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Domingo, 11 de Mayo de 2008

o «Et tu, Brute», dicen que fueron las últimas palabras pronunciadas por César antes de expirar, asesinado. Si hubiera sido un español de hoy, de los que ven series como «Aída», «los hombres de paco», «el síndrome de ulises» y demás ordinarieces, creo yo que le hubiese salido un sentido, rotundo y entonado «cabrón», pero seguramente los que no estuviésemos presentes escucharíamos una versión más refinada elaborada por sus deudos, aunque resultase increíble, igual que nos contaron después de morir Cela que sus últimas palabras fueron «viva Iria Flavia». Pero las elaboraciones post mortem de los dolientes sirven luego para bonitos libros recopilatorios de frases dichas en los últimos momentos por gente célebre sin necesidad de achacárselas todas a Oscar Wilde, y no me consta, pero supongo que este tipo de libros tendrá bastante éxito en España, con lo que nos gusta un muerto presentable que nos dé ocasión de ir al velatorio multitudinario, entonar elegías y contar ante una cámara de televisión anécdotas idiotas sobre si tenía buen apetito o fina retranca, y aunque en vida le hayamos hecho pasar las de Caín.
Yo, que soy una burguesa sentimental, si alguna vez he pensado en la muerte, mía o de alguien querido, y suponiendo que el nudo de la garganta me dejase hablar, siempre he creído que emplearía los últimos instantes en hacerle saber cuánto le quiero, o sea, una cosa lacrimógena en la que, mientras no se dé el caso, prefiero no detenerme. Soy consciente de que nadie puede saber cómo va a reaccionar en esos momentos, ya sea el que se muere o uno de sus deudos, pero creo poder afirmar, sin género de dudas y poniendo la mano en el fuego sin quemarme, que si estuviese viendo morir a mi madre lo último que se me ocurriría sería pedirle que hiciese de Casandra, y de este modo, egoísta de mí, impediría su lucimiento póstumo. Decididamente Rodríguez y yo tenemos distintas «sensibilidades».

Sábado, 19 de Enero de 2008

En todo el tiempo que llevo con el blog público, muchos de los enlaces han ido desapareciendo porque los autores de esos blogs han dejado de tener ganas, o tiempo, o ambas cosas, para mantenerlos abiertos, y lo han anunciado con mayor o menor dramatismo. Esto, aunque a veces apena porque dejas de leer a gente que te gusta, entra dentro de la lógica de la vida. Lo que jamás me había pasado era saber que uno de los blogs enlazados ya no va a actualizarse nunca porque su autora ha fallecido. Y eso no está entre las cosas que una puede llegar a imaginar, porque no tenemos edad, porque aún no nos toca a nosotros, porque la muerte no tiene que llegarnos todavía a nosotros. Ni lo podía imaginar antes, ni lo puedo entender ahora, que han pasado unos días y sé que ha sucedido.
A algunos de vosotros os he ido conociendo aquí, pero antes del blog ya conocía a algunos de los autores de los blogs enlazados, he compartido con ellos muchas horas de charla, y casi siempre de risas; después, los trabajos o los pañales (todo marrón) nos han ido quitando tiempo, pero, al menos en mi caso, no cariño. De antes conocía a Mons, a Binche, a Big, a Esther y a Maribel. Y, desde luego, a la Bruja del Norte, que siempre continuaba con las canciones que proponía Voyeur en aquellas mañanas llenas de risas, que a veces desaparecía cuando le caía un marrón en el trabajo, que era valiente en un sitio donde los que son valientes lo son hasta la temeridad pero no abundan, y en la que siempre que veo unas manos bonitas y cuidadas, pienso. Quiero recordarla como era ella, clara, apasionada, irónica, alegre y de buen humor, y seguro que cuando pase un poco de tiempo lo consigo. Seguro que lo van a lograr también, con mayor motivo y cuando pase más tiempo, Color, sus padres y su hermana. Aunque de momento las rosas no parezcan flores.
para Makats

Viernes, 1 de Septiembre de 2006

Creo que ya he explicado que dormida no tengo pesadillas (dos en toda una vida, hasta el momento y que siga así, no es como para presumir de tenerlas); en cambio, estando despierta, no sé el motivo por el cual tengo gran facilidad para imaginar cosas horrorosas, capaces de conmoverme en lo más íntimo (en el mal sentido), y que incluso me pondrían la piel de gallina si no fuese por lo ordinario que es (bueno, igual que se ponga más que ordinario es inevitable, pero el nombre es horrendo). Últimamente una de las peores que puedo imaginar, y lo hago con frecuencia porque tengo un lado oscuro además de uno verde, reconozco esta debilidad mía pero que nadie la aproveche, es la invasión de parejas que se llaman entre sí “cari”. En público y a voces, claro, porque en privado o en susurros cada cual se excita como puede y “cari” es igual de bueno o malo que “albondiguita”, “meloncito”, “chimichurri” y similares. Me estoy dando cuenta de que si yo intento buscar apelativos cariñosos me deslizo sospechosamente por el lado de las comidas (gastronómico, o sea) y siempre en diminutivo, prueba evidente de mi falta de práctica (en lo de los almíbares, quiero decir).
Los “caris” existen, aunque de momento no tantos como caben en mi mente en momentos oscuros, y seguro que se reproducen entre ellos y tienen niños que llamarán a sus parejas “cari” a su vez, si es que no descienden un escalón más y se llaman entre sí “papá” y “mamá”, en plan incestuoso. Lo malo de las parejas que yo digo, e imagino a nada que me descuide, es que no están proscritas a moverse sólo entre su casa y el carrefour más cercano montadas en un coche de esos de la marca barata que ha hecho unos anuncios tan cutres que ni el precio resulta atractivo, espacio y trayecto que yo considero su hábitat natural, sino que lo invaden todo. A ratos intento ser comprensiva, y me digo que tal vez la explicación a esa desviación sea su pertenencia al grupo de los infieles (en el sentido sexual, no religioso) o monógamos sucesivos de la subespecie culo inquieto (cambian rápido de pareja), y que es más sencillo usar una cosa genérica que un nombre propio, porque disfrutas mucho más si puedes relajarte y no tienes miedo a deslices delatores, pero en otros momentos de lucidez considero que no puede haber tanto infiel y me desespero buscando otros motivos, como que quieran conservar sus nombres en secreto porque sean espías cuya tapadera es una vida familiar, porque tengan nombres malsonantes (todos los que terminan en ano, por ejemplo) o se llamen todos Caridad (no sé si sirve igual para hombre que para mujer, como Trinidad; tampoco sé si hubo un tiempo en que las Caridad repoblaron los parques infantiles como hacen ahora las Lucías y Paulas, porque yo sólo he conocido una Cari y era la señora que se ocupaba de la casa cuando nosotros éramos pequeños) o porque pertenezcan a una religión que les prohiba revelar su nombre so pena de condenación eterna; el de que les guste no quiero ni contemplarlo, porque sufriría más todavía, y bastante duro es el final del verano por sí mismo como para agravarlo con pensamientos propios o con canciones del Dúo Dinámico.

Lunes, 21 de Agosto de 2006

Hace unos días, en mis ya lejanas vacaciones, estuve cenando en un restaurante de esos que te ponen el plato delante y te cantan los ingredientes porque no hay nombre para bautizarlos lo suficientemente descriptivo, y quieren que se note el trabajo del anteriormente conocido como cocinero y ahora restaurador. A mí me suelen gustar las combinaciones raras de comidas (y las comidas en general, se podría decir que soy aficionada), así que por ese lado, muy bien. Claro que también me gusta que el servicio sea correcto, y ahí había poco más que buena voluntad. Sin embargo, me aguanté las ganas de explicarles cómo se colocan los cubiertos o que poner una cubitera para el vino sin un camarero pendiente o una servilleta para servirlo es más bien una cochinadita, y de todas formas enseguida dejamos de fijarnos en las carencias (excepto la vez que la camarera se rascó el culo por dentro de la falda y del biquini*, metiendo la mano por la cinturilla) porque lo verdaderamente interesante de la cena era el especimen masculino de la mesa de al lado que, inmediatamente, en cuanto llevábamos cinco minutos sentados, fue bautizado por nosotros como «el erudito». Casi al final de la cena la que fue bautizada fue su acompañante, porque el vinillo había hecho efecto en el erudito y se levantó con demasiado impulso a pedir un café y la cuenta.
pregoneeeeeeeeero El erudito iba acompañado por una chica con la que todavía no tenía roce sexual, sobre esto había consenso en mi mesa, aunque discrepábamos sobre si se conocían desde hacía tiempo o no.
El erudito iba de caza y su acompañante también, pero mientras ella desplegaba una estrategia clásica de aprieto los brazos, resalto las tetas, me inclino hacia delante, pongo la manita al alcance del sustituto de macho alfa, él llevaba escrito en la cara un historial de cuarenta años de virginidad con garantía de futuro. O quizá no lo llevaba escrito en la cara, quizá sólo pensamos eso cuando le escuchamos relatar en voz alta, a propósito de la ensalada con fantasía que tanto él como nosotros íbamos a comer, el cuento del traje del emperador, impostando la voz para que toda la sala lo escuchase y ante las miradas de su acompañante (arrebolada, había ganitas) y de la camarera (atónita, como de dolor de pies pero peor). No entendimos a qué venía porque claramente nosotros en lo único que le aventajábamos era en que sabíamos modular el tono de nuestra voz como si nuestra conversación sólo nos interesase a nosotros, y hoy es el día en que cuando no tengo otra cosa en qué pensar o no me apetece, doy vueltas a los ocultos lazos entre las cuatro variedades de lechuga, la vinagreta de miel, el parmesano y el chorizo frito con ir desnudo y disimular. Se nos escapó la explicación prendidos como estábamos de su voz de cuentacuentos, tan hambriento como sordo. Y así siguió, con toques de cosmopolitismo, manga (o sea, Oliver, Benji y punto) y varias cosillas más, hasta el café mismo, pendiente de su voz como un narciso acústico, mientras ignoraba tanto los oídos de los que no le conocíamos como los más que evidentes intentos de aproximación y roce de su compañera, que tenía tantas ganas de jarana que hasta le reía las gracias.Viendo como iba el asunto, sólo consumaría si al salir del restaurante logró arrinconarle y llenarle la boca para que no pudiera volver a articular palabra en una hora o más. Difícil lo veo, más bien al erudito le pegaba hablar de cualquier cosa en el trance, que para él será un mínimo desahogo, porque lo que de verdad le pone es el bla, bla, bla propio y a todo volumen, como un tunero de sí mismo.

* lo de bikini no es un eufemismo para no decir tanga o braga (a fin de cuentas acabo de poner rascar y culo), es que la criatura iba vestida con una camisa y una falda blancas y se veía el bikini naranja debajo; no como su tripita de embarazada, que iba al aire. O sea, como en un chiringuito pero sin arena en el suelo (en orificios de su cuerpo ya no me atrevo a asegurarlo)

Miércoles, 18 de Enero de 2006

mientras duermoYo antes tenía sueños que quizá no fuesen poéticos, nunca hubiera podido ser el tú de Bécquer (no era moderno, escribía con q su apellido, por más que se empeñen algunos de sus «fans»), pero tenían un punto absurdo pasablemente divertido, o un puntito húmedo que siempre resulta gratificante (y no, esos no voy a publicarlos). Sin embargo, hace ahora una pequeña temporada que los sueños (los que tengo mientras duermo) han desaparecido. No sueño ni para bien ni para mal (mis pesadillas siempre, salvo en dos ocasiones, son despierta), o si lo hago no lo recuerdo, aunque esto tampoco me importaba mucho, ni siquiera había reparado en ello hasta que me he despertado al escuchar mi voz en medio de la noche diciendo «Higueruela es que es una pasada».
Nada tendría de particular estar soñando con las maravillas de Higueruela, aunque yo nunca digo lo de «es una pasada», creo, pero teniendo en cuenta que ni siquiera me consta que Higueruela sea de los sitios que yo he visitado o por los que he pasado en mi vida y, más aún, que ni siquiera sabía situarla en el mapa (por eso jamás escojo geografía en el Trivial, ni me río de los estadounidenses porque no sepan donde está España), me he despertado sobresaltada por no saber con quién estaba yo manteniendo una conversación de ¿turismo rural? y asombrada por las cosas que puedo llegar a decir dormida, aunque pensándolo sensatamente peor fue el día que quería esconder una pistola e instaba a quien dormía a mi lado a que colaborase; peor por lo del arma, y porque hay un testigo que siempre puede recordarlo.
Bien, un incidente, podría pensar cualquier lector habitual u ocasional de estas cosas, y yo tampoco daría más importancia al asunto si no fuese porque anoche, antes de irme a la cama, mientras aguardaba a ver quien ganaba el combate, si mis párpados o mi mente, que quería seguir despierta, durante ese sueño reparador de cinco minutos en los cuales piensas que estás despierto pero no, soñé que saboreaba una tarta de chocolate, bizcocho y crema pastelera. Y para eso tampoco existe motivo, porque ni me gusta la crema pastelera ni me he puesto a dieta como para andar soñando con dulces, ya que aunque he ganado unos kilos y cuando me repliego sobre mí mi cuerpo saca cositas donde antes no había nada, mi cara y mi esternón (entre otros) parece que lo agradecen.
No estaría mal poder programar lo que voy a soñar, pero el (o lo) que dirige el repertorio es tan flexible, abierto y plural como Carmen Cafarell o María Antonia Iglesias, por no poner el ejemplo en el que todos pensamos más fácilmente.

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