrero de 2008

Siguiendo con mi programa de evasión de la realidad en los ratos que puedo, suelo llegar a mi casa por las noches justo a tiempo de ver, mientras cumplo con las labores propias de mi sexo, un concurso que emite antena 3 hecho con los restos de varios programas de tele 5. Así, que yo sepa, presenta un exconcursante de gran hermano al que no logro situar, pero lo hace bastante bien y parece normal, y cantan tres exconcursantes de operación triunfo, siendo uno de ellos, a su vez, exconcursante de pop stars. El programa consiste en que los concursantes seleccionados al principio de entre el público se sepan las canciones, todas en español, siendo lo importante la memoria para las letras y lo de menos la entonación. Yo jamás me plantearía ir a concursar, porque por si mi falta de afinación fuese poco motivo, además puede salir una canción en español de cualquier época, y cualquier época incluye todo lo que no son años ochenta, con lo pez que estoy yo en bisbales, bustamantes, chenoas, merches y demás, o en grandes éxitos de los años veinte e incluso anteriores; sin embargo, y gracias a que cuando yo era pequeña el conductor del autocar del cole no tenía dinero para más cintas o era fan de Rocío Dúrcal, puedo mascullar cosas como «tú querías que te dejaaaaaaara de quereeeeeeeeeeer y lo has conseguiiiiiiiiiidoooooooooo» con mi encantador estilo de esquivar las notas, pero acertando casi todas las palabras. Todas no, porque he descubierto viendo este programa que aunque cojo la idea general, soy muy mala para los sic musicales, y sustituyo palabras por otras que a mi juicio y al juicio de cualquier ser razonable encajan mucho mejor, además de haber sido incapaz toda la vida de cantar el chirriante «contestastes» que uno de los Cano puso en «la fuerza del destino».
gordaDecía que lo de menos es la entonación, y tan de menos es que puedo afirmar sin ningún género de dudas y sin asomo de autoindulgencia que ya han pasado unos cuantos por el escenario que cantan muchísimo peor que yo, y eso es decir muy mal, horrorosamente mal, y se mueven con mucha menos gracia, aunque dan más risa. La falta de pudor que demuestran algunos concursantes al dejar que los espectadores constaten su falta de oído es mucha, pero si se compara con la falta de pudor con la que más de la mitad exhibe sus michelines, se queda en apenas nada, porque, antes que leyendo ningún estudio, viendo este programa me he dado cuenta de que somos un país de gordos, pero gordos-gordos, gordos desbordantes, y cuando se trata de gordas, además de desbordantes, sin complejos. Porque muy desinhibida tiene que ser una para encerrar su anatomía de lámpara de lava en un escueto top de cuero rojo y negro, como he visto con estupor uno de los días, o para ponerse una camiseta de las de enseñar el ombligo, que con esos volúmenes una nunca sabe si es a propósito o es que les está pequeña, y además el ombligo no se ve porque está perdido entre los pliegues y las lorzas, mirando hacia el suelo por efecto de la curvatura de la panza, con el triste resultado de que las únicas que podrían ver el ombliguito de la moza serían las hormigas en el caso de que mirasen hacia arriba.
Desde luego sé que tienen derecho a vestirse como quieran y bla, bla, bla, y ni siquiera reivindico cuerpos perfectos por aquello de la viga en el propio, sólo digo que algún término medio tiene que haber entre ir (des)vestida así y vestirse como la de mocedades.

Martes, 11 de Diciembre de 2007

Poseída, como cada año, por el espíritu prenavideño, decidí el sábado dar una vuelta por algunos sitios de mi ciudad para ver el resultado de las obras (eternas, gracias a los ecologistas y otros colectivos), las luces y los adornos. Como no me gustan mucho las aglomeraciones ni las familias con niños sin garantías de estar civilizados, me pareció que un buen momento sería justo antes de ir a cenar, porque entre esas cosas que una cree que sabe, está que existe una hora adecuada para bañar y acostar a las criaturas, y que más o menos coincide con la hora en la que yo salgo de mi casa los sábados, después de mimarme, o de haraganear, o de ser responsable y organizar el lío creado durante la semana, o de poner el Belén y decorar el árbol, como en esta ocasión. Pero las cosas que una cree que sabe no tienen necesariamente que ser verdad, como comprobé el sábado en la plaza mayor de mi ciudad, llena de niños trasnochadores y, lo que es peor, de sus padres y abuelos, haciendo cola para subir a un carrusel, sentándose en un trono vacío que mi madre me ha dicho que es de papá Noel y yo espero que sea para los Reyes Magos y para sus pajes (sería mucho más justo, a fin de cuentas, porque siendo seis pueden repartirse el horario laboral haciendo turnos, y así ninguno terminará congelado), gritando e intentando zafarse de las manos de los adultos que velaban por ellos, aunque no por su sueño ni por su higiene. Pero lo peor no era la cantidad de niños que había, gritando y llorando que es lo que saben hacer, ni siquiera aunque me hubiera dado por multiplicarlos por los 2.500 euros que nos han costado muchos de ellos y que me hace mirar a los cochecitos con cara de tio Gilito, sino la cantidad de padres y abuelos conduciendo sillas de bebé en sus múltiples versiones, aparatosas todas, con la desconsideración más absoluta hacia los pies y espinillas del prójimo como único carné.
un dulce bebé Especial mención merece una señora bajita que, cual Hamilton, logró pasar por (no entre, no, literalmente por) cinco filas de humanos en el tiempo récord de tres segundos gracias a la silla vacía que fue estampando contra todos los tobillos que no se apartaron a tiempo (mayormente porque los dueños de los tobillos estaban de espaldas a la homicida hormonada); iba la minimadre seguida por un minipadre apocado con criatura de ojos abiertos a duras penas en brazos, y una vez llegó la troupe a la verja que protegía al Nacimiento (mínimamente, la verja es bajita hasta para la pareja de minipadres), colocó estratégicamente la silla delante de ellos, protegiéndose y protegiéndoles de las hordas de humanos cojos que había dejado a su espalda. Afortunadamente no estábamos a bajo cero, y los golpes no degeneraron en fracturas como podría haber sucedido en caso de chocar el arma contra tibias congeladas; supongo que los obstáculos humanos terminarían sólo con algún cardenal, pero como la mayor parte de ellos iba también con criatura adosada, podría pagar con la misma moneda a la señora. Yo, que iba desarmada, sin mucho tacón y en franca minoría, opté por una retirada a tiempo. Pero estoy dándole vueltas al asunto y cada vez veo más ventajas a lo de tener niños, ahora que tenerlos no supone renunciar a nada, ni a trasnochar, ni a ir a bares o restaurantes llenos de humo, te dan una propinilla y, sobre todo, porque si saco de paseo una silla sin tener uno para meter dentro me van a terminar internando en colaboración con algún psiquiatra.

Viernes, 7 de Diciembre de 2007

Con lo ordenada, o rutinaria (si tuviese el día bueno pondría detallista, pero es puente para otros), que soy para lo de las celebraciones (cumpleaños y aniversarios incluidos), por estas fechas lo que toca es un post sobre la Constitución; pero como también aborrezco repetirme, al menos de manera intencionada, porque inadvertidamente lo hago como todo el mundo excepto los humanos tipo veleta subtipo esponja, que en lugar de repetirse a sí mismos repiten al dictado de su última influencia, este año voy a pasar de glosar las virtudes, o buscar los defectos, o rememorar la historia de nuestra Constitución.
disco-rPensando en lo que nos repetimos, acabo de caer en la cuenta (sí, uno de mis encantos es lo que tardo en caerme de algunos guindos, con lo despierta que soy para otras cosas) de que, llegada una edad, todas las palabras de amor que escuchamos han sido dichas antes por la misma boca solo que para otros oídos. Llevo un rato dando vueltas al asunto y me parece tan inaceptable dedicar siempre las mismas frases de amor en las distintas relaciones como escoger siempre la misma canción como «nuestra canción» con parejas diferentes, aunque reconozco que este grado de perversión ni lo he conocido ni lo concibo, supongo que es de esas cosas que sólo se le podría ocurrir hacer a alguien con tendencia a ser asesino en serie o similar.
Pero lo de escuchar frases que ya han sido dichas en parecidas circunstancias, cuando las circunstancias son amorosas, no me gusta, lo cual me debe de encuadrar en la categoría de las celosas retrospectivas para el común de los mortales; sin embargo, como no me apetece nada estar metida en ese saco y a veces soy indulgente conmigo, prefiero pensar que esta manía que acabo de descubrirme, sin motivo aparente que la justifique, es algo así como la reivindicación de que la imaginación del amante no se estanque. Aprovechando que me ha salido un pareado alguien tendría que utilizar el eslogan y emitirlo en las clases de primaria con unos dibujitos adecuados, para que vaya penetrando en las mentes tiernas. Como a mí no me ocurre lo de repetir a uno lo que he dicho al anterior, puesto que siempre he sido cuidadosa con lo que decía (o sea, que he sabido dosificarme), pensaba hacer un favor a la humanidad (a las futuras generaciones, la mía está perdida ya) y sintetizar en unas normas básicas la actitud adecuada para que esto no ocurra. Pero meditándolo más detenidamente, he llegado un minuto después a la conclusión de que para sintetizar normas básicas en esta materia ya están el telva, el cosmopolitan o el superpop, según la edad de los educandos, o el diario de patricia para analfabetos de todas las edades. Así que cada uno que discurra por sí mismo cómo ser original también en esto, aunque sin pasarse. O pasándose, que en la intimidad está todo permitido, algunos hasta habla(ba)n catalán.
Lo que no consigo sacudirme es la molesta sensación de saber que cada vez que he oído, por ejemplo, eres mi vida, no era yo la única vida, y eso en el mejor de los casos, que es no dar con uno que tenga varias vidas simultáneamente (¿las siete de los gatos serán simultáneas o sucesivas, por cierto?), sin que pensar eso me coloque en la categoría de las celosas contemporáneas, que una cosa es tener celos, y otra muy distinta negarse a ser harenera.

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