V. El algodón de feria
Tal vez ahora serÃa el momento de detenerme en la enumeración de los rincones del paÃs que incluyen las guÃas de turismo, y embellecerlos con unas pinceladas de tipismo y lirismo, demostrando de esa forma que el dinero empleado en las excursiones organizadas por los dinámicos animadores del hotel me habÃa cundido como a una auténtica turista, o, apartándome de las guÃas al uso, haber recorrido ignotos lugares para mostrar al mundo los rincones que sólo descubren los auténticos viajeros, como si yo fuese un orgulloso inglés de esos que recorren el planeta enseñando a los lugareños lo valioso de su paisaje y sus paisanos, aunque sin integrarse, o haciéndolo con lamentables resultados, pero como no soy súbdita de su graciosa majestad sino de su católica majestad, no me saldrÃa igual de bien. Sé además que si no todos, muchos de los que leen estarán deseando saber cuándo se cruzaron por primera vez nuestras miradas (vale, sÃ, es un modo poético y tal vez cursi de aludir a lo que alguno quiere leer). La verdad es que no lo sé. Decepcionará, pero lo malo de la vida es que no tiene un buen guión que marque los momentos cumbre, ni siquiera una banda sonora que acompañe a los clÃmax, y esa falta de dirección artÃstica hace que por ejemplo un clÃmax pueda ocurrir mientras está sonando Il Divo, o las Ketchup, o vaya usted a imaginar qué otra aberración acústica, y en ese caso es mucho mejor olvidar las circunstancias en las que sucedió y recordar tan solo que sucedió.
No sé, por tanto, exactamente qué dÃa fue, aunque luego elegà una fecha para los aniversarios, ni si era de dÃa o de noche, porque cuando ocurre, cuando descubro que alguien que me gusta me ha elegido, si lo de alrededor no se borra (que no lo hace, porque ya hemos concluido que el mundo no es perfecto, salvo en las series de Milikito) lo ignoro por las buenas. Tampoco sé de qué hablábamos, porque lo malo de hacerme esperar es que yo sigo la conversación aparentemente atenta, incluso contesto con coherencia (o no, y lo atribuyen al ingenio), pero casi toda mi mente sigue el movimiento de los labios no precisamente para absorber las palabras, y sólo es capaz de un pensamiento: «¿cuándo?» A veces soy más variada y pienso: «a ver cuándo se calla y me besa», porque en mi intimidad no me importa tanto ser tan obvia. Sin embargo ellos suelen interpretar mi expresión (que yo imagino mixta entre el ansia y la lujuria, pero igual no) como un signo de inteligencia: mÃa por escucharles y suya por las cosas tan interesantes que dicen, asà que se crecen (en un sentido inesperado, y desde luego decepcionante para mÃ) y se recrean en la faena (o fastidio).
AsÃ, él hablaba y hablaba, quizá de los lugares que podrÃamos visitar, o de la última tonterÃa de un polÃtico conocido por ambos, o del sabor del clavo (especia) en los dulces, pero sólo recuerdo que por fin tendió una mano y que inmediatamente puse la mÃa encima para que comenzase a acariciarme mientras me atraÃa hacia sus labios que, de repente, tenÃan el tamaño perfecto para que cupiesen los mÃos en ellos y sobrasen las palabras.



Lo de una mujer desayunando sola no lo tenÃan muy asumido por aquel sitio (bueno, ni lo de nada sola), y antes de preguntarme si café o té me interrogaron sobre si esperábamos a mi marido; hacÃa algunos años, en un viaje que hice con una amiga a uno de esos destinos llenos de parejas en luna de miel con el dinero recaudado en la boda que se pasan el vuelo (sobre todo el de ida, claro, que la vuelta es a los diez dÃas mÃnimo) haciendo chuick, chuick*, decidÃ, tras explicar cada mañana a los camareros que me preguntaban por mi marido y que tras descubrir que no tenÃa se veÃan obligados a indagar, suponiendo que me halagaban, porqué, que cuando viajase sola la mejor forma de cortar esa conversación de raÃz era decir con cara apenada que era viuda, asà que con la soltura que da tener la mentira interiorizada (des)compuse el gesto y lo dije. Me miraron mal. Peor que mal. Ahà estaba yo, en lugar de apenada y llorándole, a punto de disfrutar de un desayuno continental (y de más cosas quizá) en un paÃs exótico.
El dÃa elegido para el viaje estaba en el aeropuerto con mis maletitas evolucionadas, sÃmbolo orgulloso del desarrollo de un paÃs en el que las maletas ya no constituÃan un bien singular y familiar (la maleta) que acompañaba al único miembro viajero, normalmente a su pesar, que partÃa buscando la riqueza aunque se conformaban con la subsistencia. Descartadas ya la versiones piel, ruedas acoplables, y flexible, tenÃa ante mà la rÃgida con ruedas incorporadas y lacito de color chillón (pero nunca rojo, porque los lacitos rojos abundan) en el asa para distinguirla rápidamente si, por un golpe de azar, pasaba delante de mà en la cinta de los equipajes y no se habÃa perdido en algún sofisticado sistema de distribución diseñado por ingenieros que pueden estar en todo menos en el insignificante detalle de devolver a cada uno la suya.
En mi bolsa de mano llevaba la crema hidratante para irme embadurnando periódicamente durante el vuelo. Aunque no se me iban a ver más que los ojillos y con dificultad, yo seguÃa teniendo arraigadas algunas costumbres occidentales como la de ducharte aunque un dÃa no estés sucia (y sin cargo de conciencia, que en mi ciudad no le debemos el agua a Aragón) y depilarte aunque no tengas plan. O sea, que me iba a hidratar la cara por mi propia satisfacción y por el bienestar de mi piel, sin limitarme sólo a la zona visible: cejas y contorno de ojos. Porque tampoco hay que imitar en todo a la
Quienes vivÃan a mi alrededor no lo habÃan notado todavÃa por mi natural modesto y discreto, pero como yo era una persona con inquietudes llevaba un tiempo esforzándome por pasar de P.P.* y no habÃa escatimado ningún esfuerzo en el camino: escuchaba a
Ya no me interesaba nada saber lo que hacÃa Julia, triunfadora de treintaitantos años representada en foto por modelo de veintipocos, cuando llegaba a casa y tenÃa que estar arreglada en hora y media para que la recogiese Él (ellas tenÃan nombre, ellos eran siempre Él), que era el hombre perfecto: tierno, sensible, triunfador, con nivel económico más que desahogado, incapaz de ponerse calcetines cortos ni aunque hubiesen quemado todos los demás, con el gusto para las corbatas justamente al contrario que Pedro Jota, deportista, sano, detallista, acróbata y preocupado por la cantidad, calidad e intensidad de los orgasmos femeninos. Recuerdo perfectamente el reportaje, incluso que el cuarto de hora de baño relajante en sales carÃsimas servÃa para realzar el rizo natural del pelo de su cabeza, porque al leerlo pensé: mira, como
Sé que se dijo por entonces que el viaje lo habÃa ganado en una tómbola, pero la verdad es que las tómbolas a mà siempre me han dado peor resultado que a 







