Hace unos dÃas, en mis ya lejanas vacaciones, estuve cenando en un restaurante de esos que te ponen el plato delante y te cantan los ingredientes porque no hay nombre para bautizarlos lo suficientemente descriptivo, y quieren que se note el trabajo del anteriormente conocido como cocinero y ahora restaurador. A mà me suelen gustar las combinaciones raras de comidas (y las comidas en general, se podrÃa decir que soy aficionada), asà que por ese lado, muy bien. Claro que también me gusta que el servicio sea correcto, y ahà habÃa poco más que buena voluntad. Sin embargo, me aguanté las ganas de explicarles cómo se colocan los cubiertos o que poner una cubitera para el vino sin un camarero pendiente o una servilleta para servirlo es más bien una cochinadita, y de todas formas enseguida dejamos de fijarnos en las carencias (excepto la vez que la camarera se rascó el culo por dentro de la falda y del biquini*, metiendo la mano por la cinturilla) porque lo verdaderamente interesante de la cena era el especimen masculino de la mesa de al lado que, inmediatamente, en cuanto llevábamos cinco minutos sentados, fue bautizado por nosotros como «el erudito». Casi al final de la cena la que fue bautizada fue su acompañante, porque el vinillo habÃa hecho efecto en el erudito y se levantó con demasiado impulso a pedir un café y la cuenta.
El erudito iba acompañado por una chica con la que todavÃa no tenÃa roce sexual, sobre esto habÃa consenso en mi mesa, aunque discrepábamos sobre si se conocÃan desde hacÃa tiempo o no.
El erudito iba de caza y su acompañante también, pero mientras ella desplegaba una estrategia clásica de aprieto los brazos, resalto las tetas, me inclino hacia delante, pongo la manita al alcance del sustituto de macho alfa, él llevaba escrito en la cara un historial de cuarenta años de virginidad con garantÃa de futuro. O quizá no lo llevaba escrito en la cara, quizá sólo pensamos eso cuando le escuchamos relatar en voz alta, a propósito de la ensalada con fantasÃa que tanto él como nosotros Ãbamos a comer, el cuento del traje del emperador, impostando la voz para que toda la sala lo escuchase y ante las miradas de su acompañante (arrebolada, habÃa ganitas) y de la camarera (atónita, como de dolor de pies pero peor). No entendimos a qué venÃa porque claramente nosotros en lo único que le aventajábamos era en que sabÃamos modular el tono de nuestra voz como si nuestra conversación sólo nos interesase a nosotros, y hoy es el dÃa en que cuando no tengo otra cosa en qué pensar o no me apetece, doy vueltas a los ocultos lazos entre las cuatro variedades de lechuga, la vinagreta de miel, el parmesano y el chorizo frito con ir desnudo y disimular. Se nos escapó la explicación prendidos como estábamos de su voz de cuentacuentos, tan hambriento como sordo. Y asà siguió, con toques de cosmopolitismo, manga (o sea, Oliver, Benji y punto) y varias cosillas más, hasta el café mismo, pendiente de su voz como un narciso acústico, mientras ignoraba tanto los oÃdos de los que no le conocÃamos como los más que evidentes intentos de aproximación y roce de su compañera, que tenÃa tantas ganas de jarana que hasta le reÃa las gracias.Viendo como iba el asunto, sólo consumarÃa si al salir del restaurante logró arrinconarle y llenarle la boca para que no pudiera volver a articular palabra en una hora o más. DifÃcil lo veo, más bien al erudito le pegaba hablar de cualquier cosa en el trance, que para él será un mÃnimo desahogo, porque lo que de verdad le pone es el bla, bla, bla propio y a todo volumen, como un tunero de sà mismo.
* lo de bikini no es un eufemismo para no decir tanga o braga (a fin de cuentas acabo de poner rascar y culo), es que la criatura iba vestida con una camisa y una falda blancas y se veÃa el bikini naranja debajo; no como su tripita de embarazada, que iba al aire. O sea, como en un chiringuito pero sin arena en el suelo (en orificios de su cuerpo ya no me atrevo a asegurarlo)