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Martes, 9 de Noviembre de 2004

el besoPedía ayer Amanda una descripción de besos dados, pero me veo incapaz porque los mejores besos no puedo recordarlos, no sé conservar el mínimo resquicio de consciencia necesario para asistir a ellos como espectadora, o quizá sea porque los mejores besos siempre están por venir. Si el beso merece la pena te deja sin respiración, con la mente en blanco, con las rodillas temblando ¿cómo contarle a alguien, si no es al oído y para besarle otra vez, un beso que has compartido?
Puedo hablar de los besos imaginados, o mejor aún, de los largo tiempo anhelados, los que vamos elaborando en nuestro cuerpo para sorprender a nuestro amante un día especial, cuando le encontramos después de un tiempo, besos en los que no se ha posado nunca la rutina, cuando aún no conocemos los labios ajenos, sólo lo justo para recordarlos cálidos, acogedores, sabios y expectantes, entreabiertos para recibirnos, dispuestos a recorrernos sin pausa, besos que unen los labios desde el pubis, cuando aún se distingue un cuerpo del otro, besos de labios azules.

Así que ya sabe, me puede usted besar en la mano, me puede dar un beso de hermano, así me besará cuando quiera, pero un beso de amor… bueno, no lo sé, si en el fondo (y en la forma) yo tiendo a frívola. Nada, olvida lo que he dicho, y dame más, descubre si me enseñó Judas a besar.

Viernes, 15 de Octubre de 2004

Uno de los primeros recuerdos que tengo es del colegio, una calurosa tarde de primavera; estábamos todos (en ese grado aún no era de niñas solo, acordaos de Chema el pelirrojo) dibujando pacíficamente sentados en nuestros minipupitres verdes, agrupados de cuatro en cuatro, luchando con las ceras manley (otro día contaré como me gané el primer castigo de mi vida con ellas) porque las plastidecor llegaron más tarde, y no era igual, no tenían el mismo pringoso encanto, cuando a mí, que siempre he sido excesiva, se me terminó la hoja, así que tuve que levantarme a coger una. Las hojas de dibujo estaban siempre puestas en la poyata de la ventana junto a la madre Rosalía, que vigilaba para que el dispendio no fuese excesivo, y la ventana, abierta, en el primer piso del colegio, justo encima de los rosales que rodeaban la entrada principal. Extendí mi manita para tomar el papel cuando, de pronto, un terrible dolor me invadió todo el cuerpo (puede que exagere, pero recordad también que yo era ya entonces la princesa del guisante). Llorando como una Magdalena y con el brazo extendido di los dos pasos que me separaban de la monja, que a mí me parecía viejísima pero quizá no lo fuese, aunque ella estaba prácticamente ya encima de mí, alarmada por el alarido angustioso que había salido de mi cuerpecito: una abeja o avispa, nunca llegué a tenerlo claro y no había CSI en el cole, me había picado, seguramente creyó que yo era una planta por la chaqueta verde botella del uniforme. Entonces empezamos una romería entre lágrimas, mocos y angustia, la monja y yo, primero hasta una fuente en el patio trasero para mezclar agua con arena y hacer un poco de barro para aplicarlo en la herida, luego hasta la cocina, para ponerme amoniaco de fregar… menos a la enfermería, que ahora sé que es donde deberíamos haber ido si la enfermería hubiese tenido algo más que tiritas y compresas que años más tarde nos administrarían en caso de emergencia y previa bronca por imprevisión, creo que recorrimos todo el colegio. Milagrosamente el brazo después de tanto «cuidado» no se gangrenó, aunque seguramente desde entonces odio a los bichos (incluida la abeja Maya), y tampoco desarrollé ningún tipo de alergia al veneno de las abejas y/o avispas, y ahora sé que lo hubiese notado, aunque quizá inconscientemente prefiera los reservas y crianzas por eso ¿no dicen que el cuerpo humano es sabio?

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