Archivo de la categoría ‘La ciudad interior’

Sin arrugas en la frente

Hace poco tiempo, en lugar de escuchar canciones escogidas por mí en el coche, vuelvo del trabajo por las tardes escuchando la radio y cambiando con la ruletilla del volante cada vez que sale una que no me gusta (si no me gusta, no puedo cantarla; bueno, no es del todo cierto, el “jardín prohibido” puede ser la canción que más aborrezca del mundo y me la sé entera). De esta manera he llegado a una emisora que anoche preguntaba a los oyentes cuál fue su primera canción, la primera que cantaron de pequeños, esa que en las cenas de Navidad los familiares te recuerdan para tu sonrojo (o no). Escuchando las respuestas que iba leyendo la locutora he llegado a dos conclusiones: todos sus oyentes, por lo menos los que escriben correos y mandan sms, son mucho más jóvenes que yo, y además tienen desde pequeñitos un gusto mucho más depurado que el mío en mi tierna infancia.
La primera conclusión me ha puesto mohína, como si no fuese bastante estar en marzo, en este año, y en la cuenta atrás.

Pero como no soy mujer de dejarme abatir, al menos no mucho, por suerte no por mucho tiempo, he hecho un esfuerzo por recordar mis primeras canciones, las que cantaba cuando era una niña con mofletes colorados. No sé exactamente el orden, pero sé seguro que cuando yo era muy, muy pequeñita, uno de mis tíos me cantaba, adaptándola a mi nombre, esta canción. Entonces me hacía rabiar, pero ahora, cuando alguna vez lo recuerda, siempre me hace sonreír.

Un poco después, con mi lengua de trapo, empecé a descubrir la vocación de corista que aún mantengo (a raya, eso sí) y elegí para iniciarme en el mundo del desafine una canción llena de oh, oh, ohes y shalalás. Seguramente en este punto de la confesión tendría que estar ya colorada de la vergüenza, pero soy indulgente conmigo diciéndome que a fin de cuentas era el pop de la época y frente a eso poco podía hacer yo, que no iba a comprar discos por aquel entonces.

Lo que ya no tiene ninguna explicación, siendo de donde soy y viniendo de donde vengo, es que me recuerde más tarde cantando y bailando esto frente a la tele del salón, pero más desmelenada y con más movimiento que la original. La única coartada que logro aceptar es que fuese una precoz e inconsciente rebelión contra la música clásica y los cantautores coñazo que sonaban en casa, y como atenuante diré que desde siempre aborrezco a los niños cantores, pero ni así me absuelvo del todo. Lo que sí hago ya es reírme.

Tiritas

Mis hermanos y yo, que desde el día 25 nos sentimos los seres más desdichados del universo (igual ellos sólo del mundo porque tienden menos al dramatismo que yo), tenemos en cambio innumerables motivos para sentirnos afortunados. Uno de ellos es que ninguno hemos tenido que llorar solo, y anoche, mientras inundaba los hombros de quien quiero durante los desbordamientos que llegan cuando no hay ya nadie ante quien mantener el tipo, pensaba en que las lágrimas tienen que ser mucho peores cuando no hay nadie que pueda recogerlas, y que siempre se tiene edad para ser acunado. Es verdad que hay acontecimientos en la vida para los que no hay remedio, pero el cariño de las personas que nos quieren y el ánimo de las que nos aprecian, aunque no remedia lo inevitable ni borra el dolor y la rabia, sí consuela. Como consuelan los correos, los mensajes y las llamadas de amigos (nos hayamos visto o no) que han pasado por un trance igual, y que en unos días que tenían que ser alegres para ellos han encontrado tiempo para hacer que me sienta acompañada y compadecida aunque les haya hecho recordar (más aún) sus propias pérdidas, o de los que tienen la suerte de no haberlo experimentado pero son capaces de imaginar lo que se siente.
También tenemos que sentirnos afortunados porque si mi madre hubiera podido elegir pienso que hubiese elegido esta forma de dejarnos, feliz, habiendo asistido a Misa la noche anterior, preparada para salir a dar una vuelta con los pequeños, antes de comer con toda su familia, y sin darse cuenta. Claro que no ahora, sino dentro de muchos años, y seguramente no en una fecha señalada, a ella le horrorizaba dar qué hacer o señalarse; aunque tal vez nunca es el tiempo oportuno. Y porque cuando todos sus amigos lo supieron, aunque nosotros avisamos sólo a los más cercanos, corrieron inmediatamente para arroparnos pese a ser el día de Navidad, y no han dejado de llamarnos, turnándose para no molestar, para ver cómo seguimos estando. Sus amigas, como ella, no ven en nosotros los adultos que somos, sino los hijos.
Pero sobre todo tenemos que sentirnos muy afortunados porque nuestra madre quiso serlo siempre, antes de tenernos y después, y vivió tan pendiente de nosotros que los tres se lo hemos reprochado muchas veces, que no fuese algo egoísta y pensase más en sí misma, y le hemos rogado que tuviese caprichos aunque a ella sólo se le antojaban cosas para nosotros, o para su suegra y su madre mientras vivieron las abuelas, o para sus hermanas, o para sus sobrinos, y sobre todo, para sus cuatro sobrino-nietos. Porque era genuinamente buena (sé que no lo parecerá, viendo la uva que gasto yo, pero es que yo soy de otra rama), tanto que lo ha tenido que oír como reproche muchas veces por nuestra parte, y por parte de sus amigas más íntimas, cuando veíamos que no había que rogar para que hiciera sincero borrón y cuenta nueva con algunas personas; porque era muy recta pero al mismo tiempo era tan simpática que no parecía mi madre; porque nunca nos hizo sentir una carga; porque era inteligente pero nunca sintió la necesidad de hacer alarde, todo lo contrario; porque disfrutaba y nos enseñó a disfrutar de las reuniones familiares, de tomar una cañita al salir de trabajar, o de un café en medio de las compras, o de una cena improvisada en el bar de la esquina si la cerveza se había alargado; porque se acordaba de todos los cumpleaños de su familia y conocidos, incluso de los nietos de sus amigos, y porque a ella le encantaba el suyo y jamás tuvo problema alguno con su edad, le gustaba cumplir años “porque eso es que seguimos aquí”. Por muchas cosas más que van y vienen de nuestras mentes en estos días en los que tendríamos que estar comprando y envolviendo sus regalos, que siempre eran sorpresas porque nunca conseguíamos que pidiese nada, y que siempre le encantaban porque era de esas personas convencidas de que lo importante es el acto de regalar y no el objeto que se reciba. Desde ahora, de nosotros sólo podrá recibir claveles rojos, que eran sus flores favoritas.

para mamá

Tendríamos que sentirnos afortunados, pero seguramente es demasiado pronto para que podamos hacerlo. Tal vez cuando se pase el enfado.

Los campanudos

Como de paciencia no voy sobrada, sino todo lo contrario, las cosas lentas no me gustan. Por no ser tan tajante contemplaré la posibilidad de que exista algo lento que me guste, pero ahora mismo no caigo en qué puede ser. Y exactamente igual que con las cosas, me ocurre con las personas: no me gustan los lentos. No creo que exista problema alguno por hacer esta confesión, porque del mismo modo que una no puede afirmar que no le gustan los pelirrojos o los gordos, sin que algún pelirrojo o gordo se ofenda con el escrito y se sienta discriminado (como si ellos no tuvieran preferencias, como si no eligiesen y como si fuese una cuestión de igualdad), afortunadamente casi nadie se reconoce lento (ni imbécil, ni egoísta, ni cretino, ni ignorante, ni jipiprogre, ni embustero, ni simple, ni infiel, ni bajo, ni vago, ni cobarde, como mucho lo hará de boquilla y para que se le contradiga, buscando el halago) y no creo que si llegan hasta aquí por una búsqueda casual se les hunda su frágil mundo.
De entre los lentos me dan especial pereza los que además hablan despacito. No tengo ninguna base, pero siempre he pensado que si les cuesta expresar una idea será que tienen dificultades para ordenar y coordinar su mente, y durante las conversaciones que mantengo con ellos (obligada por la vida, que es así de cruel) tengo que hacer esfuerzos constantes para no desviar mi atención entre palabra y palabra y para eliminar la tentación de probar si dándoles unos golpecitos acelerarían un poco el ritmo.
Creo que en esto estoy sola, porque sospecho que los asesores de comunicación (o jefes de imagen o como se llame el cargo) de los políticos, tras uno o varios sesudos (imagino) estudios, han decidido que los españoles preferimos que nos hablen lento. Es posible que hayan querido copiar a los líderes autonómicos de las regiones con lengua propia, que hablan despacito y con cuidado para que no se les note lo reciente del dominio (menos Fraga, por imposibilidad física). O tal vez saben que, igual que la mayoría ahora ya se pierde en las subordinadas leyendo y ni ayudándose con el dedito puede, es necesario hablar con frases cortas y sencillas, y repetirlas muchas veces, para que vayan penetrando en los cerebros nada cultivados que pueblan la audiencia. Además del ritmo del discurso, tengo para mí que los asesores, esos conspiradores, coreografían todo, así que obligan al pobre (especialmente pobre Chaves) político a subrayar cada idea con un movimiento (difícilmente grácil) de manitas crispadas y cuello tenso; teniendo en cuenta que las ideas son escasas en sus parlamentos, los movimientos son tan espaciados que terminan pareciendo todos marionetas con hilos invisibles. Así tenemos que ver a Rodríguez que, será por aquello de la paridad, subraya sus vacíos con movimientos simétricos de sus manos al unísono, primero hacia un lado y luego hacia otro del atril en el que se apoya.
Pero lo peor de todo es que cada vez más les convencen para que engolen la voz, a ver si hinchando el estilo se disimula lo magro de las ideas, el caso es que algo tenga resonancia. Es el estilo presidencial de ahora, que sustituye al labio paralizado con acento texano, y ha hecho tanta fortuna que las leires y bibianas necesitan horas para exponer contenidos que, en condiciones normales, con medio minuto sobraría para descartarlos. Es todo un arte, componer esos discursos vacíos pero largos, para recitarlos después, despacito pero muy mal, ante un público tan entregado como si estuviera delante del mismísimo Demóstenes.

La grima

A mí, que desde pequeña he sabido que existe Bibi Andersen, no me parece ni bien ni mal que existan hombres que quieran ser mujeres, o mujeres en cuerpos equivocados, u hombres en cuerpos equivocados, o las múltiples variantes que la diversidad sexual (si yo fuese una persona con vocación política o comunicadora hubiera puesto genérica, de género, pero me sigue pareciendo una aberración llamar género al sexo, como si las personas fuésemos palabras) haga posibles. Quiero decir, no me parece ni bien ni mal porque es algo que existe y ya está. Ni siquiera me permito sentir pena por si es políticamente incorrecto y me frena en mi ascenso a progre. Entiendo, además, que una vez que el sujeto toma conciencia de su problema intente parecer lo contrario, y como la obra va a ser humana (y médica), que se fije en un modelo especialmente atractivo, se trabaje un cuerpo escultural en la medida de sus posibilidades e intente emular el estilo de un hombre muy varonil o de una mujer muy femenina. El muy es a veces tanto que alguno incluso roza el exceso sin pretenderlo.

Para resumir, si yo quisiera ser o parecer un hombre, preferiría parecerme a George Clooney que a Pitingo, por grimoso, o a Mario Vaquerizo, por dudoso. Y si no fuese una mujer y quisiera parecerlo, preferiría sin ninguna duda a Charlize Theron. Bueno, eso incluso siendo yo. Mi lado frívolo y esteta en su peor sentido, que lo tengo, no puede entender que uno quiera afeminarse o que sea femenino de origen, me da igual, y elija como modelo a María del Monte, que seguramente es lista y simpática, y canta bien las sevillanas (ni idea), pero especialmente atractiva no es.

Entonces ¿por qué?

¿por qué?

Bien, lo reconozco, Falete despierta mis instintos sádicos (que tampoco suelen estar muy dormidos), especialmente desde una vez que le vi manicura francesa con las uñas demasiado largas y demasiado cuadradas rematando los dedillos demasiado gordos y demasiado blandos (incluso salchicheros), que es muy de actriz porno o de folclórica, y merece ajusticiamiento, pero sobre todo, abre múltiples interrogantes en mi mente y casi planta (casi, porque no soy propensa, se ve que son aristocráticas pero no reales) una jaqueca. También Pitingo cuando estaba de promoción. No puedo parar de darles vueltas a sus nombres guarretes, a sus formas de cantar, a su estética excesiva (de laca o gomina, de grasa), a la algarabía progre que levantan a su alrededor, y a esos pelos que no tienen el volumen justo por exceso o por defecto, porque alguien tiene que decirlo: el pelo tirante hacia atrás queda bien si eres Mónica Randall, el resto del mundo es mejor que se abstenga, incluidas las medias tintas tipo Betty Misiego; y el pelo tan largo y tan de punta sólo queda muy propio si eres Pumuky.

Es verles o acordarme de ellos e instalarme durante un rato en la grima. Menos mal que me puedo desahogar.

Tu quoque, Bruto, fili mi

o «Et tu, Brute», dicen que fueron las últimas palabras pronunciadas por César antes de expirar, asesinado. Si hubiera sido un español de hoy, de los que ven series como «Aída», «los hombres de paco», «el síndrome de ulises» y demás ordinarieces, creo yo que le hubiese salido un sentido, rotundo y entonado «cabrón», pero seguramente los que no estuviésemos presentes escucharíamos una versión más refinada elaborada por sus deudos, aunque resultase increíble, igual que nos contaron después de morir Cela que sus últimas palabras fueron «viva Iria Flavia». Pero las elaboraciones post mortem de los dolientes sirven luego para bonitos libros recopilatorios de frases dichas en los últimos momentos por gente célebre sin necesidad de achacárselas todas a Oscar Wilde, y no me consta, pero supongo que este tipo de libros tendrá bastante éxito en España, con lo que nos gusta un muerto presentable que nos dé ocasión de ir al velatorio multitudinario, entonar elegías y contar ante una cámara de televisión anécdotas idiotas sobre si tenía buen apetito o fina retranca, y aunque en vida le hayamos hecho pasar las de Caín.
Yo, que soy una burguesa sentimental, si alguna vez he pensado en la muerte, mía o de alguien querido, y suponiendo que el nudo de la garganta me dejase hablar, siempre he creído que emplearía los últimos instantes en hacerle saber cuánto le quiero, o sea, una cosa lacrimógena en la que, mientras no se dé el caso, prefiero no detenerme. Soy consciente de que nadie puede saber cómo va a reaccionar en esos momentos, ya sea el que se muere o uno de sus deudos, pero creo poder afirmar, sin género de dudas y poniendo la mano en el fuego sin quemarme, que si estuviese viendo morir a mi madre lo último que se me ocurriría sería pedirle que hiciese de Casandra, y de este modo, egoísta de mí, impediría su lucimiento póstumo. Decididamente Rodríguez y yo tenemos distintas «sensibilidades».

Categorías
Repásame
Alojamiento
PlicaZaragózame