Calentando el sueño
Siempre he sido una persona inclinada al confort, dispuesta a ponerme en manos de depiladoras evolucionadas a esteticiennes, peluqueros ascendidos a estilistas, masajistas, etcétera. Valoro mi bienestar, lo procuro en la medida de mis posibilidades, e intento que quienes están a mi alrededor lo busquen (sigo hablando del mío) también sin parecer demasiado egoísta. Pensaba yo, en mi ignorancia, que conocía la mayor parte de las cosas que uno puede disfrutar para esos menesteres pero los informativos de la televisión siempre van un paso más allá, por lo menos desde que incluyen cosas que no son noticia, y hoy en uno de ellos he descubierto que existen los calientacamas humanos. Aunque por la temperatura a la que las ponen el nombre es demasiado pretencioso y más bien tendrían que llamarse templacamas.

Tengo que reconocer que nunca he sentido yo que mi cama estuviese tan fría como para no poder dormir en ella, la verdad, ni cuando era pequeña (mi bolsa de agua caliente en forma de muñeco telerín estuvo de adorno todo el tiempo hasta que el plástico dijo adiós) ni ahora. Pero si la sintiese helada en algún momento, y no pudiera remediarlo de otro modo, dudo mucho que recurriese al ¿sofisticado? método de la cadena de hoteles, porque si el amable calientacamas sale justo antes de que tú llegues, la dejará con arrugas, y entre dormir sobre un lecho frío y hacerlo sobre uno desordenado por otro que no cuente con mi colaboración, no tengo dudas: estoy hecha a un clima duro. Además, aunque supongo que tendrán prohibido usar perfumes y van cubiertos casi por completo (trajes enterizos han llamado a sus uniformes en la tele, aunque enterizo a mí me suena a parodia de rústico en comedia de Alonso Millán) el “casi” me preocupa: llevan la boca descubierta, y como se acomoden un poco de más, igual son de los que babean cuando duermen, con lo que la cama estará caliente pero la almohada mojada de una forma muy alejada de la que pensaba Aute, seguro.
Y, sobre todo, ¿cómo concilia una un sueño tranquilo sabiendo que su cama ha estado ocupada por unos seres vestidos de espermatozoide de carnaval?
Ídolos con pies de barro.
Sin ánimo de hacerme propaganda, aunque nunca viene mal, diré que suelo ser una persona apasionada y poco ecuánime con quienes quiero, a los cuales, aún quejándome porque en caso contrario no sería yo, perdono casi cualquier cosa. Igual me ocurre con quienes admiro de lejos, por sus ideas o por sus hechos. O por sus físicos, que a estas alturas ya tengo claro que soy menos profunda que cualquier miembro del jurado de miss España y a veces, al contrario que ellos, obligados los pobres a indagar en la personalidad y nivel cultural de señoritas que desfilan en traje de baño, me fijo sólo en el exterior, además sin sentirme culpable ni nada. Incluso con quienes admiro de lejos soy más magnánima; a fin de cuentas, me digo, sus defectos, casi nunca confirmados, por terribles que sean no me van a molestar en mi vida diaria ni en mis ensoñaciones. Hasta ahora.
Yo, que me he pasado media vida admirando el puntito canalla, la pinta de vicioso pulido, las manos estilizadas, los ojos que parece que desnudan sin interés, el cuerpo alargado, pálido y fibroso, y la mueca (casi sonrisa) ladeada de Jeremy Irons acabo de borrarle para siempre de mis mitos eróticos. Porque, dentro de mi concepción burguesa, hay límites en el vicio que uno no debe traspasar, y aunque no me he parado a pensar en todos ellos ni he elaborado un catálogo (todavía), sé sin duda que esto no es tolerable. Una cosa es fantasear con un Jeremy que ha estado con Mónica Randall y otra esto, que no hay intoxicación etílica ni enajenación que lo atenúe, ni explicación que no sea sonrojante. Y encima con publicidad, seguro que en el momento aunque yo no lo recuerde, y décadas (al menos una y un poco) después.
Tiritas
Mis hermanos y yo, que desde el día 25 nos sentimos los seres más desdichados del universo (igual ellos sólo del mundo porque tienden menos al dramatismo que yo), tenemos en cambio innumerables motivos para sentirnos afortunados. Uno de ellos es que ninguno hemos tenido que llorar solo, y anoche, mientras inundaba los hombros de quien quiero durante los desbordamientos que llegan cuando no hay ya nadie ante quien mantener el tipo, pensaba en que las lágrimas tienen que ser mucho peores cuando no hay nadie que pueda recogerlas, y que siempre se tiene edad para ser acunado. Es verdad que hay acontecimientos en la vida para los que no hay remedio, pero el cariño de las personas que nos quieren y el ánimo de las que nos aprecian, aunque no remedia lo inevitable ni borra el dolor y la rabia, sí consuela. Como consuelan los correos, los mensajes y las llamadas de amigos (nos hayamos visto o no) que han pasado por un trance igual, y que en unos días que tenían que ser alegres para ellos han encontrado tiempo para hacer que me sienta acompañada y compadecida aunque les haya hecho recordar (más aún) sus propias pérdidas, o de los que tienen la suerte de no haberlo experimentado pero son capaces de imaginar lo que se siente.
También tenemos que sentirnos afortunados porque si mi madre hubiera podido elegir pienso que hubiese elegido esta forma de dejarnos, feliz, habiendo asistido a Misa la noche anterior, preparada para salir a dar una vuelta con los pequeños, antes de comer con toda su familia, y sin darse cuenta. Claro que no ahora, sino dentro de muchos años, y seguramente no en una fecha señalada, a ella le horrorizaba dar qué hacer o señalarse; aunque tal vez nunca es el tiempo oportuno. Y porque cuando todos sus amigos lo supieron, aunque nosotros avisamos sólo a los más cercanos, corrieron inmediatamente para arroparnos pese a ser el día de Navidad, y no han dejado de llamarnos, turnándose para no molestar, para ver cómo seguimos estando. Sus amigas, como ella, no ven en nosotros los adultos que somos, sino los hijos.
Pero sobre todo tenemos que sentirnos muy afortunados porque nuestra madre quiso serlo siempre, antes de tenernos y después, y vivió tan pendiente de nosotros que los tres se lo hemos reprochado muchas veces, que no fuese algo egoísta y pensase más en sí misma, y le hemos rogado que tuviese caprichos aunque a ella sólo se le antojaban cosas para nosotros, o para su suegra y su madre mientras vivieron las abuelas, o para sus hermanas, o para sus sobrinos, y sobre todo, para sus cuatro sobrino-nietos. Porque era genuinamente buena (sé que no lo parecerá, viendo la uva que gasto yo, pero es que yo soy de otra rama), tanto que lo ha tenido que oír como reproche muchas veces por nuestra parte, y por parte de sus amigas más íntimas, cuando veíamos que no había que rogar para que hiciera sincero borrón y cuenta nueva con algunas personas; porque era muy recta pero al mismo tiempo era tan simpática que no parecía mi madre; porque nunca nos hizo sentir una carga; porque era inteligente pero nunca sintió la necesidad de hacer alarde, todo lo contrario; porque disfrutaba y nos enseñó a disfrutar de las reuniones familiares, de tomar una cañita al salir de trabajar, o de un café en medio de las compras, o de una cena improvisada en el bar de la esquina si la cerveza se había alargado; porque se acordaba de todos los cumpleaños de su familia y conocidos, incluso de los nietos de sus amigos, y porque a ella le encantaba el suyo y jamás tuvo problema alguno con su edad, le gustaba cumplir años “porque eso es que seguimos aquí”. Por muchas cosas más que van y vienen de nuestras mentes en estos días en los que tendríamos que estar comprando y envolviendo sus regalos, que siempre eran sorpresas porque nunca conseguíamos que pidiese nada, y que siempre le encantaban porque era de esas personas convencidas de que lo importante es el acto de regalar y no el objeto que se reciba. Desde ahora, de nosotros sólo podrá recibir claveles rojos, que eran sus flores favoritas.

Tendríamos que sentirnos afortunados, pero seguramente es demasiado pronto para que podamos hacerlo. Tal vez cuando se pase el enfado.
Feliz Navidad
Hay años en los que las Navidades se echan encima de repente. O sea, que parece que fue ayer mismo cuando decoramos la casa, y hoy descubro que no soy millonaria ni nada que se le parezca porque el único gordo que me gusta ha vuelto a pasar de largo, aunque yo sigo tan poseída (que es mi estado favorito) por la paz y la buena voluntad que ni siquiera me paro dos veces a leer esto ni me está poniendo mustia la lluvia que ahora cae, ni nada. Como últimamente ocurre, ni tiempo para preparar una felicitación de Navidad he tenido. Bueno, tampoco me he puesto, porque he ido desechando todas las ideas que iba teniendo. Primero pensé en cumplir mi sueño de verme sexi y tal, aprovechando que en la realeza tenemos una tradición en fotomontajes y que tengo el photoshop instalado había elegido algo como esto (bueno, tal vez un poco menos obvio):
Pero luego he pensado que esta señorita (y cualquier otra) está más mona con su cara que con la mía, por varias razones que no voy a enumerar por no machacarme, entre ellas que yo tengo una cara con mucho menos morbo (aunque mi manicura es mucho mejor que la suya, menos de peli porno o petarda de quinta, digamos) y, con el frío que estoy pasando en la calle desde que he vuelto de mis merecidas vacaciones, pega más en esta otra imagen:

Nota aclaratoria para los malpensados: lo digo por la nariz, no por los cuernos, que no tengo, y si tengo no me los veo, y eso es como no tenerlos.
Después he pensado en poner un dibujito tradicional de la Princesa del Guisante, sobre los colchones, y sustituir el guisante por una bola de árbol. Sin embargo, me ha parecido demasiada sutileza, y verse no se vería bien salvo que pusiese una nota aclaratoria y una flecha señalando, como los malos dibujantes. También he descartado la imagen navideña mía junto a mi amor, porque sigo siendo discreta y porque él no lo toleraría. De todas formas ésta era la que más me gustaba, porque había pensado un decorado todo lo contrario de minimalista, lleno de bolas, espumillones, chimeneas (bueno, lleno no, con una pero con mucha leña, piñas, lazos rojos, acebo, muérdago e incluso unos moncherie o similar, eso sí, debidamente alejados del fuego para no hacer una cosa churretosa), angelitos y Belén, aunque en mi casa se reduce a Misterio y Reyes Magos. Y nada de Papá Noel, que hay sobreabundancia, creo que por culpa de los chinos; aquí no hay fachada sin un gordo colgando, por las buenas, en una ristra de luces o en una escalerita (que es el más verosímil, a ver cómo va a escalar Papá Noel con esas dimensiones corporales como el hombre araña, por favor). Yo de momento me he resistido a poner uno, incluso ahora que los chinos han sacado la versión de Reyes Magos escaladores y se pueden colocar los tres artísticamente colgados de las ventanas, e incluso los he visto estrangulando a Papá Noel en la fachada de alguien más radical que yo.
El día que me decida a colgarlos, haré como los reyes de España (no sé si el año pasado o el anterior) y felicitaré las Navidades con una imagen de mi casa (bueno, de mis ventanas), aunque sea sin nieve, porque este año sí ha caído y ha cuajado pero normalmente no nieva por estas fechas, y si nieva en febrero no me voy a acordar de preparar la estampa.
De momento, este año toca por lo sobrio: feliz Navidad a todos
Viviendo en las nubes
Sé que no está el horno para bollos. Me entero de lo de la cumbre del clímax, aunque a mí no me aterra lo del cambio climático ni practico la religión (laica, faltaría más) de Al Gore. Soy más bien de la opinión de que si algún día desaparece la humanidad, por sus propios actos o por lo que sea, no pasará gran cosa en el universo. O sí, pero entonces no me enteraré porque soy humana y habré desaparecido. También me llegan las noticias de la huelga de hambre de Haidar, casi un mes sin comer, y aunque me apena su situación y me preocupa mucho más que el calentamiento global, descubro que, tras pensarlo, yo no tomaría la decisión de forzar su alimentación si fuese el juez que tendrá que juzgarlo. Y leo, no sin sorpresa, que aunque los niños españoles dejan de creer en los Reyes Magos hacia los ocho años de edad, el viejo mester de progresía sigue depositando su fe en ellos y escribe su cartita. Además, proponen (no sé si ellos u otros) a esta mujer para el premio Nobel de la paz, supongo que podrían concedérselo a ella y a internet ex aequo el próximo año, así también le dan una alegría a Kotinussa. Pero…
Imitando a los protagonistas de la obra de Paso de la que tomo el título, yo sólo pienso en que ya ha pasado noviembre, ya se han encendido las luces y, sobre todo, me esperan unos días de relax, mimitos y de algunas cosas que a Wolffo no le gustan mucho pero que me van a dejar estupenda para las Navidades. Igual hasta me dejan divina y llego a musa, que es lo que he descubierto que quiero ser. Bueno, eso y diletante, pero me parece más fácil lo de musa. Tal vez tendría que ir pensando yo también en escribir a los Reyes, a ver si me solucionan algo…
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