Excusatio non petita

Para explicar lo del nombre elegido para bautizar la bitácora (oh, pensaréis, y no ha necesitado más que estrenar blog tres veces con el mismo nombre para poner una aclaración, mira qué despierta es la chiquilla) y navegar por estos mundos de internet iba a empezar diciendo «cuando yo era pequeña…», pero acabo de descubrir que la tendencia que tengo a comenzar de ese modo me va a hacer parecer la versión ácida de Doris Day, y supongo que será justo porque no puedo llegar a ser la mujer que sabía demasiado, pero tanto azúcar me empalaga, de modo que digamos tan sólo que, desde siempre, en mi casa se han referido a mí cuando querían tocarme un poco las narices como la princesa del guisante por dos motivos fundamentales basados, claro está, en el cuento de Andersen: uno físico sintetizado en lo delicadito de mi piel que hace, por ejemplo, que las marcas de las sábanas (para que el ejemplo sea blanco) permanezcan en mi cuerpo en ocasiones durante horas incluso tras una se supone que reparadora ducha, y otro referido al carácter que, para abreviar y pese a mi adorable fondo, tiende a tiquismiquis. Por todo esto no es infrecuente escuchar a algún elemento de mi familia más cercana, sobre todo a mis hermanos, exclamar ¡ya está la princesa del guisante! o ¡pobre princesita del guisante! ante cualquier queja, por supuesto justificadísima siempre, mía.
Descartado, por un doble motivo de pudor y privacidad, usar mi nombre para este tipo de cosas en las que entré con todo el escepticismo del mundo y más, y dado que, conociéndome, iba a quejarme mucho en mis escritos, me pareció lógico escoger para moverme por estos sitios este alias (nick para los que han olvidado el español, español para molestar a los que niegan la evidencia), sonrojante a conciencia para no caer en la tentación, siempre presente, de tomarme a mí misma demasiado en serio. O sea, que no responde a una necesidad vergonzante de verme llamada princesa, porque yo nunca he querido serlo (y aunque hubiese querido me habría dado igual) y porque los príncipes en mi lista no ocupan ningún sitio. Por tanto, siempre que me veo llamada princesa le pongo mentalmente un acento canalla y lo voy llevando, ya que no voy a cambiarlo de momento.


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